I’m a Killer (Maciej Pieprzyca)

Estrenada hace dos años en su Polonia natal, I’m a Killer se destapa como un poderoso y fascinante thriller moderno que bebe, y por ello toma prestadas ciertas licencias tanto de estilo como narrativas, de grandes clásicos del género. En este sentido, la película combina con mucho acierto, y sin caer en ningún momento en los terrenos del plagio, los mejores ingredientes de dos clásicos modernos como son La vida de los otros y la sublime La venganza es mía. Existen ciertos tramos que rinden un sincero homenaje a estas dos aclamadas obras que estoy seguro que cualquier espectador que contemple esta cinta polaca coincidirá conmigo en tal apreciación.

Uno de estos puntos consiste en el hecho de narrar una historia real sucedida en los años setenta (y, por tanto, la situación del desarrollo de la fábula en un tiempo pretérito, aunque cercano) durante los años más oscuros de la dictadura comunista polaca. Otro es basar el sustrato del relato en la investigación de una serie de homicidios cometidos por un asesino en serie apodado el vampiro por su querencia a degollar a mujeres jóvenes y solitarias. Y, finalmente, esa recreación de un pasado turbio y opresivo apuntalado en una excelente ambientación y fotografía que destaca los aspectos más obscenos y denigrantes no solo de la administración local, sino principalmente de la condición humana.

Así, I’m a Killer se encuadra en el hábitat señalado, arrancando con la exhibición del cuerpo mutilado de una mujer localizado en las afueras de Zaglebie. Los diálogos policiales nos advertirán de la existencia de un asesino en serie que está atemorizando a la resignada sociedad polaca de la época, un país administrado con mano de hierro por un gobierno comunista cuyo principal objetivo es encontrar al culpable de esta ola de crímenes cueste lo que cueste, para demostrar su total dominio sobre todos y cada uno de los asuntos de interés general. La incapacidad de los investigadores de deducir una pista clara obligará al jefe de policía de la localidad de Zaglebie (la región industrial polaca núcleo de las incursiones del asesino) a asignar las pesquisas a un hombre de su confianza, un teniente poco experimentado pero conocido por su eficacia llamado Janusz Jasisnki (Miroslaw Haniszewski), fundamentalmente  porque el último cuerpo encontrado pertenecía a una sobrina de un alto funcionario del partido comunista y cualquier avance en la investigación podría suponer un posible ascenso en el escalafón del partido para los agraciados policías.

Si bien en un primer momento la falta de experiencia de Janusz parece que abocará al fracaso este empeño, su carácter seco y ambicioso le servirá para imponer la disciplina de que carece su equipo. Sin embargo, la búsqueda evolucionará lenta y desfavorablemente ya que ningún rastro emergerá de las diversas trampas diseñadas por el teniente para atrapar al vampiro, el cual amanece como una especie de fantasma imposible de capturar. Así, a medida que el nerviosismo se apodera de los altos mandos policiales, Janusz decidirá basarse en unas leves sospechas e indicios para inculpar a un obrero con ciertos problemas mentales, que será acusado por su mujer de haber quemado unos zapatos cuyas huellas coinciden con las emplazadas en uno de los enclaves por donde actuó el homicida.

Sin apenas evidencias claras y sí con muchas ganas de dar por finiquitado el caso de cara a la galería, Janusz y sus responsables directos incriminarán a una víctima que en ningún momento sabremos si se tratará del verdadero asesino o simplemente de una cabeza de turco empleada por el gobierno comunista para tapar sus vergüenzas e ineficiencia en la resolución de un misterio que empezaba a ser un verdadero quebradero de cabeza para sus mandamases. Un verdugo que será ajusticiado en la horca y presentado como un trofeo señal del triunfo del sistema incluso cuando ciertas pruebas descubiertas una vez iniciado el sumario juicio que condenó al presunto asesino parecen evidenciar que el auténtico vampiro se escondía tras el rostro y cuerpo de un perturbado mental que se suicidó unos meses antes del arranque del proceso.

La película no solo asoma como un enérgico y atractivo thriller muy entretenido y pleno de suspense. Sino que asimismo enciende la llama de la denuncia social, configurándose como un portentoso retrato socio-político de una época tan atrayente como fueron los años setenta en la Polonia comunista. En cierto sentido Maciej Pieprzyca se apoya en un texto que se apuntala como un perfecto engranaje de intrigas palaciegas repleto de tensión y fuego para derretir sus verdaderas ambiciones, que no son otras que indagar en las cloacas del estado comunista de aquellos años. En esos jóvenes deseosos de satisfacer los deseos de sus gobernantes caiga quien caiga, incluso a costa de segar vidas inocentes, pues el ascenso social prevalecía sobre la propia justicia. La cinta muestra de este modo ese juego de patriotas sedientos de poder que pelotean y lamen culos con la misma facilidad que clavan el cuchillo por la espalda a amigos y compañeros con tal de alcanzar sus objetivos. Esos héroes de mármol a los que la dignidad se les escapa entre sus múltiples grietas.

El autor de Life Feels Good perfilará al teniente protagonista como un monstruo con rostro aseado. Siempre dispuesto a cumplir con las directrices de sus coordinadores, sin poner en duda su sentido. Alguien que avanzará en el estrato policial hasta convertirse en comandante agasajado por los medios de comunicación. Un fiel esposo padre de familia y buen comunista que abandonará a su mujer y a sus hijos presa de la excitación sexual que le procurará una joven peluquera que acalorará sus instintos más primarios. Un manipulador que abandonará su inocencia para transformarse en un mentiroso que añora lograr el éxito profesional sacrificando tanto a su familia como sus escrúpulos. Un perro infiel que ladra igual que cambia de chaqueta y que ocultará pruebas para evitar caer en desgracia aunque ello implique el ajusticiamiento de un inocente que simplemente cometió el error de ser feo, gordo, calvo y tener una esposa infiel deseosa de poseer entre sus manos el dinero de la recompensa ofrecida a quien otorgara cualquier pista sobre el paradero del asesino.

Pieprzyca construye de este modo un filme incómodo que explora en las profundidades históricas de su país desgranando las herramientas de manipulación y mentiras ejercidas por la dictadura para satisfacer sus propios intereses en aras del llamamiento colectivo. Muy en la línea de obras cumbre del cine polaco como El hombre de mármol o Interrogation, cintas que también cuestionaban las mentiras y engaños orquestados por la policía y administración polaca.

Desde el punto de vista técnico, I’m a Killer es sencillamente fabulosa, agraciada con una fotografía muy académica y un montaje preciso como un reloj suizo en el que predominan los planos medios y secuencias cortadas milimétricamente que evitan abusar del plano secuencia y sí de tomas cortas, prefiriendo dialogar con el espectador gracias a un lenguaje concreto y pulcro que observa el discurrir de la epopeya desde el punto de vista de la sombra del protagonista, situando la cámara casi siempre a la altura de los ojos de sus múltiples acompañantes. La paleta de colores se adapta de igual manera a la frialdad del ambiente, mimetizándose con la falta de libertad y aire opresor de las calles y paisajes por donde discurre el film. Todo ello eleva a I’m a Killer como uno de los thrillers políticos europeos más seductores y compactos de los últimos años.



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