I Never Cry – Yo nunca lloro (Piotr Domalewski)

Olga es una jovencita salvaje y caprichosa que pone por delante sus deseos antes que las necesidades de su hogar, todo esto a pesar de provenir de una familia con bajos ingresos, y es una maldad forzada la que genera esta constante, porque la actitud que anticipa el título es fruto de una necesidad de la misma Olga de sentirse desapegada de los demás; ella misma se fuerza a ser apática ante sus seres queridos, pero es una apatía fruto del abandono, de la soledad, de ese ser inconsciente que ante la derrota, decepción o frustración decide mutilar o mitigar el anhelo o la esperanza del otro para no volver a sufrir poniendo sentimientos en riesgo, o creyendo en alguien; y es por esto que la muerte de su padre (al que apenas conoció) es un baldado de agua fría que pone a tambalear su estoicismo, más cuando es ella quien debe encargarse de viajar al extranjero a repatriar su cadáver.

Olga, además de ser la protagonista, es también el eje principal del film; incluso se puede decir que la trama es una excusa para conocer al personaje y su particular temperamento. Aquí, la actuación de Zofia Stafiej brilla en especial, ella logra sostener una personalidad que es agresiva, rebelde y egoísta, pero a la vez vulnerable y honesta; además, a pesar de haber sobrepasado la veintena, su físico y su actitud hacen que su papel como una menor de 17 años sea siempre creíble y, aunque el personaje por momentos hace cosas que son bastante cuestionables o desagradables, poco a poco se va ganando el cariño del espectador. El tono de la cinta tiene tintes realistas y, por momentos, trágicos, pero se sabe elevar gracias a pequeños eventos en los que el temperamento de Olga se pone a prueba demostrando que su actitud agresiva y determinada la ayudan a sobresalir y subsistir en un entorno hostil y deprimente; de hecho, gran parte de la historia se dedica a su lucha por conseguir el dinero suficiente para poder repatriar el cuerpo de su padre en una ciudad que no conoce, deambulando por sus calles como una extraña sin objetivo claro y con apenas apoyo de los pocos aliados que va conociendo a medida que se desarrolla su odisea.

Otro tema interesante es la relación con un padre al que apenas se conoce, y con el que sostiene un vínculo que es meramente económico, porque aquí el afecto se remplaza por dinero, por supuesto no en grandes cantidades, pero sí de vez en cuando con regalos, generando una especie de necesidad materialista donde el peso del abandono se transmuta en un deber monetario: mi padre debería darme cada vez más dinero ya que nunca ha estado a mi lado, como si tal agujero se pudiese tapar con oro, entrando ambos en una dinámica de deudor y pagador dañina para el entendimiento de las relaciones de la propia Olga.

En general es una obra muy bien encaminada, entretenida y dolorosa sin ser pesada, que sostiene buen ritmo en todo momento y que da espacio para algún que otro cuestionamiento que valdría la pena plantearse a día de hoy, como la misma idea de los deberes de los padres con sus hijos o si acaso los mismos hijos no le deben algo a sus padres en pago a su sacrificio (por supuesto no en materia económica); también si la lealtad de un hombre a su familia debe sostenerse aun a pesar de que con el tiempo solo viva sobreexplotándose por esta, dejando de lado su comodidad, tiempo libre y salud.

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