Godless (Ralitza Petrova)

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Gran triunfadora en la pasada edición del Festival de Locarno, la película Godless, primer largometraje de su guionista y realizadora, es, a simple vista, un filme de denuncia social sobre la Bulgaria de nuestros días. Y es que, casi treinta años después de la caída de la dictadura comunista, nada parece haber cambiado: los hijos de los acólitos del régimen son ahora jueces, empresarios o políticos. En este sentido, es imposible no pensar en la influencia que la potente Nueva Ola cinematográfica del país vecino, Rumanía, ha podido tener en la pieza, con creaciones tan emblemáticas como 4 meses, 2 semanas, 3 días (2007) de Cristian Mungiu o Si quiero silbar, silbo (2010) de Florin Serban.

Ello no obstante, y dado que la factura visual de la cinta se aleja de las técnicas del realismo más ‹engagé›, merced a una calculada estilización de sus imágenes, en realidad Godless se mueve dentro del mismo universo que la filmografía de los hermanos Dardenne o que el Kieslowski del Decálogo, pues no solamente emplea recursos fílmicos que se convierten en correlatos de los conflictos interiores de los personajes, sino que también pasa de lo anecdótico a lo general, es decir, que la historia acaba por tener un inesperado componente de reflexión ontológica que va más allá de su crítica social.

De hecho, el propio título de la película ya ofrece una pista de los derroteros que transitará la misma, dado que lo que “carece de Dios” es, básicamente, el mundo moderno. En relación a ello, deviene significativo, por poner un ejemplo, la forma en como la autora capta el paisaje urbano, con encuadres oblicuos y picados en los que continuamente se oyen ruidos lejanos y nunca determinados, lo que hace de la ciudad de Vratsa un entorno amenazante, ajeno y opresivo. No en vano, Petrova centra la trama en dos de los grandes tabúes de la sociedad europea de nuestros días: la pobreza y la vejez. De ahí que Godless guarde innumerables puntos de contacto con el excelente Sette opere di misericordia (2011) de Gianluca y Massimiliano De Serio, filme inédito en nuestras salas en el que también una mujer joven, como aquí Gana (Irena Ivanova), se ve corrompida por las circunstancias, pero iniciará un camino de redención a través de su amistad con un anciano, en este caso Yoan (Ivan Nalbantov).

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No es de extrañar, por tanto, que si bien es cierto que Godless no pretende erigir un discurso prorreligioso, la presencia continua de un anhelo espiritual se hace patente en diversas metáforas visuales recurrentes, como la luz al fondo de un pasillo que acompaña sistemáticamente la música sacra de la coral dirigida por Yoan; o las conversaciones que este mantiene con Gana en el ascensor de su piso, todo un “confesionario” ateo. Nuevamente, la larga sombra de Dostoievski se extiende sobre una historia de infancias truncadas, de mentirosos, de santos, de humillados, de crueles, de pecadores: de crímenes y de castigos. Sin embargo, al movernos en una realidad en la que ya no existe Dios, el dolor deviene tan huero y sin sentido como la propia felicidad. Sintomático al respecto es el hecho de que tanto los humildes como los pudientes se evadan a través de las drogas y del sexo: una implacable sentencia sobre el vacío moral y existencial de la sociedad presente. O como explicita con una apatía desgarradora su protagonista: «Lo que me pasa es que quiero amar, pero no puedo.»

Según lo expuesto, Godless es una obra triste y dura que, si no lleva al espectador a los límites de su resistencia, es gracias a la elegancia y contención de la dirección de Petrova, que deja en off los momentos más cruentos de la historia. Resulta admirable que una ópera prima haga tal alarde de dominio de su medio expresivo, yendo desde el desasosegante empleo del desenfoque y los planos detalle hasta la estructura circular del relato, pasando por la fotografía de Krum Rodriguez, de una grisura orgánica, física, y llegando, en fin, a su críptico desenlace, que recuerda al de otra magnífica reflexión sobre nuestro mundo globalizado; me refiero a Black Coal (2014) de Diao Yi’nan.

En puridad, lo más deprimente de Godless no es que incida en el sometimiento de los débiles a los siempre distantes poderosos —que ven el mundo desde áticos, ventanas, coches…—, sino, sobre todo, que deja claro que esa muerte de Dios que da título a la cinta no ha significado el imperio de los derechos humanos, sino un darwinismo feroz en el que todo es matar o morir. Por ello, el suceso alegórico y casi abstracto con que se cierra el metraje nos recuerda que la esperanza y el futuro son poco más que ilusorios en un universo azaroso. Y aun así, el trabajo con el coro del anciano, los remordimientos de Gana o la callada empatía de la madre de esta prueban que existen pepitas de oro entre la mugre y que, parafraseando a Yoan, hay que tener fe, ni que sea en uno mismo, para poder seguir cantando.

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