Fukuoka (Zhang Lu)

Tanto en el cine como en la vida las ausencias son tan importantes o incluso más que las presencias. Lo que define nuestra existencia y la imagen cinematográfica no es sólo aquello visible cuyos efectos son perceptibles de manera directa en su construcción. Aquello que no está —el fuera de campo—, se presenta igual de definitorio desde lo meramente espectral o evocador. La ciudad japonesa de Fukuoka da título al nuevo largometraje del cineasta chino-coreano Zhang Lu. Una ciudad que queda lejos de Seúl, donde Jea-moon es el dueño de una librería desde hace años. Gracias a la influencia casi mágica de su joven vecina So-dam emprende un viaje para reencontrarse con Hae-hyo, un viejo amigo íntimo con el que dejó de hablarse tres décadas atrás a causa de su interés amoroso compartido por Soon-yi. A partir de un acercamiento naturalista a los diálogos y de la perspectiva con la cámara seguimos al librero y su acompañante por las calles. El diseño urbanístico cobra un valor importante en la historia desde el comienzo en su búsqueda del pasado y de los conflictos sin resolver, pero también para transmitir esa desorientación al enfrentarse a memorias dolorosas que no han cicatrizado.

Ese laberinto de la memoria tiene un testigo que parece omnipresente: una gran antena de televisión de cuya visión no parecen poder apartarse. Sabemos en todo momento que está ahí, aunque no se pueda observar de manera directa en la linea del horizonte de cada plano en exteriores. La desaparición de Soon-yi de sus vidas abrió un abismo entre los dos hombres, con toda una serie de arrepentimientos y (no) vivencias a sus espaldas definidas por ese momento. Mientras uno se quedó cerca y ligado al lugar donde esperaba que reapareciera su amada, el otro se fue lejos para buscarla. Dos aptitudes que sirven para subrayar una supuesta distancia no sólo emocional sino de carácter entre ambos, que según avanza el metraje y sus charlas —cargadas de ambigüedad y silencios— se descompone. La conexión entre los dos amigos se enlaza con la proyección que cada uno hace del otro sobre las malas decisiones que tomaron y la imposible situación en la que se encontraban. Una situación que provocó el sacrificio de su amistad en pos de las expectativas de una relación que nunca volvió a retomarse por ninguno de los dos en su eterna espera.

En medio de todo esto se encuentra So-dam, un personaje que expone constantemente la dualidad entre lo realista de las imágenes y su carácter fantasmagórico. Su habilidad para hablar distintos idiomas y saber cosas que no debería —o que son difíciles de explicar— despierta una extrañeza sólo asumible cuestionando la naturaleza de la realidad de la narrativa de la película. ¿Hasta qué punto todo este reencuentro de los amigos está ocurriendo de verdad? ¿podemos fiarnos de la deliberada inconsistencia en las bases de su narración? So-dam actúa casi como un elemento cinematográfico consciente del propio relato en el que se encuentra y de su función catalizadora de eventos dentro del mismo. En su interacción con los demás e incluso cuando habla de ella deja grandes espacios a cubrir por la imaginación del espectador. Su manera de aparecer y desaparecer, de desviarse de la trama principal para luego actuar explícitamente, provoca muchas sospechas. Además de ayudar en la elaboración de cierta atmósfera entre lo sobrenatural y lo onírico que envuelve a la cinta.

En la mejor tradición del relato literario y sus posibilidades de inmersión psicológica en la mente del narrador, Fukuoka parece desarrollarse en la cabeza del protagonista. Zhang Lu no desvela una respuesta clara a esta posibilidad. Todo lo contrario, juega con nosotros utilizando sus elementos como recursos para mostrar la eficacia de la ficción paralelamente como evasión y agente catártico. El hecho de que ocurra o no en el nivel de la realidad de su creador es irrelevante para alcanzar una conclusión a los traumas y conflictos no resueltos. De hecho se deduce del planteamiento de la película que si bien la realidad no garantiza una respuesta a los enigmas y las grandes indefiniciones del ser humano, la ficción siempre puede proveerlas como expresión de los anhelos, sentimientos y contradicciones que nos definen.

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