Ettore Scola… a examen

Ettore Scola es una de esas leyendas vivas de la historia del cine que gracias a esa pasión que siente hacia el séptimo arte, continúa de vez en cuando deleitando a los cinéfilos de todo el mundo con alguna perla esculpida por medio de esas manos propiedad de los viejos artesanos del cine clásico europeo, capaces de mostrar una lucidez juvenil que ya la quisieran para sí muchos de esos jóvenes que empiezan a caminar a través de los enrevesados trayectos del mundillo cinematográfico. El viejo profesor pasará a la historia del cine por méritos propios, en virtud de una serie de películas inolvidables filmadas sobre todo a lo largo de la década de los setenta, en las cuales el trasalpino vertió toda su sapiencia humanista para subvertir los paradigmas de eso que se denominó comedia a la italiana, dotando la misma de una sensibilidad, humanismo así como unas inspiradas gotas de denuncia social de puro escalofrío, propiciando unos productos inolvidables donde las risas se entremezclaban con la lágrima en carne viva con total naturalidad. A todo esto se añadía una clara querencia por retratar la evolución histórica de una Italia empapada de esa esquizofrenia inherente al caos político e ideológico propio del convulso siglo XX, siendo el amor fotografiado a través de unos romances heterodoxos apartados por tanto de cualquier línea convencional el eje sobre el cual pivotaba la simiente argumental propuesta por un artista que siempre apostó por la sencillez y la melancolía frente a la provocación y la obscenidad como armas para remover conciencias entre el público coetáneo de su generación.

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Sin ser una de sus películas más aclamadas, Entre el amor y la muerte ocupa un lugar muy importante en mi Top personal de Ettore Scola. ¿El motivo? No sabría explicarlo, ya que esta no muy conocida cinta del maestro quizás no ostente esa sátira corrosiva de Brutos, Feos Malos, ni tampoco el romanticismo exacerbado de Una jornada particular ni tampoco la emocionante melancolía de Nos habíamos amado tanto, ni finalmente esa elegancia barroca de La noche de Varennes. Pero a pesar de ello, encuentro en la misma unos puntos de conexión muy nítidos y claros con todas y cada una de las películas que he mencionado, explotados éstos con un pincel colmado de decadencia crepuscular que igualmente emparenta la cinta con esa belleza Viscontiana que es El gatopardo.

Y es que ese romanticismo utópico y moribundo característico del siglo XIX en el que el ciudadano liberado del yugo feudal claudicó en una especie de burgués arribista movido por ideales tan arcaicos como la defensa del honor, el deseo de ofrecer su vida por la patria y la búsqueda del amor promiscuo y fugaz ante lo efímero de una existencia beligerante será el marco en el que transcurre este potente, oscuro y en cierto modo satírico melodrama histórico que es Entre el amor y la muerte. Así, la cinta se sitúa en 1862 en una apartada ciudad del Piamonte italiano, narrando la historia de un capitán de caballería llamado Giorgio Bacchetti. El joven oficial se mostrará como una persona arribista, ambiciosa, caballerosa y totalmente abducida por sus deseos de amar a bellas damas, aunque éstas se hallen comprometidas con nobles caballeros de la sociedad piamontesa. Así, Giorgio caerá perdidamente enamorado de la bella Chiara (interpretada con una contención digna de admirar por la sex symbol Laura Antonelli), una mujer terriblemente atractiva pero que se encuentra casada con un rico terrateniente mucho mayor que ella. A pesar de los obstáculos que el estado civil de Chiara impone en la tradicionalista y opresora sociedad trasalpina de mediados del siglo XIX, los amantes encontrarán huecos para cultivar su amor mediante el envío de epístolas secretas cargadas de pasión y deseo, así como en breves encuentros donde verter ese amor carente de las cadenas que las obligaciones sociales imponen.

Sin embargo, la sospechosa actitud de Giorgio provocará que el oficial sea trasladado a otro destino bajo el mando de un decrépito coronel más preocupado por la enfermedad crónica que sufre su hermana que por el cumplimiento de las rutinas militares de su destacamento. Un hecho atormentará la imaginativa y romántica mente del Capitán Bacchetti: la ausencia de la misteriosa hermana del Coronel en la mesa donde se celebra la reglamentaria cena y tertulia al final del día. De este modo los gritos de dolor de esta extraña mujer serán el único signo que dará fe de la presencia de un alma atormentada que adquirirá la figura representativa de un espectro silente y afligido por el hastío existencial.

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Ello provocará el interés de Bacchetti por conocer a la hermana de su superior (llamada Fosca), sobre todo gracias a la descripción efectuada por el médico encargado de sus cuidados (interpretado por el gran Jean-Louis Trintignant). De este modo el capitán terminará descubriendo quien se esconde detrás de ese aura apesadumbrada y castigada. Pero la imagen romántica que Bacchetti imaginaba topará de bruces con la realidad, puesto que Fosca se destapará como una mujer enclenque, fea hasta decir basta, posesiva, repulsiva y tremendamente celosa, siendo esa deformidad la marca que mortifica su existencia ante la ausencia de pretendientes que su apariencia física la ha castigado.

A pesar de la repulsión que Fosca produce en Bacchetti, el miedo a que la hermana de su superior le acuse de ser un engreído inducirá al oficial a ofrecer su amistad y amabilidad a esta picassiana dama, hecho que incitará el súbito enamoramiento enfermizo de Fosca. Así, la hermana del coronel empleará todas sus groseras, despiadadas y grotescas armas para atenazar a un capitán incapaz de deshacerse de ese grano en el culo en aras de ese honor mal entendido llevado hasta sus últimas y patéticas consecuencias.

En este sentido, la cinta aflora como un melodrama histórico empapado de gotas de humor negro y sátira social que no tiene desperdicio alguno. Scola parte de una narrativa epistolar narrada en primera persona por el capitán protagonista de la trama, demoliendo las estructuras del melodrama romántico clásico partiendo de sus premisas más clásicas (encuentros furtivos, engaños, adulterios, etc), para posteriormente girar el tono del film hacia un ambiente más emparentado con una película de terror de tono gótico en el que un pobre e ingenuo desgraciado sufrirá las consecuencias de su mortal e idealista romanticismo cayendo pues presa de un monstruo violento, despiadado y tremendamente cruel que no dudará en chantajear a su inocente víctima para aspirar ese aroma que el amor enfermizo impone en un ambiente cargado de falsedad y relaciones aparentes.

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La envoltura visual de la cinta se beneficia de una fotografía espectacular de tono muy pictórico, adornada con la elegancia y pulcritud marca de la casa del mejor cine italiano ambientado en épocas pretéritas. Scola no dejará títete con cabeza, denunciando así esa falsedad, egolatría y arribismo presente en las clases privilegiadas de la sociedad italiana, recreando para ello la caída a los infiernos de una figura (la del capitán Bacchetti) que igualmente representa ese romanticismo mal entendido moldeado a través del exceso de ensoñación y por tanto la total falta de visión realista cuyo atrevimiento y falta de prudencia le acabarán jugando una mala pasada. La cinta igualmente crítica esos ideales de belleza que triunfan en una sociedad cruel para con el diferente, de modo que esa belleza acabará devorada por esa fealdad pretendidamente apartada de la exposición pública.

Con un talante operístico que recuerda, tal como hemos comentado anteriormente, al cine de Luchino Visconti, Entre el amor y la muerte es sin duda una de las mejores y más interesantes cintas dirigidas por Ettore Scola en la década de los ochenta, y sobre todo una perfecta y afilada sátira que escupe toda su mala leche para declarar una oda en contra de esos convencionalismos mayoritariamente admitidos que acabarán creando monstruos que pondrán en peligro la cordura y la libertad de esa mayoría que hace del culto a la belleza y la hipocresía su única doctrina de vida.

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