Entrevista a Ione Atenea, directora de Enero

La también fotógrafa Ione Atenea (Pamplona, 1985) presentó en el pasado 57º Festival Internacional de Cine de Gijón (FICX) dentro de la sección Rellumes —dedicada principalmente a obras de nuevos cineastas— su primer largometraje Enero, ganando el premio del público a la mejor ópera prima europea del certamen. Se trata de una película de aproximación documental en que la directora realiza un retrato profundamente íntimo y delicado sobre sus dos abuelas. En el proceso, su propia mirada y su presencia se introducen mediante sus diálogos e interacciones, dejándonos percibir su especial sensibilidad y punto de vista. Desde un manejo extraordinario del fuera de campo en momentos clave hasta el acercamiento directo a la fisicidad de sus cuerpos, pasando por su especial perspectiva de lo sensorial, cobra especial importancia en este film su trabajo por capturar la idea de mortalidad y, a través de ella misma, de nuestra relación con el paso del tiempo. Con Ione Atenea hablé entre otros temas de qué la impulsó a rodar y su proceso personal, la selección de las imágenes y la búsqueda de la estructura, las resonancias subjetivas de su mirada y su presencia tan definitoria en la cinta.

Ramón Rey: ¿En qué momento te surge la idea de grabar a tus abuelas?

Ione Atenea: En mis procesos creativos siempre trabajo con lo que me es cercano, con lo que me está pasando y con la gente que tengo alrededor normalmente. Esto surge un poco de mi obsesión por el paso del tiempo. Es algo que siempre me ha impresionado mucho desde niña. Quería ver cómo se vive cuando tu tiempo, por una cuestión natural, se ha terminado de alguna manera. Porque sentía que ese momento estaba como iluminado por una luz especial y quería capturar esa luz. Al principio del proyecto me venía todo el rato lo que se llama en fotografía “la hora mágica”, este momento desde que el sol se mete y hasta que se oscurece la noche. Pensaba un poco en esa luz.

R. R.: ¿Has estado mucho tiempo filmando? Se nota el paso del tiempo y cómo evoluciona tu forma de grabar.

I. A.: Entre rodaje y edición han sido unos tres años. Estuve grabando durante dos años diría espaciadamente, pero siempre que veía a mis abuelas nos relacionábamos a través de la cámara sobre todo. Me imaginaba que las circunstancias me dirían cuando parar y así fue. En mi manera de grabar noto una evolución enorme. Venía de la foto y al principio me costaba mucho entender la duración de los planos. Fue un superaprendizaje durante el rodaje.

R. R.: Esto de que te relaciones con ellas a través de la cámara podría ser muy intrusivo ¿estaban ya acostumbradas a su presencia?

I. A.: En realidad creo que muy pronto se empezaron a encontrar cómodas. Es algo que parece que no, pero al final todos nos acostumbramos a hablarle a una cámara porque la cámara como que desaparece. Estás con la persona que está detrás y es un proceso que antes o después cualquiera puede llegar a ese estado de relajación.

R. R.: Se habrá generado mucho material. El proceso de seleccionar o dejar fuera mucho de él habrá sido complicado y el papel de la montadora Diana Toucedo ha tenido que ser crucial buscando la estructura de la película con ese montaje tan conciso.

I. A.: Sí que había mucho material, pero teníamos bastante claro qué era lo que entraba y lo que no. Había alguna cosa por ejemplo que a mi me gustaba, pero enseguida se quedó atrás. Pero la verdad que fui a donde Diana muy dispuesta a perder lo que fuera. Creo que eso estuvo guay, porque a veces te apegas a un material porque te gusta pero igual en la peli no puede entrar por el motivo que sea. A veces nos cuesta despegarnos de eso y en el proceso de montaje esto es una de las cosas más duras y que más nos cuesta a los realizadores. Trabajar con Diana ha sido muy guay, porque ella va con las cosas superclaras y ha sido un proceso en el que he aprendido mogollón y nos hemos entendido muy bien.

R. R.: Según se ve en la película surgen de forma natural un contraste de orígenes, clase social… pero también puntos en común como la fecha de nacimiento que toma otro significado por lo que ocurre en ella, conectando un principio y un final que le da sentido al propio título. Eso surge durante el proceso de rodaje.

I. A.: Empecé con las ganas casi de hacer una comparación. Enseguida me di cuenta de que no era justo. Veía esos contrastes y me interesaba mucho cómo tenía tan cerca esas dos realidades y yo venía de ese contraste. Enseguida me di cuenta de que no me gustaba ir por ahí por el rollo de comparar. Dejé de comparar y simplemente me dediqué a retratar y a captar estos momentos mágicos de cada una. Siempre trabajo mucho a partir de impulsos e intuiciones. Necesito que el proceso sea superlibre, a veces hasta demasiado. Lo llevo un poco demasiado al extremo. Funciono así y es la única manera que he encontrado de hacer esto.

R. R.: Se da un choque entre esa jovialidad que tiene cualquier persona mayor y tus abuelas en concreto con el aspecto que tienen. Damos por sentado que no tienen vida más allá y en tu película al fijarte en sus reflexiones desvelas su manera de ver la vida y vivir el presente, que es algo que parece que no existe como si todo en ellas fuera pasado.

I. A.: Tenía superclaro que lo que me interesaba era el presente. También una de las cosas que yo buscaba en la peli era lo positivo de envejecer. Por eso me interesaba sobre todo la vitalidad de ellas.

R. R.: Hay muchos planos detalle de las manos, las piernas, los rostros, sus arrugas… te paras mucho en esto, en sus gestos cotidianos y sus expresiones, teniendo muy presente la mortalidad a través del propio cuerpo y de lo sensorial.

I. A.: Una de las cosas que me acercaba a ellas era que quería mirar esos cuerpos envejecidos, porque me parece que esos gestos y esos cuerpos moviéndose… expresan muchísimo. No sólo las palabras, sino los silencios y los propios gestos y cuerpos.

R. R.: Aunque tu película es muy íntima, sí que hay unos límites muy marcados en determinados momentos respecto a lo que muestras o no muestras. Cuando tu abuela se pone enferma o al final con el fuera de campo y la respiración. ¿Tenías algún tipo de restricción autoimpuesta sobre las imágenes?

I. A.: En realidad no tenía ningún límite. Simplemente era hasta donde me dejaban ellas. Ese era el límite en el rodaje. En montaje sí que quizás… es que no fue únicamente en montaje. No sé muy bien explicarlo, porque todavía estoy reflexionando sobre la peli.

R. R.: ¿Te pusiste algún tipo de frontera?

I. A.: No me puse nada. De hecho, por ejemplo, hay imágenes del hospital —no muchas— de su cara, pero no quería sacarlas. No sé muy bien por qué. No me parecía que fuera necesario. Al final también el fuera de campo dice mucho y no me parecía necesario mostrar ese momento. También este momento final en el que se nos oye cantando, que estábamos en el hospital… eso lo monté al día siguiente, creo. Me salió así. Fui a casa, empecé a ver lo que tenía porque ese momento a mi me emocionó muchísimo. Enseguida necesité volverlo a ver y lo hice así en el momento. No sé si sería un año más tarde, o al menos unos cuantos meses más tarde con Diana, cuando lo vimos se quedó casi tal cual.

R. R.: En las conversaciones que tienes con ellas acabas introduciéndote tú mucho también creando una perspectiva muy subjetiva. Tu hermana Marina Lameiro (Young & Beautiful, 2018) es productora y supongo que tendría algún tipo de distancia respecto lo que estabas haciendo.

I. A.: Claro, a pesar de que ella también estaba muy dentro —al final está mirando también a sus abuelas—, me ayudaba a ver un poco desde fuera. Me interesa trabajar desde la subjetividad. Estoy totalmente a favor de eso. Estaba clarísimo que era mi mirada sobre ellas y un retrato. Pero es que al final un retrato siempre es desde la mirada de quien lo hace. A veces necesitaba confrontarlo con gente para que me ayudasen a mirarlo un poco desde más afuera.

R. R.: Estás mucho en Enero realmente. En cómo construyes las relaciones con tus abuelas, lo que muestras o no… al final es tanto un retrato de ellas como de ti misma y tu intento de conectar con tu pasado, con el legado de tu familia. Al final eres un sujeto más de este retrato a través de tu mirada.

I. A.: No sé muy bien qué decir sobre esto, porque como te digo trabajo siempre de manera superintuitiva. Y sobre todo en el rodaje ha sido todo superlibre. De hecho hubo un momento, antes de empezar a montar, en el que veía el material y decía que hay cosas muy diferentes. Porque a veces estaba muy de observadora y otras veces estaba superdentro. Incluso me llegó a dar miedo si había que elegir una cosa o la otra. Diana enseguida vio que no, que todo formaba parte de la misma peli y de hecho creo que todo se enlaza muy bien. Me parece también necesario ese acercarse y alejarse. Si siempre estuviera yo tan presente podría ser un poco claustrofóbico. Alejarse en algunas de las secuencias creo que ayuda.

(Entrevista realizada el 20 de noviembre de 2019)