Ema (Pablo Larraín)

La chica del lanzallamas tiene un plan

Comienza la película con un semáforo ardiendo en mitad de la noche, con la fotografía jugando al contraste entre la oscuridad y los colores rojo y verde de los semáforos de alrededor. En un lento y elegante ‹travelling›, descubrimos a nuestra protagonista, lanzallamas mediante, en estado de trance fascinada por las llamas. Que nadie se engañe, ella tiene un plan.

Lo que prosigue es, tanto en palabras de su responsable como de manera harto obvia y sencilla, una especie de retrato generacional de la juventud femenina observado no tanto con cariño, sino casi con admiración. Una admiración que tampoco esconde algunas contradicciones, sobre todo a nivel de interpretar la trama. Pero en todo caso parece que está buscado, que todo no es tan esplendoroso como la cámara sugiere. O puede ser una interpretación mía, pero lo cierto es que por momentos parece que el punto de vista del cineasta y la trama narrativa chocan. Intentaré entrar en detalle más adelante. No obstante, a mí me ha convencido.

Cuando un cineasta de mediana edad se junta con dos coguionistas también hombres para hablar de la juventud femenina, el empoderamiento o la sororidad, hay quien podría arquear la ceja. Cuando, además, se añade el reggaetón tanto para crear momentos atmosféricos como a modo de discurso generacional que rompe o intenta ser motor de la historia, hay también quien podría arquear directamente las dos cejas. Muchos recordamos cuando se puso de moda el rap en las cintas españolas de los 90, o esas escenas pretendidamente importantes con música de discoteca.

Por suerte, el cineasta Pablo Larraín, que viene de filmar nada más ni nada menos que cintas como Jackie, Neruda o El Club, es alguien a priori con una cierta sensibilidad y una mirada más interesante y con sustancia que el tipo abuelete filmando cuerpos femeninos para su gusto personal.

Su mirada se detiene en el rostro de Ema, nuestra protagonista. Ema, bailarina y profesora de baile, vive un momento traumático en su vida tras la “devolución” del niño que tenía en adopción junto a su pareja después de una serie de incidentes que acaban en un… “trágico suceso”. La culpa y el remordimiento acompañan los primeros compases de la cinta, mientras seguimos el día a día de la joven encarnada por la actriz Mariana Di Girolamo.

Tras una presentación de todos los personajes y ponernos en contexto, la obra parece que se pierde en un camino a ninguna parte, casi como de autodestrucción o autodescubrimiento de Ema. No obstante, hay algunos pequeños momentos donde sus responsables dejan caer que hay un plan por parte de ella. No sabemos el qué, pero es suficiente para estar esperando el giro dramático o la revelación final que dará significado a todo lo anterior visto.

Lo que acontece entre tanto es, aparentemente como decía, un relato que pudiera entenderse como nihilista o de ‹carpe diem› constante entre los restos del naufragio. Larraín captura, entre tantos cuerpos y bailes, a un grupo de amigas, de perras fieles en un sentido cariñoso y de empoderamiento. Funcionan como un grupo compacto con evidentes matices. De todos los conflictos personales que acontecen en la vida de Ema; la relación de su pareja, con otras varias personas, su madre, su hermana o incluso laboral; este grupo de mujeres funciona tanto de tabla salvadora como leal compañía sin pedir explicaciones ni exigencias. Todas a una.

Hay un cierto debate de si en la admiración que desprende la cámara hay, buscado o no, un fleco abierto en cuanto a nivel temático. Creo que es enriquecedor este debate. Lo que se me escapa más de las manos son las voces que han catalogado a esta mirada de la del típico viejo filmando culos de adolescentes.

Ema es, instantes después de su visionado, una película fascinante y donde hay juego a la hora de hablar sobre como retrata a la juventud femenina chilena. Sobre los roles que representan sus personajes, como el del marido, interpretado por Gael García Bernal, que parece a ratos una extensión, si no de su propio cineasta, sí de un cierto rol del hombre moderno, más confundido que otra cosa.

Una película donde se filman los cuerpos de sus jóvenes como panfleto de libertad, mientras bailan o mientras (se) aman. Donde son conscientes de su poder. Y el resto sólo se mueve a su alrededor creyendo erróneamente que son los que manejan la situación.

El baile como vida, como política, como declaración de intenciones.

Y sí, hay reggaetón a raudales.

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