El mar nos mira de lejos (Manuel Muñoz Rivas)

¿Qué es El mar nos mira de lejos? ¿Ensoñación? ¿Fábula? ¿Aventura en slow motion? ¿Realidad o ficción? Posiblemente el documental (si realmente se trata de eso) del debutante Manuel Muñoz Rivas contiene buena parte de todos estos ingredientes pero, visto en conjunto, estamos probablemente ante una pieza que se define por su contemplativa poética, por su sensación de eternidad más allá de su contenido argumental, de épica intemporal trasladada a pantalla.

Estamos ante el retrato de un páramo arenoso, posible cobertura de un glorioso pasado, de una civilización mítica. Un lugar donde escasos moradores se mueven como restos, a veces más bien despojos, de un tiempo que no volverá. Personajes que, con sus pequeñas historias, anécdotas y rutinas parecen haber perdido toda noción o recuerdo de su origen. Y precisamente estos insertos que vienen a romper el paisaje por un lado y lo contemplativamente formal por otro, son quizás el punto más débil del film.

Puede que ofrezcan un respiro narrativo, una nota de humor de lo cotidiano pero, aunque su función de metáfora, de reflejo de soledad y ruina es tan clara que, de alguna manera, acaba por romper en ocasiones el hechizo hipnótico que el contraste entre mares, el agua y la arena, ofrecen. Sin duda El mar nos mira de lejos funciona mucho mejor en los pasajes silentes, en la recreación del infinito y al mismo tiempo mínimo paso del tiempo.

Al fin y al cabo, de alguna manera, estamos ante una variación naturalista de A Ghost Story. Una reflexión sobre el paso del tiempo, lo invisible y a veces perdido de lo que queda atrás, de lo relativo del tiempo presente, de la escasez de esperanza en un futuro que puede dejar el mismo paisaje desolado que el pasado. De moradores que son como fantasmas, ecos, reverberaciones de cosas de los que esos espíritus en vida parece que han borrado toda memoria, todo rastro hereditario.

Pero por encima de todo el film (si realmente se trata de eso) de Muñoz Rivas es una puerta abierta a la reflexión. Una ventana a la que el espectador está invitado a asomarse libremente y, sintiendo el cadencioso ritmo de las olas, de las dunas que deshacen con el viento, dejarse ir emocionalmente. No se trata pues del reflejo de un espacio y sus multiversos posibles sino que es el espejo ante el cuál uno debe mirarse y sentirse tan protagonista como cualquiera de los personajes o tan nimio como cualquier grano de arena llevado por el viento. El mar nos mira de lejos es sencillamente y al mismo tiempo un complejo y satisfactorio poema visual sobre lo efímero y lo eterno, sobre el papel que jugamos en ello, sobre saltar por encima del abismo entre leyenda y realidad y dejar que ninguna de las dos sea más importante que la otra.