Las letras de Jordi (Maider Fernández Iriarte)

La presentación del protagonista de Las letras de Jordi ya pone de manifiesto los tres elementos principales que componen la película de Maider Fernández Iriarte. El plano de la cartulina con los símbolos alfanuméricos que le permiten comunicarse con los demás, tomas del santuario de Lourdes montadas en paralelo con su deseo explícito de visitarlo y la conexión con la directora que vemos desarrollarse durante su metraje. La experiencia individual del hecho religioso, los mecanismos de la comunicación y el lenguaje entre las personas y la creación de vínculos forman los tres grandes temas sobre los que esta obra documental reflexiona a través de la intimidad que establece la cineasta con Jordi —que tiene parálisis cerebral— principalmente filmando en su misma habitación en la institución que cuida de él.

A través de las conversaciones que Fernández Iriarte mantiene con Jordi se va desvelando su situación familiar, sus creencias, sus intereses y personalidad. También se hace cada vez más evidente la capacidad de empatía y el carácter de la autora. Su presencia en la película funciona a la vez de extensión de la mirada del espectador y de vehículo de expresión de su sujeto de estudio, al que presta su voz recitando las palabras que deletrea. En un trabajo así, en el que la propia directora sirve de intermediaria con su propia cámara —y la cámara a su vez de extensión de su propio punto de vista en el relato que se desenvuelve—, su inclusión en el film, siendo consciente de la mediatización de la misma, proporciona a la obra de un sentido extraordinario y honesto de autenticidad, que captura en un dispositivo formal que mantiene la distancia necesaria sin renunciar a la naturaleza subjetiva de sus imágenes. Un dispositivo en el que toma decisiones radicales como mantener durante gran parte del tiempo la atención directa sobre las letras que Jordi señala bastantes minutos antes de que incluso veamos su rostro por primera vez.

Un crucifijo en la pared y los instantes en que ve la película La canción de Bernadette (1943) de Henry King refuerzan visualmente la conversación sobre sus creencias y cómo entiende la fe desde una perspectiva que se siente extremadamente respetuosa, en un intento de comprender la vivencia personal de Jordi y las repercusiones que tiene en su día a día. Algo que lleva a su sublimación en la secuencia de su visita a Lourdes, donde los rituales, las luces, las coreografías de los que acuden al lugar, la arquitectura y la magnitud de la construcción del templo —rodado desde el suelo que pisan el resto de visitantes— evocan el poder de unos símbolos milenarios, de un legado cultural que afecta de manera poderosa a la existencias de muchas personas incluso hoy. El diálogo interior de Jordi con Dios y su modo de reconocerlo ante el espectador revela su influencia para la identidad de tantas otras personas que luego la cinta escala en una dimensión social incuestionable. Pero también afectada por las contradicciones inherentes a las condiciones en que vive Jordi y el trato que recibe por parte de los demás.

La palabra es filmada en un sentido literal en Las letras de Jordi desde un compromiso total con la propia idea del funcionamiento del lenguaje y cómo las relaciones humanas se construyen alrededor del mismo. Las limitaciones aparentes del trastorno que sufre Jordi se superan en el trato con una fluidez que puede resultar sorprendente incluso a distancia, por teléfono. El lenguaje también audiovisual acaba impregnado de un hermoso simbolismo con la mano de la realizadora apareciendo en plano constantemente para sujetar la cartulina. Una mano que de hecho lleva esa comunicación al contacto físico. Y en ese nivel más profundo el trato cercano de semanas de rodaje da pie a un amistad que se reconoce por la necesidad de continuar la familiaridad creada más allá de la cámara y no a pesar de ella. Fuera de su presencia o aceptando quizá su necesidad para establecer el escenario que permita la supervivencia de un vínculo formado gracias a ella.