El lago del ganso salvaje (Diao Yinan)

Cine negro, definición: género cinematográfico que se caracteriza por presentar tramas que giran en torno a hechos delictivos y criminales, con un fuerte contenido expresivo y una característica estilización visual —paisajes urbanos húmedos y nocturnos, amplio contraste entre luces y sombras, etc.— que nunca estuvo completamente definido.

Se podría denominar a Nan Fang Che Zhan De Ju Hui (El lago del ganso salvaje) como una película de cine negro. Es lo que se ha hecho y lo que seguramente se hará (no sin razones). Pero la verdad, es que es una de esas películas que traspasa la barrera de los, tan limitados hoy en día, géneros, para ofrecer una mirada propia y bastante interesante sobre el mundo suburbial delictivo de China. En los bajos fondos de la ciudad, Yinan coreografía un escenario electrizante, lleno de gente, callejones y rincones apelmazados. Una ratonera donde los ratones se reúnen —ya sean ladrones de motos, policías o trabajadores— y se suceden mil y un historias, de entre las cuales, destaca la de Zenong Zhou.

Tras una trifulca entre familias de la mafia por un codiciado territorio donde “chorizar” motocicletas y un desafortunado intento de hacer las paces, Zenong mata a in policía sin saber que lo era. Y así se desencadena una serie de acontecimientos que darán lugar a un más que sobradamente conocido final… Pero esto no es lo importante, ya que lo que propone el nuevo film del cineasta chino, es llegar a otro tipo de “finales”.

El film carece de escenas trepidantes —algún tiro sí que suena— ni tiene subidas (muy) bruscas de adrenalina —lo que es de agradecer, pues en los tiempos que corren, lo normal es tirar de pistola hasta que se acabe el cartucho y, por si fuera poco, regalar un plano por bala…—. En El lago del ganso salvaje las escenas violentas responden a un deseo coreográfico, que conlleva un sentido de métrica casi musical, más que a un festival de esperpénticos planos/contraplanos con su típico detalle al agujero de la bala. Aún con todo, la cinta posee bastante de la herencia del cine negro norteamericano en cuanto a visceralidad, pero se redime haciendo un ejercicio de reconstrucción de las escenas muy personal.

Mucho se hablará en las críticas venideras de la iluminación, con esa frialdad propia del neo-noir que da a todo un ambiente decaído. El uso del neón y la luz natural en contraposición son característicos del cine chino contemporáneo —desde Wong Kar-Wai hasta Tsai Ming-liang, pasando por Bi Gan y Wi Ding Ho [1]— pero el caso de Yinan es especial por su uso acorde al sonido (no al revés) que da a la película una dimensión rica en matices audibles. El sonido en El lago del ganso salvaje es más importante que todos los demás elementos. Partiendo de la base de que el cine moderno ha explorado escasamente las posibilidades del sonido en cuánto a pieza central de una obra —no me refiero a la música y la atmósfera, sino al hecho de que los distintos ruidos definan el estado del personaje, su próximo paso, o, simplemente, revelen lo que la imagen no puede—, el film que nos ocupa hace un excelente trabajo con el audio de la palabra audiovisual, más allá de la narración.

Frases que son inaudibles por la llegada estruendosa de un tren o el ruido de las máquinas de una fábrica, el traqueteo de un arma rozando la barandilla de un edificio o la caída de la lluvia torrencial son algunos ejemplos de la utilización momentánea de los sonidos, que, lejos de quedar impostada (al revés, es más que lógica) posee un sentido más allá del simple concepto de ambiente o acompañamiento. Podría decirse que alude directamente al instante en que él mismo se está produciendo, haciendo al espectador partícipe de una experiencia ajena y aportando una lectura mucho más intuitiva que explicativa.

Pese a no ser una película genial, El lago del ganso salvaje es lo suficientemente sugestiva como para dar un sentido evocador a un género hastiado y mil veces visto. Sería interesante intentar verla con los ojos cerrados y, posteriormente, sin volumen, para ver la magnitud del cambio que, sin duda, provocaría en nuestra percepción de la misma.

[1] En lo respectivo a Ming-liang y Ding Ho, ambos son de Taiwan —territorio en extraña situación geopolítica—, pero, por razones cinematográficas culturales (si es que esto existe) decido mencionarlos como cineastas chinos.