Djon Africa (João Miller Guerra, Filipa Reis)

¿Quién es Miguel, el protagonista de Djon Africa? Ni él parece saberlo desde el principio del film, dejando claro esa confusión cuando se refieren a él por distintos nombres y apodos. João Miller Guerra y Filipa Reis nos presentan a un personaje que a pesar de haber nacido y crecido en Portugal vive en los márgenes de la sociedad, sobreviviendo a través de la precariedad laboral. El descubrimiento de nuevos detalles sobre el pasado de su padre —y de su posible paradero en Cabo Verde— le hacen emprender un viaje a lo que para él supone lo desconocido, en busca de unos orígenes que puedan aclarar su identidad. Y es la identidad sobre lo que se cimenta el relato de Djon Africa. Miguel no encaja en la sociedad portuguesa en gran parte por sus orígenes africanos, pero tampoco parece hacerlo en la antigua colonia en la que es tratado como un turista, como un extranjero. Su forma de hablar y su acento, sus rastas y sus costumbres vienen moldeadas por la fusión de culturas entre la de su familia y la de la misma metrópoli en la que ha pasado de puntillas eludiendo responsabilidades y disfrutando del presente hasta el momento. La crisis en su existencia le lleva a poner su vida en pausa, abandonarlo todo y buscándose a sí mismo a tres mil kilómetros de distancia de todo lo que conoce.

Pero ¿qué es la identidad? Una serie de condicionamientos externos —a partir de la realidad material, la influencia de símbolos heredados o adquiridos, la mediatización de la crianza y el hogar— parecen desdibujarse con la percepción subjetiva, el sentimiento que emana desde el propio individuo. Esto es lo que persiguen los directores con la cámara y a partir del montaje. Por un lado definiendo la escena como un todo, tratando de capturar la atmósfera del momento a partir de lo que rodea y afecta al protagonista y situarlo en permanente contraste con Miguel, atendiendo a sus reacciones. Cada interacción con los habitantes de la isla nos da más información sobre su personalidad y sus diferencias con ellos. Mientras continúa su búsqueda infructuosa le observamos descubriendo nuevos lugares, gentes y ambientes que van envolviendo el hilo conductor de la narración, apropiándose de ella. Existen distintas playas con idéntico nombre que tiene como referencia para encontrar a su padre y debe visitarlas todas para tener alguna posibilidad de ubicarlo. De nuevo lo nombrado y el nombre asignado vuelven a tener connotaciones ambiguas, indescifrables a simple vista, que llevan a la incertidumbre.

Como si de una de las enigmáticas películas de Michelangelo Antonioni se tratara, la premisa inicial se convierte en una excusa que actúa de incitador de una narrativa que se diluye sobre sí misma. De manera casi imperceptible el personaje interpretado por Miguel Moreira parece olvidarse de sus motivaciones para estar en Cabo Verde. El sentido del paso del tiempo interviene como un elemento que transforma a Miguel inconscientemente. De los paisajes naturales abiertos en los que pasa el día trabajando a los locales de fiesta nocturnos, día tras día el espectador es testigo de cómo se pierde y se le reconoce como un extraño. Los sonidos de las tareas del campo, del viento rozando las ramas de los árboles, las calles y quienes les dan vida describen una realidad autocontenida de la que no parece tener —o querer— salida. Y es así, alejado de todo y hasta de uno mismo, cómo sucede el encuentro con su verdadero ser. «Yo soy mi padre» afirma en un instante concreto. No necesita dar con él para conocerle a través del clima, de sus iguales, de los espacios que podría frecuentar, de la forma de vida que podría llevar, de su cultura ancestral. Una acumulación de piezas fragmentadas que ahora reconoce que definen su esencia y le preparan para lo que quiera ser en el futuro.



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