David Lynch: The Art Life (Rick Barnes, Jon Nguyen, Olivia Neergaard-Holm)

En la pantalla se suceden algunas imágenes idílicas del protagonista en el jardín, cerca de las colinas de Hollywood, junto a su hija más pequeña. Trabajando en un cuadro nuevo en su taller. Fumando mientras mira directamente a cámara. A continuación sigue una larga entrevista en la que, oculto en la penumbra de un estudio de sonido, delante del micrófono, comienza un largo, cadencioso, narcótico monólogo sobre la relación del hombre con su pasado, la vida y el arte.

David Lynch es un misterio en sí mismo. Durante cuarenta años ha conseguido popularidad dentro del cine comercial norteamericano con largos independientes, grandes producciones, series míticas de televisión y numerosos cortometrajes. Su trayectoria audiovisual se ha balanceado desde el fracaso hasta el éxito, en un camino de ida y vuelta constante, con un nombre y apellido que ha convertido en una marca de fábrica que anuncia polémica, inquietud, extrañeza, calidad y desconcierto para el público. Su refugio son los festivales de cine, premios y nominaciones. Su valor cinematográfico es lógico, dentro de un cine mayoritario que recurre a lo evidente y las historias cerradas, mientras que la filmografía del norteamericano acude al inconsciente, la perturbación, los sueños y la capacidad de diversas interpretaciones.

The Art Life formula desde sus testimonios iniciales lo que supuso para Lynch el conocimiento de un amigo suyo, cuyo padre era pintor, en su infancia. Un encuentro que supuso una fascinación por el hecho de ser artista y un adulto como su mismo progenitor, que vivía rodeado de hijos, lienzos, facturas y creaciones. Esta claridad que otorga al padre de su amigo, no es la misma que utiliza para recorrer sus propios recuerdos y sensaciones acerca de la pintura o la imaginación.

Porque la producción está tridirigida por Rick Barnes, Jon Nguyen, los dos junto a Olivia Neergaard-Holm, también montadora. Aunque la impresión que flota en la sala tras la proyección sea la del mismo entrevistado como controlador absoluto de su propio retrato. La claridad o iluminación que propone el género documental, acerca de situaciones, hechos históricos, sociales o para establecer las biografías de personas, ya sean figuras públicas algunas, desconocidas otras, choca con la opacidad y aspecto laberíntico que manifiesta el presente largometraje. No se trata de realizar una confesión personal como parece desde el inicio el largometraje, proporcionando el micrófono a Lynch. Tampoco consiste en revelar hechos autobiográficos que pueden hallarse en su obra cinematográfica o pictórica. Esta cinta no tiene porque componer una semblanza al uso, sobre la faceta más artística de un director enigmático aunque lo bastante mediático para resultar desconocido. Su declamación, su punto de vista único sin testimonios ajenos, su limitación a la hora de salir de su propio yo y ser observado desde fuera, traicionan la veracidad documental del ejercicio. Anulan el interés o atracción que pueda suponer la figura para el público. El resultado final se acerca más a la homilía de un sacerdote que repite cada semana unas palabras que cuesta creer debajo de su púlpito.

Aunque proporcione algunos relatos de juventud que pueden conectarse con determinadas secuencias rodadas en films como Eraserhead, Terciopelo azul o incluso Mulholland Drive. Tal vez porque se muestra la manera de trabajar con los lienzos, pintura y otros materiales, con un aspecto visual más cercano al reportaje televisivo, heredero a su vez del spot publicitario, que a un tono más contemplativo y menos fugaz. Por estas razones de estilo, como documental no aporta otra información que no se pueda extraer tras ver de películas familiares en super ocho. U otras de adulto en blanco y negro, ya como universitario o en sus inicios profesionales. Esas son imágenes troceadas que se insertan como adorno a la voz constante del autor, durante los noventa minutos del metraje.

Lynch, aunque tuviera una infancia y juventud cotidianas, de familia de clase media acomodada, sigue manteniendo su importancia e interés cinematográficos, como auténtico creador de planos que se alojan entre la retina y el subconsciente del espectador. Sus cuadros pueden ser mejor o peor valorados según el gusto estético de los expertos o de las personas que acudan a sus exposiciones o vean fotografías de los mismos. En cuanto a su pintura matérica, no la veo suficientemente interesante. Su figuración es algo mimética de otras corrientes pictóricas. Y el uso del color y tipografías, no lo distinguen de pintores más interesantes. Sin embargo, su cine continúa vivo aunque lleve más de diez años sin rodar un largometraje. Su obra como cineasta sí es un gran ejemplo de que con un trabajo impecable visual, sus elementos, escalas, deformaciones, nitidez y un tratamiento sinestésico del sonido y la banda sonora, sí que permanece en la esfera del arte.

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