Conclusiones del D’A 2018

El D’A llegaba un año más a los cines Aribau para proponer y enriquecer el marco cultural en una octava edición que, como cada año, volvía a esos nombres de primera fila ineludibles dentro del panorama autoral donde se antojaba inevitable la presencia tanto de cineastas consagrados como los Philippe Garrel, Hong Sang-soo, Guy Maddin o Paul Schrader, como de nuevos talentos que han irrumpido con fuerza en los últimos años —ahí están los Safdie, Andrew Haigh, Matthew Porterfield o Julia Solomonoff—. Una retroalimentación, la constituida en torno a esos autores con más cartel, necesaria para poder sostener el entramado de un certamen que, no obstante, va mucho más allá, y ya sea en torno a secciones como Sala Jove o la categoría a competición, Talents, o gracias a su apoyo al cine patrio, especialmente a través de Un impulso colectivo —aunque hemos podido ver alguno de esos films, por ejemplo, también en Talents, donde además Trinta lumes de Diana Toucedo se haría con el premio de la crítica—, sigue sosteniendo su importancia como impulsor de un cine que es mucho más difícil ver llegar a nuestras salas y, por supuesto, poder hacer llegar a las mismas dada su escasa recepción en ocasiones.

De este modo, propuestas que se alejan de ese entramado que suele —salvo rara excepción— tener mayor repercusión en los festivales y que lo forman los nombres propios, complementan y sostienen un ecosistema donde encontrarse con títulos como Ava de Sadaf Foroughi, A estación violenta de Anxos Fazáns, Tiempo compartido de Sebastián Hofmann o A Ciambra de Jonas Carpignano, gusten más o menos, otorgan una clara direccionalidad que en pocas ocasiones se ve socavada por decisiones internas del propio festival. Y es que si algo cabría replantearse ante un certamen como el D’A con la vocación que nació este en un principio, eso sería el hecho de apostar decididamente por un cine donde la barrera autoral se muestre más firme. Sí, es cierto, delimitar de un modo u otro un sello como podría ser el de autor resulta cuanto menos complejo, dado que una concepción como la que se intenta trabajar puede incluso moldearse a conveniencia; motivo quizá por el cual el D’A debería mostrarse más férreo con ciertas propuestas que, por más que incluso puedan llegar a ser de cineastas consagrados, rompen en cierto modo el concepto que mayormente se deduce de una autoría.

No sirvan estas palabras ni mucho menos como crítica, sino como mirada acerca de uno de esos pivotes sobre los que se debería fijar una voluntad obstinada para poder creer en otros cines. Con todo y con ello, si hay un espejo del que se puede extraer el suficiente tesón como para seguir reivindicando aquel cine que llegue más pronto, más tarde o, simplemente no llegue, sin lugar a dudas hay que fijar el Festival de Cine de Autor de Barcelona como una de esas muestras indispensables para el panorama. Y que así siga muchos años más.