Con el viento (Meritxell Colell)

El viento como flujo cambiante afectado por la presión atmosférica. Con el viento bebe directamente de este espíritu, una evolución temporal sin una dirección constante que se asemeja a instantes concretos de nuestras vidas, con calmas extenuantes que se ven sorprendidas de repente por movimientos extremos, aunque el alboroto no sea suficiente como para mover nuestros pies de terreno firme.

Las manos de la madre de Mónica me recuerdan a las que podía ver cuando mi abuela materna se manejaba por el mundo. Menudas, erosionadas por el tiempo y el trabajo de campo, pero todavía con una agilidad inagotable, siempre en movimiento, con una alianza que ya quedaba holgada, de cuando en sus tiempos mozos se casó, para no olvidar a su difunto marido. Son las mismas manos que la bailarina encuentra a su vuelta tras ese tiempo y espacio de crecimiento personal, apartada de los suyos, sin recordar esa realidad que no parece evolucionar en un remoto pueblo de mínimos habitantes.

Con el viento se mantiene en ese sosiego rural, donde los tiempos muertos y los silencios del día a día aportan toda la vida y emotividad buscada. Largas son las escenas en las que contemplamos situaciones cotidianas, una invitación al espectador para compartir mesa y mantel con el film, para adentrarnos en esta realidad que en ocasiones sentimos lejana de la ficción por la ausencia de intrusismo de la cámara. Tres generaciones de mujeres conforman un relato hábilmente trasladado al punto de inicio, esto es, una reconstrucción de los orígenes que en ocasiones quedan aparcados y que en algún momento es necesario reconciliar. Parca en palabras, muchas veces la comunicación no verbal es la que une lazos. Vemos como el espacio vacío entre madre e hija se va llenando por pequeños gestos que comparten; cuando es la soledad la que acompaña a cada una de estas dos protagonistas, encontramos en la mirada de la madre la misma expresión que podemos analizar en las sesiones de danza de la hija: ambas buscan encontrarse a sí mismas en esta nueva situación.

Aunque todo esto nos lleve a pensar en una película muy física, la ambientación es un elemento imprescindible. Meritxell Colell juega con cada una de las estancias del hogar familiar, como lo hace con los cambios temporales. En esta historia tan callada, encontramos elementos suficientes para sentir ese avance que tanto necesita esta relación. La belleza radica en la fuerza de sus protagonistas, pero se sentiría vacía si olvidáramos la importancia de ese entorno que las acoge. Todas las mujeres que nos presenta cierran un ciclo, pero la carga que queda dentro de ese hogar no tiene el mismo peso en su futuro próximo.

Siento la cercanía de Con el viento más allá de la mirada de la directora, porque es una de esas películas con las que conectan tus propios recuerdos, pero que no dejará atrás a quien esta forma de sentir le resulte ajena. Es una película en la que perderse sin buscar ambiciones extremas que nos dominen, solo hay que dejarse llevar.

Si al inicio del film el baile de Mónica tensiona cada uno de sus músculos, siguiendo un ritmo similar a un metrónomo, en un espacio industrial y opaco, su danza lejos de Buenos Aires lleva otro ritmo opuesto, un cuerpo orgánico que se rige por la inspiración de la naturaleza que le rodea. Esta evolución da forma a los vientos de un terreno árido como el que nos acoge en el film, inspirando las palabras que no llegan y que igualmente son capaces de transmitir.