Comanchería (David Mackenzie)

El cine del oeste —de nuevo este género eterno— continúa cabalgando por las pantallas a lomos de caballos o en los asientos de un coche, contra viento y marea. La crisis económica ha sacudido el territorio, ha roto familias, arruinó a los agricultores, a los trabajadores que ni siquiera llegaban a fin de mes en los buenos tiempos. Como una tempestad, todo se fue al infierno. Después de la catástrofe quedaron las granjas vacías o las carreteras comarcales, tan poco transitadas. Bancos a los que acuden solo jubilados. El centro comercial de pequeñas ciudades, abandonado en hora punta. Ya no hace falta viajar hasta otros países, mover a todo un equipo de producción hasta Hoyo de Manzanares, Tabernas, Almería, alrededores de Roma, los Alpes o a paisajes más lejanos. Solo hay que llegar a Nuevo Mexico y descubrir esa tierra poblada por fantasmas de vaqueros y espíritus comanches.

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Desde el comienzo la cámara gira sobre su eje en un campo de casi 360 grados para mostrar esas calles a pleno sol. La mujer que baja tras aparcar su coche y entra en la oficina del Midland Texas Bank, mientras otro vehículo estaciona cerca y dos sujetos encapuchados salen de él y la empujan dentro con sus armas. Es el primer atraco de Tanner y Toby, los hermanos Howard. El mayor, un ex-presidiario y el pequeño divorciado, solitario y casi desahuciado. Dos forajidos sin leyenda decididos a cambiar su suerte con pequeños atracos que les sirvan para pagar sus deudas, nada más que para volver a la estabilidad perdida, olvidar hipotecas y plazos a punto de extinguirse.

David Mackenzie, un director escocés que cumple con puntualidad una nueva entrega cada dos años, ha dejado pasar algo más de tiempo entre Convicto, su film precedente en 2013 y Comanchería, su segunda aventura en Estados Unidos después de American playboy. En el caso actual, los antepasados amerindios le han dado suerte porque consigue un gran largometraje, en un año que los mejores westerns son los menos evidentes. La verdad es que el realizador cuenta con un buen reparto, una plantilla de técnicos muy competentes y sobre todo un guión muy sólido. Con esa materia prima solo le quedaba rodarlo bien y, por buenaventura, así lo hace.

Partiendo del texto de Taylor Sheridan, guionista reclamado, además de actor episódico en series de televisión y otras películas. Suyo es también el libreto de Sicario, con el que comparte señas de autor, al ejecutar esa renovación del viejo género, para que sirva como armazón a producciones comerciales que resultan muy entretenidas, al mismo tiempo que radiografían con acierto aspectos sociales. En el film de Villeneuve se trataba el narcotráfico fronterizo, los carteles de Mexico y la venganza, sin didácticas superficiales sino por medio de una autenticidad enunciativa, reforzada con el escepticismo y la rabia por no ser capaces de cerrar el conflicto. En esta persecución por antiguos territorios de los nativos norteamericanos, el sistema monetario arroja víctimas y los personajes también algunos cadáveres. Aunque todos coinciden en esa emoción que los agrieta como los parajes desérticos que los rodean. De igual forma que ambas películas describen un duelo entre antagonistas, latente durante todo el metraje.

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El cineasta británico sabe que tiene un regalo entre manos y demuestra su gratitud planificando las secuencias de la mejor forma posible, con el tempo y cambios de plano precisos. Alterna las conversaciones  con una puesta en escena más elaborada, como es el caso de la panorámica circular descrita anteriormente, una narración evocadora que recuerda el principio de La última película y Texasville, dos mitos acerca de la desaparición del oeste clásico. Asimismo comparte a Jeff Bridges como actor representativo de los dos largos, una estrella que ahora borda su ranger malhablado, sarcástico y buen compañero de su aliado en la búsqueda de los delincuentes, ese Alberto Parker que lo aprecia a pesar de todo. Las escenas de los hermanos y estos agentes que los persiguen, se suceden en paralelo, con la certeza de que más tarde que pronto los cuatro personajes llegarán a encontrarse. Un tipo de presentación de relaciones y escapadas, similar al procedimiento de escritura de otro enorme guionista como es David Webb Peoples, autor de Sin perdón.

El producto que llega a la pantalla tiene buena factura, un ritmo envidiable, secuencias de acción resueltas con oficio y sin trampas, un ejemplo del canon genérico que puede servir como estructura intacta y rejuvenecida al mismo tiempo, más allá de Quentin Tarantino y de la parodia del western. Se beneficia de los intérpretes Ben Foster, al borde de la caricatura pero manteniendo el equilibrio. Bien acompañado por Chris Pine, impecable en su contención. A ellos se suman el ya mencionado Jeff Bridges y Gil Birmingham como los policías. Todos ellos se quedan en la retina durante este viaje a un estado que ilustra el tópico yanqui del territorio salvaje, el refugio de los pioneros. Esos mismos que recuerda el cine pero, probablemente, olviden sus políticos.

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