Caídos del cielo (Francisco Lombardi)

En 1980 el Perú volvió a instaurar la democracia tras más de una década de dictadura militar regida por Morales Bermúdez. Se abría por tanto una época de esperanza y restauración de las libertades en un país de arte milenario rico en diversidad y cultura. Una nación joven y orgullosa de sus raíces con múltiples retos que acometer, como por ejemplo ese enfrentamiento ancestral encarado con vecinos como Chile o Ecuador por diversos conflictos territoriales. Sin embargo, los años 80 acabarían desembocando en una de las mayores crisis económicas y por tanto también sociales de la historia del país andino. Una inflación desbocada, un deuda externa imposible de pagar (problema que acució igualmente a buena parte de América de latina), unido a la explosión de la lucha interna que enfrentó al gobierno con grupos terroristas como el MRTA y Sendero Luminoso, provocó que el Perú se hundiera en un pozo en el que no se atisbaba ninguna señal de luz. De este modo a finales de los años 80, con un inexperto Alan García en el poder la ya mencionada crisis llegó a su cénit con el terrorismo instaurado por todo el país y tasas de inflación absolutamente desorbitadas. Este contexto significó la pérdida de toda una generación de jóvenes peruanos que sufrieron el colapso de su nación sin contar con ninguna oportunidad para salir del callejón sin salida con el que se encontraron.

Este ambiente fue la lanzadera del alumbramiento de un grupo de cineastas jóvenes y aguerridos que trataron de captar la realidad de su país con una mirada siempre compasiva y audaz. Entre ellos sobresalió Francisco Lombardi, autor poseedor de una inteligencia descomunal que supo captar la esencia de las miserias que estaban aniquilando a su nación pero sin ofrecer para nada una visión apocalíptica y desesperanzadora, sino simplemente narrando los sucesos y acontecimientos que estaban ocurriendo con piedad y humanidad. Echando la vista atrás, las producciones lideradas por Lombardi a lo largo de los años ochenta suponen un testamento histórico de los sucesos acaecidos en Perú. Obras como Maruja en el infierno donde se detallaba la ruina moral que azotaba a las clases más humildes, boxeadores y gente común a la que no le quedaba más remedio que lanzarse a la delincuencia para sobrevivir, tratando de asestar un golpe maestro a una fábrica regentada por una vieja amargada que se hizo rica contratando mano de obra barata procedente de los abundantes locos que moraban las lindes de su negocio; con La ciudad y los perros no solo adaptó la novela de Vargas Llosa con maestría y excelencia sino que igualmente embutió el universo propio del texto en un laberinto de metáforas que conectaban directamente con el estrato social de aquellos años; y con La boca del lobo Lombardi se atrevió a mostrar los intestinos del conflicto terrorista desde una perspectiva muy atrevida, otorgando el protagonismo a una unidad del ejército peruano comandada por un despiadado oficial cuyas prácticas y mandatos no distaban en absoluto de los ejecutados por la barbarie terrorista.

En este sentido, Lombardi se eleva como el mejor autor del cine peruano, propietario de una grafía muy personal siempre ligada al retrato social radiografiado con un pincel cotidiano y realista. Su cine es eminentemente clásico, sin trucos ni engaños que perviertan lo captado. Así, su narrativa se observa lineal y ortodoxa, aunque siempre crítica y reflexiva. Bajo este paraguas Lombardi realizó justo al final de los años ochenta su mejor obra en la opinión del que escribe. Y es que Caídos del cielo condensa en sus sublimes dos horas lo mejor del cine social iberoamericano destapándose como una de las películas de imprescindible visionado para adentrarse en el particular cosmos de un estilo de cine adherido a la crónica social a partir de unas historias donde lo corriente se da la mano con lo mágico.

La premisa que sustenta el eje argumental del relato propugna una especie de fábula de historias cruzadas que conecta a tres grupos de personas bien diferentes entre sí, unidos por un simple azar del destino. El de la pareja de ancianos Lizandro (Carlos Gassols) y Jesusita (Leontina Antonina), un matrimonio que conoció tiempos mejores amargados por la pronta muerte de su único hijo. Presos de la melancolía y de los recuerdos de tiempos mejores, aquellos en los que aún eran propietarios de tierras, aquellos en los que los problemas conyugales eran superados con el amor familiar, aquellos en los que la soledad solo era una palabra vacía. De este modo el único objetivo vital que parece quedarles será la construcción de un panteón de mármol donde hacer descansar los restos mortales de su hijo junto con los suyos, siendo la consecución de la plata necesaria para pagar este caro material la principal causa de tormento de dos almas que deambulan sin esperanza por un mundo gris y triste. Lizandro y Jesusita son los propietarios del edificio donde vive Humberto (maravilloso Gustavo Bueno), un locutor de radio solitario y anodino que a duras penas puede pagar el alquiler reclamado por los ancianos. Un hombre que se ha aislado del mundo por miedo a sufrir el rechazo amoroso debido a la presencia de una cruenta cicatriz que deforma una parte de su rostro y que tan solo cuenta con la compañía de una vecina bastante cotilla que parece desear probar las carnes de Humberto. Éste se ha arrastrado vendiendo su talento en un programa de radiobasura que a partir de los testimonios de sus candidatos a suicidas intenta lanzar un mensaje positivo y de esperanza que evite la depresión que aguarda en los armarios de quienes se atreven a comentar sus miserias y derrotas. Sí, Humberto se ha convertido en un vendedor de crecepelo, en alguien que repite un mensaje ilusionante sin sustancia ni trascendencia, en un emisor de palabras tan biensonantes como vacías, pues como señalan los productores del programa, la realidad y la tristeza no vende, la gente solo quiere escuchar historias optimistas, una especie de indigencia moral para tapar el abatimiento incrustado en el país andino a finales de los ochenta.

Sin embargo la soledad de Humberto sufrirá un revés repentino al encontrarse con una joven (Diana Quijano) en el instante en el que ésta se presta a lanzarse al vacío. Humberto conseguirá detener el intento de suicidio de la muchacha acogiéndola en su casa para ofrecerla ese hogar que carece, llamándola Verónica ante la ausencia de presentación oportuna de esta alma solitaria y atormentada por un hecho desconocido que esconde debajo de su ropa.

Finalmente la otra historia que avanzará en paralelo a lo largo del metraje se conectará con las mencionadas a través de la entrega por parte de la pareja de ancianos protagonista de un cerdo (chancho en peruano) a una vieja ciega (Delfina Paredes) que trabajó de criada como pago por sus servicios. Una mujer que malvive en las afueras de Lima en una destartalada chabola junto a sus dos nietos tras la marcha de su hija a los EEUU. La vieja engarzará la llegada del animal con la posibilidad de obtener el dinero necesario para operarse y así recuperar su vista perdida. De este modo ordenará a sus nietos ir al vertedero todos los días para obtener el alimento preciso para engordar al cerdo y así poder venderlo al mejor postor. Sus nietos ostentarán personalidades diferentes, el mayor rechazará los mandatos de su abuela en un principio parece que por sentir cierto rencor hacia la anciana por no haber podido atender a su madre, si bien más adelante descubriremos que ese rencor estará más que justificado por las acciones de su familiar. En cambio el menor mantendrá una posición sumisa y de obediencia, calmando su falta de amor con la presencia de un perrito que le dará el cariño no engendrado por su entorno. Sin embargo la estratagema de la abuela tendrá que salvar un obstáculo casi infranqueable cuando los dos niños caen enfermos y por tanto serán incapaces de acudir a su cita diaria con el vertedero para obtener el alimento del cerdo.

Tres historias bien diferentes entre sí que avanzarán en paralelo pero sin tocarse. Tres cuentos plagados de realidad cotidiana y amargura, pero también tiznados con cierta simpatía y encanto por un Lombardi en estado de gracia. Unas historias engendradas de lo más profundo de la cultura popular peruana, pues la historia de la abuela, sus nietos y el cerdo se basa en una adaptación muy libre del legendario cuento peruano escrito por Julio Ramón Ribeyro Los gallinazos sin plumas, lectura de obligado cumplimiento en los colegios del Perú. Con estos simples y humildes mimbres, Francisco Lombardi construyó una obra maestra, una película que toca el corazón con naturalidad sin apostar por elementos sensibleros, sino dejando que la tragedia fluya por un cauce limpio que tocará el melodrama, el romanticismo, el dibujo social, la comedia y hasta ciertas moléculas del cine de terror para formar un todo impoluto y completo de genialidad y buen hacer detrás de la cámara.

En este sentido la película despunta como una fábula intimista que no hace alarde en ningún momento de su espléndido acabado. Me encanta la apuesta de Lombardi de articular su obra a través de tres historias tan diferentes pero a la vez tan iguales. Todas ellas inyectadas de esa tomografía que reproduce las enfermedades y dolencias de una sociedad peruana devastada por la crisis y sin esperanzas de encontrar una solución a sus crueles tragedias. Puesto que Caídos del cielo se eleva como una tragedia griega narrada con la ironía y sabiduría de esos ancestros incas torturados por su destino y mala ventura. Una película en la que no encontraremos movimientos de cámara vanguardista e innovadores, ni trucos cinematográficos que buscan llamar la atención. Aquí el cine retorna a sus orígenes, a los de la ilusión de quienes estaban detrás de un proyecto que siempre permitía salvar las dificultades de la empresa. O al simple esbozo de la realidad adueñada por una cámara convertida en narrador de los sucesos pasados, presentes y futuros.

Porque la naturalidad y espontaneidad serán los principales ingredientes empleados por Lombardi para enamorarnos con su Caídos del cielo. Una pieza que bajo su apariencia humilde encierra numerosos enigmas que el ser humano ha intentado sin éxito resolver desde el principio de los tiempos. Como los misterios del destino y su fatalidad, como la brutalidad, avaricia y crueldad que impera en la condición humana, como la ausencia de un método que asegure que el ser humano será bueno y bondadoso independientemente del ambiente en el que se desarrolle su existencia, como los secretos del amor que conllevan al nacimiento del desamor y la tortura para esos seres solitarios que han renunciado a su felicidad como máscara para poder respirar en un mundo asfixiante e inhóspito con quienes presentan ciertas taras no aceptadas por la mayoría. O la mentira y sus múltiples esferas que deforman la perspectiva social. Pues la película muestra con mucha inteligencia como cuando todo está perdido solo nos queda la mentira y su falsedad como único refugio. Ese refugio moldeado por Humberto y su radio que emite sondas de esperanza y optimismo en un ámbito apoderado por el desaliento y la angustia. Un refugio que será demolido cuando Humberto más lo necesita, en el instante en el que parece haber encontrado ese amor que se le resistía, el de esa desconocida sin nombre etiquetada con el seudónimo de Verónica a la que las palabras bonitas y optimistas no consuelan su abismo y tristeza.

Caídos del cielo es una obra maestra. Una cinta inolvidable que encierra un mensaje tan arrebatador como desgarrado, pero rodada con un tono y estilo para nada demoledor, sino natural y en cierto sentido simpático, no haciendo ascos a perfumar con ese fino humor peruano repleto de sarcasmo los paisajes por donde discurre la adversidad y el drama. Un producto de su época que describe el ambiente del Perú de finales de los ochenta, con esos ricos venidos a menos que han tenido que prostituir sus tierras para poder seguir aparentando su posición social, con esos parias de clase media escondidos en viejas casonas de barrios destrozados por el desempleo, la pobreza y el infortunio o con esos pobres de solemnidad que se han desprendido de su humanidad con el único propósito de intentar sobrevivir ante la falta de ayuda comunitaria. En definitiva un relato en donde las víctimas se han convertido en verdugos de sí mismas, quizás como le ocurrió a ese inocente Perú que creyó que con su recién instaurada democracia nada podía ir peor y que por tanto jugó sus cartas sin saber que detrás de cada acción había un interés y una circunstancia. Puesto que en este mundo egoísta y mezquino, todo tiene un precio.