Brooklyn (John Crowley)

Nos encontramos en los años 50, época en la que Estados Unidos había confirmado su posición predominante en el mundo occidental, convirtiéndose en una nación propicia para acoger a un gran número de personas que buscaban una vida mejor. Una de ellas es Eilis Lacey, que decide tomar la arriesgada decisión de emigrar a América desde su Irlanda natal. La joven Eilis no tenía una mala vida en la isla, pero su trabajo era bastante pobre, sus amistades se contaban con los dedos de una mano y, por encima de todo, sus expectativas de futuro eran nulas. En América, al menos, tiene garantizado de antemano un trabajo en una tienda lujosa.

Brooklyn describe esta primera etapa en la vida de Eilis fuera de la tierra que la observó crecer. John Crowley, responsable de las alabadas Intermission y Boy A, es quien se pone detrás de las cámaras en una adaptación de la novela original de Colm Toibin que guioniza el popular escritor Nick Hornby, que también ha cosechado buenos méritos en el cine; recordemos la gran An Education, desde la que se pueden trazar pequeños paralelismos con la cinta que aquí nos ocupa.

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Sin embargo, Brooklyn no es en absoluto una película ambiciosa. Se trata de la clásica obra íntima, que habla de pequeños personajes frente a situaciones de la vida cotidiana (trabajo, amor, amistad, muerte…), sin mayores metas que la de pretender que el espectador consiga empatizar con todo ello. Para alcanzar este objetivo, Crowley pone toda la carne en el asador de Saoirse Ronan, un verdadero talento que a sus 21 años ya cuenta con una filmografía más que interesante, aun sin haber alcanzado ese culmen interpretativo que diferencia a una actriz buena de una grandiosa. Aquí tampoco ofrece una actuación legendaria, pero a través de sus gestos y de la tremenda honestidad que desprenden sus diálogos logra llevar la película a un nivel superior al que seguramente habría alcanzado de no estar ella implicada.

La obra de Crowley es inocente, pero no remilgada. El cineasta sabe alternar toques de comedia en diversas escenas (notable Julia Walters, consiguiendo sacar una sonrisa en cada intervención) con un más predominante tono dramático cuya fuerza realmente viene dada por situaciones ajenas al teórico núcleo central del film —el romance entre Eilis y Tony, quizá algo artificial– y que adquiere una mayor relevancia al trasladarse la cinta a Irlanda. En este sentido, el aspecto visual que luce Brooklyn ayuda bastante a engrandecer la obra, ya que la combinación de una bonita fotografía y la acertada ambientación permite separar claramente ambos contextos, aspecto sin duda clave a la hora de valorar el dilema personal que afronta la joven protagonista. Un aspecto no tan conseguido es el de la banda sonora, cuya utilización en las escenas clave de la película resulta excesiva y entorpece en parte esa atmósfera cercana que el cineasta pretende elaborar.

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Es cierto que Brooklyn es un tipo de película varias veces vista, pero no por ello se la puede calificar de mala, fallida o intrascendente. Al contrario, Crowley ha conseguido elaborar una cinta que cumple sobriamente con la misión que se había marcado de antemano. Es sencillo creerse casi todo lo que se ve en pantalla por la naturalidad narrativa que atesora el cineasta. Salvo la ya comentada excepción del romance central de la cinta, no se dan situaciones empalagosas que requieran de la bondad del espectador para ignorar su palpable superficialidad, situaciones estas muy propias del telefilme con el que algunos han querido comparar a Brooklyn, que en realidad está más cerca —salvando las distancias cualitativas— de los dramas de época de Ivory que de cualquier producto de digestión rápida.

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