BlacKkKlansman (Spike Lee)

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A comienzos de la década de los setenta del pasado siglo Ron Stallworth —el primer policía afroamericano del departamento en Colorado Springs, en Colorado (Estados Unidos)— logró infiltrarse en la sección local del Ku Klux Klan tras llamar por teléfono y responder a un anuncio en un periódico en el que se buscaba miembros para la organización. Usando la ayuda de un compañero policía blanco que se hacía pasar por él consiguió acceder a las reuniones y las actividades del Klan en la ciudad. Una historia tan surrealista que parece sacada de la ficción de no saberse extraída directamente de la realidad. A partir de la novela autobiográfica publicada en 2014 bajo el título Black Klansman, Spike Lee coproduce y dirige su adaptación cinematográfica en BlacKkKlansman, tomándose licencias artísticas como la ambientación unos años más tarde, manipulando algunos hechos e inventándose otros para darle un mayor desarrollo dramático y, sobre todo, aportando una visión satírica al relato que conecta directamente con la realidad social del país en la actualidad y las últimas pruebas de un preocupante renacimiento del supremacismo blanco bajo el paraguas de la nueva extrema derecha (alt-right).

El contexto histórico es fundamental para un Spike Lee que se esfuerza en dejar clara la situación de los afroamericanos en la época en la que transcurre todo. Tan sólo unos pocos años han pasado del fin de la segregación racial o de la posibilidad de que haya matrimonios interraciales. Los Panteras Negras poseen núcleos de actividad importante en algunas de las principales ciudades del país y son considerados por el director del FBI J. Edgar Hoover como la mayor amenaza para la seguridad interna. El racismo institucional se ha derrotado legalmente pero el cotidiano es algo omnipresente entre los ciudadanos o los miembros de la fuerzas de seguridad con los que Stallworth comparte trabajo y oficinas. De aquí se planta la ironía que contagia gran parte de la película en las interacciones e intercambios entre el protagonista y sus colegas del departamento. Algunos de ellos se muestran abusando de su autoridad para acosar, encarcelar y maltratar arbitrariamente a afroamericanos en su jurisdicción. Una ironía agria en muchas ocasiones, que captura esa frustración ante la imposibilidad de cambio real más allá de lo estético.

La premisa de la que parte la trama es el punto de partida para un retrato patético, ridículo, anacrónico y despiadado de los supremacistas blancos, ciudadanos decentes y honrados aparentemente, y su ideología irracional, su odio que surge de la ignorancia y el sentido de fracaso personal o el miedo ante el cambio de una nación cuyo concepto creen que debe ser imperturbable. El proceso de infiltración en la organización es todo un viaje para conocer el sentido de importancia adquirido por esos autoproclamados guerreros defensores de la América blanca y los valores tradicionales. El director no evita siempre que puede apuntar guiños al espectador sobre la actualidad a partir de las situaciones que se encuentran o las charlas entre el protagonista y su aliado judío. Risas amargas que apuntalan un discurso sin ambigüedades —como si hubiera espacio para los matices ante algo así—. Todo en realidad se dispone a modo de metacomentario sobre el origen del odio racial y la tensión existente hoy en día en una sociedad que no ha superado ni mucho menos las desigualdades de la opresión de la comunidad a la que Spike Lee pertenece.

Porque aunque contenga momentos auténticamente descacharrantes, situaciones absurdas usando el racismo como catalizador cómico y gags delirantes, la intención dramática y política se hace evidente ya desde el comienzo. Durante un discurso de una importante figura de lucha por los derechos civiles en la que trata de inspirar a los asistentes hablando de la guerra inevitable contra el hombre blanco por la supervivencia, la cámara aísla los rostros en primer plano de quienes le escuchan, resaltando la importancia de la lucha colectiva para la transformación de la realidad. A la vez su protagonista es un ejemplo de que la lucha colectiva contra el sistema tiene que ser complementada con el cambio desde dentro de las mismas instituciones que lo hacen prevalecer. Diálogos con doble sentido y tremendamente ácidos se alternan con otros mucho más obvios que en ocasiones verbalizan y destruyen el subtexto de escenas que podrían ser más sutiles si es que la sutileza le importarse algo al director. Su estilo de hecho encaja perfectamente con lo satírico por la propia exageración que lleva inherente al uso que hace de la cámara, la estrambótica historia y su desarrollo a través de la propuesta escénica. Se trata de un film profundamente narrativo en el que todos los elementos están al servicio del mensaje que se quiere introducir en sus imágenes, eliminando así cualquier posibilidad de reinterpretación o equívoco sobre su texto pero al mismo tiempo dándole a sus ideas una resonancia y urgencia acorde a la situación que trata de denunciar.

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