Belmonte (Federico Veiroj)

A través de relatos de historias personales grises, el cine uruguayo ha ido adquiriendo características singulares que las materializa en curiosas propuestas fílmicas independientes, que incursionan en la esfera psicológica. Belmonte, del director Federico Veiroj, va por este andarivel.

La película retrata el pasar de los días del pintor Belmonte quien se ha acostumbrado a reflejar con su pincel la expresión del cuerpo humano, sobre todo la del hombre. Su única preocupación es pasar más tiempo con su hija, quien vive con su ex-esposa. El artista transita por un camino solitario y es incapaz de conservar buenas relaciones con su padre, ex-mujer, amantes y amigos.

Veiroj nos presenta a un personaje atrapado en sus pensamientos que se basan, fundamentalmente, en su frustración de ser un papá normal. Es un ser que demuestra incomodidad al estar con otra persona que no sea su hija. Prefiere mantenerse encerrado en su mundo que intentar hacer algo diferente. Su auto-recriminación e inseguridad es muy grande para emprender una nueva forma de vida.

Belmonte es una película que se adentra en el estado de ánimo que se ha adueñado de una persona y de cómo este repercute en el comportamiento social. Muestra, tal cual análisis psíquico, que cuando el desaliento se ha enraizado en la mente difícilmente podrá alterarse ante cualquier estímulo externo, por más que este provenga de las propias aspiraciones de quien lo siente.

De este modo, se torna relativa la satisfacción que el pintor experimenta al lograr estar más tiempo con su hija o el emprender nuevos retos de su oficio. Es incapaz de olvidar su rutinaria meditación sobre sí mismo, sin poder identificar qué es lo que le falta. Es como si se resignara a que su convivir con el mundo cumpla el requisito de estatismo y soledad. La construcción de la secuencia final del filme puede resultar metafórica sobre esta concepción espiritual.

Además de la personalidad de Belmonte, la película subraya las connotaciones de la relación que el pintor mantiene con su primogénita, quien también va asumiendo la inseguridad en su vida al creer que será desplazada en el afecto de su madre cuando dé a luz al bebé que espera, fruto de su nueva relación. Esto derivará en que la niña no quiera separarse de ella y, por ende, afectará al deseo de su padre de que permanezca en su casa, ahondando más la crisis interna en él.

El actor Gonzalo Delgado está correcto para el papel protagónico que desempeña. Su rostro malhumorado y su facha son eficaces para la configuración de un personaje descuidado e insociable que deambula en sus actividades diarias sin saber qué desea alcanzar o en qué brújula guiarse.

Como algo curioso, es posible destacar la aparente compaginación que el director Federico Veiroj realiza entre la técnica de filmación y el contexto esencial de la cinta. El recurso del encuadre estático de la cámara es utilizado en gran parte de la película. Una de las interpretaciones que podría asumirse es que existe la pretensión de representar también en los límites de la imagen la rigidez del mundo de Belmonte: una especie de callejón sin salida, en donde cualquier posibilidad de escape es solo una ilusión ya que siempre se volverá a su rutina existencial.

Belmonte bien puede ubicarse en ese conjunto de filmes que destacan a personajes incomprendidos por la sociedad y viceversa.



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