Adiós a Matiora – Farewell (Elem Klimov)

Adiós a Matiora no es solamente la mayor obra maestra cinematográfica del cineasta ucraniano Elem Klimov (si el director de la archiconocida y aclamada Masacre: ven y mira, la que quizás sea la película soviética más vista y agasajada en occidente incluso por delante de las arcaicas obras de cine mudo de Eisenstein o de esos documentales tan experimentales como patrióticos realizados por Dziga Vertov), sino que fundamentalmente nos encontramos ante una película única en su especie, puesto que este monumento del séptimo arte soviético encierra un aspecto íntimamente personal que aún hoy produce cierto escalofrío. Y es que Adiós a Matiora fue la carta de amor fúnebre y depresiva que redactó un Elem Klimov sumido en el más profundo desaliento y abatimiento, como último homenaje y recuerdo a su esposa fallecida cinco años antes, la imprescindible maestra del nuevo cine soviético Larisa Shepitko tras un fatal y desgraciado accidente de tráfico acontecido justo en el momento en el que la autora ucraniana se disponía a adaptar para el cine la novela corta de título homónimo escrita por uno de los literatos que mejor supieron trasladar al papel la esencia y el espíritu del pueblo soviético: Valentin Rasputin.

Adiós a Matiora

Nunca sabremos el resultado que hubiera podido extraer la bella Larisa del fantástico escrito de Rasputin. Sin embargo, creo que el mismo seguramente no distaría apenas del construido por Klimov. Y es que Klimov edificó una obra que perfectamente podría haber llevado el sello de su esposa (no en vano el guión de la cinta fue escrito por la propia Shepitko en colaboración con su cuñado German Klimov), tejida a base de desgarradores planos visuales poseedores de un poderoso poder de hipnosis y fascinación que ayudan a otorgar al film un halo misterioso y decadente cercano a ese cine de terror crepuscular que prefiere ser narrado a través de una galería de encuadres pictóricos al más puro estilo de la vieja tradición artística del este de Europa en lugar de dejar que sean las conversaciones y la dialéctica clásica de contar historias a través de los oídos en sustitución de los ojos los cimientos estructurales de impulso narrativo del film. Todo el ambiente desprendido por la cinta huele hasta la médula al arte propio de Shepitko, un arte que bebía de la filosofía trascendental con ciertos toques de vacío existencial recurrente con las contradicciones sustanciales que imperan en las relaciones humanas, enmarcado pues en una atmósfera apocalíptica donde la muerte subyacía sobre la esperanza, el humor y la felicidad. Todo lo contrario al cine que hizo Elem Klimov hasta que aconteció la muerte de su esposa, puesto que como bien saben aquellos que hayan podido visualizar las primeras obras de Klimov, éstas eran fundamentalmente comedias muy corrosivas en las que siempre había cabida para un toque de esperanza en un futuro de progreso en el que la satisfacción individual convivía sin fricción con la organización social colectivista (a quien no las haya visto, recomiendo encarecidamente visualizar esas dos joyas del cine que son Aventuras de un dentista y sobre todo la magistral y entrañable Bienvenidos o prohibida la entrada a los extraños).

La muerte de Larisa demolió como un terremoto cruel ese toque irónico y pícaro tan habitual del interior de Klimov. Esto es algo que demuestran los tres largometrajes realizados por el director ucraniano tras el acaecimiento de la pérdida del amor de su vida. La muerte y la depravación arrebataron la alegría a Klimov, convirtiéndose así aquéllas en el motor de su existencia, esbozada a partir de entonces con pinturas depresivas y traumáticas que tintaron con negras manchas de desánimo las obras de Klimov. Tanto Agonía como Masacre son obras muy dolorosas que consiguen su objetivo de golpear de lleno en la mente del espectador con imágenes que podrían ser catalogadas en cierto sentido como obscenas y excesivas. Pues este halo desafecto convertido en hastío vital en el que no hay más luz que la emanada por el ocaso más absoluto fue la atmósfera con la que se edificó Adiós a Matiora, apuntalando los paradigmas fundacionales de la obra en un carácter crepuscular elevado a la enésima potencia con respecto a sus compañeras de filmografía.

Adiós a Matiora

Desde el punto de vista argumental, la cinta narra los últimos momentos vividos por los habitantes de Matiora, una apartada isla situada en la Unión Soviética más profunda, la cual va a ser desalojada para inundarla con el fin de construir una central hidroeléctrica alrededor del río que rodea a la isla. Así, bajo las órdenes de un delegado enviado por el Gobierno del Kremlin los habitantes serán enviados a la otra orilla del río, siendo despojados de sus casas y lo más importante de sus recuerdos y su estilo de vida particular. Los gobernantes ni siquiera han tenido a bien considerar el transporte de los ancestros de los habitantes, los cuales yacen inertes bajo la tierra del cementerio de la isla, tras haber amasado con su sudor y lágrimas la productiva y frondosa tierra insular rodeada por misteriosos bosques. El progreso ha llegado y ante esta voraz figura la nostalgia y la historia no tienen posibilidad alguna de sobrevivir. Los juegos y los felices bailes a la luz de la luna se perderán como lágrimas en la lluvia en el mismo momento en el que los habitantes rurales sean absorbidos por la vida moderna y urbana. Klimov fotografía estos primeros compases del film con una belleza paisajísta y etnológica difícil de igualar, retratando de manera cristalina el temperamento y las costumbres de los lugareños con un estilo cercano al neorrealismo de fábrica, rememorando estos primeros instantes del film a películas tan memorables como puedan ser El árbol de los zuecos o la georgiana El árbol de los sueños.

Sin embargo, el regocijo festivo poco a poco se irá sumiendo en una profunda niebla que hará languidecer el carácter efusivo de los habitantes de Matiora. El medio ambiente puro exento de ladrillo y lujosas urbanizaciones y repleto de árboles de corteza pretérita que tratan de resistir en pie a pesar de las brutales fauces de los motores de las sierras y bulldozers comenzará a ser engullido por la oscuridad que representa el dinero y la destrucción de los usos y costumbres que han regido desde los virginales tiempos del advenimiento de la virtud humanista. El fin de una era es inevitable. Pero ante la tragedia que supone el abandono de los recuerdos y la naturaleza, habrá una serie de habitantes, liderados por las mujeres del lugar y sobre todo por una sabia anciana llamada Daria las cuales tratarán de concienciar a sus vecinos para evitar que sus antepasados sean sumergidos bajo las aguas del olvido. Sin duda serán las mujeres las que darán una última lección de vida a los poderosos dictadores de la muerte y destrucción, entre los cuales se incluyen el propio nieto de la venerable Daria, un joven carente de valores y compromiso totalmente hipnotizado por el veneno del progreso así como el vástago de la anciana, un hombre manipulable e inconsciente de las devastadoras consecuencias que la aniquilación de las tradiciones más ancestrales acarreará en el futuro, un porvenir que se avecinará desolador por el triunfo obtenido por las ocultas fuerzas de la ambición pecuniaria.

Adiós a Matiora

Sin duda un hecho cautivador y magnético del film de Klimov es el retrato apocalíptico y tenebroso con el que el cineasta ucraniano reviste el ropaje intelectual y visual del film, halo filosofal que convierte a la isla de Matiora en una especie de paraíso perdido sito en una dimensión metafísica y religiosa trazado con la sabiduría de un demiurgo omnisciente con objeto de resguardar en la memoria inconsciente del espectador ese lugar que existió en un pasado no muy lejano y que por el maléfico efecto del paso del tiempo y la modernidad acabará siendo borrado de la faz de la visión perceptible. Klimov exalta así las virtudes de ese mundo rural ajeno a las prisas y al poder político, es decir, ese cosmos desprovisto de móviles y otras herramientas innecesarias del mundo moderno que por influencia espontánea se han convertido en el principal medio de alienación y esclavitud del ser humano, glorificando pues un hermoso poema en favor de la sencillez y de las pequeñas cosas de la vida como principal atributo para alcanzar la verdad y la esencia del ser humano.

Como se desprende de este pequeño resumen de la espina dorsal del film, Adiós a Matiora es una obra muy compleja, rodada al amparo de una armadura visual que sustenta la estructura germinal de la narración. Su estilo reposado, medioambiental, tradicionalista y tedioso sirve para construir una obra rocosa y profundamente introspectiva, autografiando una oda a la muerte y asimismo a la desaparición de una forma de vida. Klimov rueda un asesinato en directo con testigos presenciales y damnificados inocentes, a los cuales convertirá en los auténticos héroes de la misma. Las caras curtidas por el sol y el campo de los campesinos, exentas de maquillajes y ropajes lujosos, constituirán un monumento erigido en homenaje al pueblo en su más amplia concepción. Uno de los aspectos más fascinantes del film es sin duda la habilidad de Klimov en oscurecer paulatinamente y de manera casi imperceptible para el espectador la luz que domina el film. Así la luminosidad cromática de las primeras escenas (que recuerda mucho a los cuadros de los maestros paisajistas rusos) tenderá a adoptar un tono mucho más tenebroso emparentado con el cine fantástico conforme avanza el metraje de la película y por tanto se adivina la pronta ejecución de Matiora. Una atmósfera pintada con un aura mágica y afligida que representa esa medicina en contra de la depresión que Klimov tomó en pequeñas dosis que es Adiós a Matiora y que adoptará la forma de una pesadilla terrorífica gracias a unos últimos compases en los que la fotografía del cineasta ucraniano no esconde su rabia ante la visualización de la muerte. Una muerte, la de Larisa, que se mimetiza con la de Matiora, puesto que Larisa murió por Matiora y Klimov dejó de vivir en el momento en que la luz de su compañera jamás volvió a encenderse. Jamás una depresión fue tan bella como esta Adiós a Matiora.

Adiós a Matiora

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