El cineasta francés de origen rumano Radu Mihaileanu alcanzó renombre internacional con su segundo largometraje, una visión tragicómica del Holocausto en la que un pueblo judío decide armar un plan para escapar de la amenaza nazi mediante un falso tren de deportados. Algunos miembros de la comunidad, seleccionados por su capacidad para hacerse pasar por alemanes, toman el rol de oficiales nazis y se encargan de liderar el avance del tren a través de las líneas enemigas, con la esperanza de llegar a territorio soviético y, de ahí, avanzar hasta tierras palestinas.
Narrada en un estilo que generó en su momento muchas comparaciones con la contemporánea La vida es bella de Roberto Benigni, El tren de la vida es una película que, siendo consciente de la gravedad de lo que cuenta, se deja llevar sin remordimiento por el humor y la ligereza, retratando una variedad de personajes estereotípicos muy divertidos y descargando el peso de la situación constantemente. En particular, el inicio de la cinta, con todo el desarrollo del plan hasta ponerlo en marcha, es abierta y plenamente cómico, y la historia parece abrazar el ridículo y la locura del plan —no en vano es propuesto por Schlomo, el “loco” del pueblo— con entusiasmo.
Sin embargo, a medida que avanza el viaje, queda claro que esta euforia es aparente y que, en un camino cada vez más difícil, la gravedad y el horror no son ajenos. El propio Schlomo y Mordechai, designado como el oficial jefe que deberá fingir frente a los verdaderos nazis para que dejen pasar el tren en cada parada, se convierten en los ojos y oídos de una barbarie que el resto de pasajeros solo intuye, y la manera en la que la película refleja esta disonancia es, en mi opinión, magistral, sin abandonar el tono ligero que caracteriza a toda la cinta y dando espacio en sus grietas a una solemnidad sutil pero muy efectiva.
La película de Mihaileanu es una fantasía realizada, tal vez no para evadir la realidad, pero sí como una suerte de mecanismo de supervivencia frente a algo espantoso. Es interesante contrastar sus intenciones con el pasado familiar del director y la conexión directa con el Holocausto —su padre escapó de un campo de concentración—, revelando siempre una consciencia del alcance de esta ficción como representación y como una forma más o menos eficaz de sanar el trauma. Lo es, particularmente, como intento que está destinado a fracasar, tanto en la narrativa del propio filme como en su correspondencia con la realidad, como fantasía escapista y como en la necesidad, cada vez más constante en la cinta, de recordar que fuera de ese tren los nazis torturan, matan y siembran el horror frente a un pueblo indefenso.
Asimismo, las raíces judías familiares de Mihaileanu se dejan ver en la visión tan marcadamente alegre y celebratoria de la cultura de sus orígenes, tan dispuesta a la ridiculización y al estereotipo como a detenerse en el respeto sacramental a sus costumbres y ritos. A medida que avanza el metraje, esta fuerte identidad judía revela una intención de extender y compartir la tragedia que me parece especialmente notable en comparación con la manera en que se han tratado con frecuencia los crímenes de guerra nazis en el cine. En un momento de la película, los personajes se encuentran y hermanan con una comunidad de gitanos que han seguido una estrategia parecida para escapar de la represión nazi, y, aunque de manera bastante más burlona, también hay hueco en la cinta para la resistencia marxista. Con las diferencias entre pueblos, culturas e ideologías, el mensaje de la cinta aboga de manera muy clara por un hermanamiento final frente al recuerdo traumático del Holocausto.
Con todo lo interesante y comparativamente admirable de la cinta y de su perspectiva sobre el Holocausto también hay, por supuesto, aspectos a criticar tanto en el tono como en el mensaje. Es complicado elaborar una tragicomedia sobre un tema tan grave sin dejar pasar una cierta trivialización, o una contradicción necesaria pero no siempre bien resuelta entre la ligereza de la fantasía y el golpe de realidad; en ese sentido, no me parece que las escenas en las que los personajes tienen que interactuar con nazis de verdad sean todo lo tensas que tal vez pretendían ser, y me hallo algo dividido respecto del final. Por otro lado, la retórica sionista impera en una forma amable pero no menos controvertida, con el trauma como excusa o motivación para el recorrido histórico que ha derivado en la ocupación colonial de un territorio designado como la Tierra Prometida. Hablar abiertamente del refugio en Palestina como el lugar prometido por la tradición judía implica, incluso desde la óptica menos beligerante, adoptar marcos retóricos que se traducen en una visión colonialista. Con todo, hay un leve cuestionamiento de esto en uno de los diálogos de la cinta, en el que los personajes discuten sobre el concepto y si puede asignarse a un territorio real y unívoco; algo es algo, incluso si esta no es la película para ello. Por último, creo que, incluso desde una perspectiva que no pretende excluir, el retrato del comunismo, de su organización y de su integridad ideológica en un contexto en el que ellos también fueron víctimas y perseguidos por los nazis es singularmente malévolo en una película por otro lado tan consciente del carácter universal del trauma.
Al fin y al cabo, Mihaileanu no puede abstraerse de su propia identidad, su pasado y su relación tanto con el evento que narra como con, por ejemplo, los acontecimientos que ha vivido él personalmente, para lo bueno y para lo malo. Sus matices personales enriquecen la visión de la cinta, pero también la limitan a un relato y a unas coordenadas ideológicas sujetos a debate y crítica, y que se reflejan en las decisiones de representación. El tren de la vida no es la película perfecta sobre el Holocausto, porque tal vez eso no exista y sea absurdo exigírselo; pero es una muy buena obra que, desde su punto de vista y con sus propias y discutibles decisiones estilísticas y narrativas, contribuye a mantener viva la memoria colectiva de uno de los episodios más horribles y traumáticos de la historia de la humanidad.










