Lo más impactante de Los niños están bien es reflexionar sobre su título. Partimos de unos instantes cómplices entre una madre y sus dos hijos en un pequeño viaje que va a cambiar la vida de todos ellos. También de su hermana mayor. En apenas unos minutos, con un pequeño clímax de cercanía, lazos rotos nunca reparados y agotamiento vital, mamá desaparece de la pantalla y solo quedan Jeanne, Gaspard y Margaux. Y si lo piensas con un poco de profundidad, ves que Nathan Ambrosioni ha querido reflexionas más con su título que con su película, porque ante la afirmación “los niños están bien” solo queda plantearnos, ¿acaso es posible que dos niños estén bien si su madre les abandona? ¿aunque estén bien, cómo está la hermana que debe solventar este acontecimiento tan apabullante? ¿alguien se va a atrever a preguntar si realmente alguno de ellos está “bien”? Y si lo hacen ¿pueden responder que sí con sinceridad? Y si la reflexión queda pendiente al finalizar el film, en un halo que no decide si es esperanzador o triste, porque sería muy difícil decantarse por un solo sentimiento, algo bien ha debido hacer el director, aunque simplemente sea elegir un título.
Ambrosioni consigue destacar otras virtudes en su película, pues nos muestra el drama con sobriedad y delicadeza. Es cierto que abre demasiados frentes que no consigue profundizar adecuadamente, pero al centrarse en un lapso concreto de tiempo, parece incluso adecuado que todo quede colgando de un hilo. Demasiadas responsabilidades pero nunca demasiado drama. La cámara arropa los acontecimientos a dos alturas. Se fija en Jeanne, una siempre maravillosa Camille Cottin que encuentra el desamparo legal y sentimental cuando la carga recae sobre ella sin tener la oportunidad de comprender lo que ha ocurrido; también se fija en los niños, Gaspard y Margaux, que se sujetan mutuamente y deben seguir sin tener la capacidad de comprender lo que ha ocurrido. Para todos la obligación es una novedad, y deben adaptar sus ritmos a un nuevo camino impuesto pero necesario ante el silencio y el misterio materno.
Los niños están bien no intenta edulcorar una nueva vida en compañía para una mujer obsesionada con el trabajo que nunca deseó ser madre, tampoco convierte en un amargo trance para los niños adaptarse a un nuevo hogar con una mujer que casi les resulta desconocida. Ambrosioni ofrece muchas salidas y apoyos puntuales para que todo funcione dentro del caos y las partes lleguen a un entendimiento, sin olvidar en ningún momento ese hito inalcanzable en el que se convierte la ausencia de una madre. Es válido encontrar todos los pasos que acoge el duelo para cada uno de los personajes, y mientras se construye una vida juntos, aunque nazca de la obligación, se deconstruye el drama de la soledad que encoge el corazón de los protagonistas por momentos. El abandono es colectivo y difícil de sobrellevar, algo que se muestra en pequeñas dosis, con cierta complicidad y en cierto modo subrayado sutilmente con la música, para que nos pese pero no nos asfixie.
Y así pasan los meses y la intimidad se transforma en cercanía, repitiendo algunos esquemas visuales (esa escena del baño que comparten tanto Suzanne como Jeanne en diferentes momentos del film donde el desenfoque y la humedad valida el sentirse sobrepasadas) para responder a la angustia vital de estas mujeres capaces de apoyarse en silencio y entendiendo, a su manera, la necesidad de sobrevivir. Pero de la película lo que me queda es un título, porque nadie puede estar bien aunque fluya con naturalidad. Pese a todo este es un drama sencillo, asumible y que sabe mantener el tono sin sorpresas ni desencantos, firme en su historia y delicado en su forma de abordar los sentimientos, apoyándose en unos actores dispuestos a entregarse a estos pequeños pero sólidos personajes.









