Para su primera película detrás de cámaras, el actor Jaime Lorente dirige una adaptación del libro homónimo de Salvador S. Molina, con quién cooescribe el guion. La película se divide en dos mitades. En la primera se muestra la infancia de Rubén, un niño que vive en un pueblo rural y que mantiene un contacto cada vez menor y más intermitente con sus padres biológicos. La madre, sin tiempo para cuidar al niño sola, decide relegar esa tarea a la abuela del crío, que lo cuida como si de su propio hijo se tratara. El padre es un nómada con drogodependencia, que aparece esporádicamente en el pueblo para visitar a Rubén y desaparece igual de improvisto. La cinta entera gira en torno a la relación entre padre e hijo. Para uno, las escapadas con su padre componen la parte más esencial de las memorias de su infancia. Para el otro, ver a su hijo y, más tarde, reconciliarse con él significa distanciarse de la vía del crimen y la adicción. La segunda mitad se reengancha a la vida de un Rubén de veinte años, con una cola de deudas y problemas económicos legados de su infancia, que le ponen en problemas con su tío, un macarra metido en toda serie de negocios ilegales. El regreso de su padre, esta vez sin intención de partir, complica incluso más las cosas.

Desde el título de la película ya se plantea la dinámica paternofilial que atraviesa el relato. Rubén desea distanciarse como persona de todo lo que rodea a su padre y a su vez es incapaz de cortar el fuerte hilo que le ata a él. Directa o indirectamente, la influencia de su padre le ha llevado por senderos similares. Este salto temporal que parte la cinta en dos resulta indigesto por muchos motivos. La división no es solo temporal, la imagen se oscurece para responder a un cambio de mirada, una más adulta y fría, y a un cambio de registro que lleva a la película hacia el terreno del cine violento de mafias. Los conflictos de Rubén siguen siendo parecidos, pero la manera de abordarlos toma una forma muy distinta. La elipsis confunde sobre todo por darse en un punto de la historia inicial en la que parece que la trama empieza a tomar carrerilla.
Sin embargo, el giro drástico hacia un cine más de género le sienta mejor al estilo cinematográfico de Jaime, que ya no se ve forzado a esconder, bajo capas de forzado intimismo, sus pretensiones de espectáculo, que anteriormente canalizó mediante secuencias de raves en el desierto y panorámicas de seguimiento de coches o bicicletas acompañadas de música ‹drone›, todo muy a lo Sirāt. Laxe, que a posterior intentó blanquear su interés por las carreras a lo Mad Max para vender su producto como cine “serio” y vanguardista, por lo menos no engaño a su propia película, que hasta que no le escuchó hablar no se planteaba ningún dilema de identidad. Jaime también siente mayor comodidad filmando cine de género y se nota más justamente cuando la película parece avergonzada de admitirlo.

Pese a que en la segunda mitad estilo y narrativa logran una mayor armonía, el diálogo e interpretaciones siguen mareados por el cambio. Desde el inicio los personajes se comunican mediante frases que parecen un intermedio entre la improvisación y el texto memorizado. Las conversaciones supuestamente espontáneas suenan artificiales, con fragmentos intercalados e inconexos que pretenden naturalizar el diálogo pero solo sirven para evidenciar el artificio. Los actores son incapaces de integrar el costumbrismo de forma orgánica, dejando conversaciones incómodas entre personajes supuestamente cercanos. Si los momentos ordinarios resultan artificiales, es fácil imaginar las sensaciones que generan escenas claramente pensadas para sonsacar lágrimas al espectador. La película deja momentos dialogados realmente desafortunados y torpes. La alusión a Nietzsche todavía me tiene perplejo.
A los actores este cambio repentino de registro les pilla a contrapié y su interpretación no cumple con las necesidades de ninguna de las dos partes, a excepción de Hugo Arbues que tiene el privilegio de aparecer solo en la segunda mitad para interpretar a Rubén adulto y se libra del ‹jet lag›. La consecuencia de esta migraña generalizada son una serie de relaciones entre personajes que resultan forzadas y extrañas. La que más afecta a la trama central es la de Rubén con su abuela que a partir de la mitad de la cinta gana una corporalidad extrañamente incómoda.

El salto de Jaime Lorente a la dirección deja un sabor de boca más bien agrio. Se nota la pasión y con la que el murciano se dedicó al proyecto, la ilusión y la emoción son palpables, pero el resultado encuentra una correspondencia a esa entrega solamente en el tratado fotográfico de la imagen. El trabajo de Elías M. Félix y su equipo es bueno por varios motivos, pero Jaime debe agradecerles el ser capaces de inyectarle a la cinta una vida que no se encuentra en ningún otro apartado de la obra. Sin la luz y profundidad que aporta la imagen incluso la propia emoción de Jaime sería difícil de percibir.






