El evangelio según Nic
Puede parecer injusto —de hecho, lo es— reducir el impacto fílmico real a la presencia en el reparto de Nicolas Cage. Pero también hay que ser realista al respecto: da igual el argumento ante el que nos encontremos, la diferencia entre el desinterés y el ‹hype› viene marcada por la presencia del actor. Dicho de otro modo, el planteamiento de The Carpenter’s Son podría ser suficientemente interesante por lo original y sensible del tema. Sin embargo, lo que marca la diferencia es el ‹fandom› alrededor de Cage. Su sola presencia no invita, sino que “obliga” a su visionado.
Esto, que puede parecer incluso negativo, en realidad no deja de ser un hecho, un “facto”, que dirían los jóvenes. Al fin y al cabo, resulta cuando menos paradójico que se ensalce lo autoral en la dirección y, sin embargo, parezca un capricho de fan acudir en masa por la presencia de un actor. Lo que sí resulta de todo ello es una cierta dificultad a la hora de analizar la película sin tener en cuenta la presencia magnética de Nic, más si cabe cuando interpreta un papel tan goloso como el de padre (humano) de Jesucristo.
El eslabón perdido de la adolescencia bíblica
¿Cubre entonces The Carpenter’s Son las expectativas? La respuesta más honesta es casi. Y eso es así porque nos encontramos ante una propuesta que, desde una cierta modestia presupuestaria, busca un terror desde ángulos más bien parcos en lo explícito y más desde un cierto debate filosófico. En sí, estamos ante el intento de rellenar un hueco bíblico sobre el que siempre ha habido dudas: ¿qué pasó durante la adolescencia de Jesucristo? Lo fácil hubiera sido seguir una cierta continuidad bíblica: un chico bueno destinado a redimir a la humanidad mientras aprende cuál es su naturaleza haciendo el bien. Algo así como el primer X-Men de la historia.
Lo bueno del film de Lotfy Nathan es que no opta por esa premisa fácil. Sí, explora las dudas del joven Jesús. Sí, lo confronta con el mal y le tienta con el poder del maligno. Sí, tiene que hacer frente a un contexto social e histórico convulso y a un padre que parece más inclinado a rechazarlo que a aceptar su procedencia divina. Es un film de Jesús contra todo y contra todos; o sea, una película más bien tétrica que explora la soledad y la incomprensión. Pero no solo del protagonista. Y esto es, sin duda, lo mejor de la película: hacer un retrato de los fundadores de algo universal como el cristianismo como islas humanas luchando entre ellos y contra ellos mismos.
Un amago constante que se queda a medias
Pero más allá de esto, el resultado es fallido. La película se siente inconexa, derivativa. No solo en su desarrollo, sino en sus intenciones y conclusiones. Es como un amago constante, un tiro la piedra y escondo la mano. Con ello, el tono y la puesta en escena se sienten austeros y hasta cierto punto amenazantes, pero no lo suficientemente aterradores como el género presuntamente prometía.
Si bien es cierto que el film genera impacto, especialmente en su final, no va más allá de una buena idea no del todo bien desarrollada. Algo que no salva ni un Nicolas Cage correcto en su histrionismo, pero no decisivo ni para bien ni para mal. Una oportunidad, sin duda, desaprovechada.









