A Joko le gusta el ‹jogo›
Después de ver una película como Ghost in the Cell, uno puede llegar a varias conclusiones. Pero antes de desgranarlas, lo fundamental es hablar del hombre responsable de lo que hemos visto: Joko Anwar. Uno no sabe si esto es producto de un loco o de un genio, aunque probablemente sea una mezcla, por desgracia no suficientemente balanceada, de ambas cosas. En cualquier caso, esta es una película que pone por bandera ser juguetona. Una propuesta arriesgada en cada uno de sus aspectos que tiene como principal virtud (y puede que como defecto) el hecho de ser prácticamente un producto interactivo, pidiendo la colaboración de la audiencia para entrar en el juego.

Un festival de ‹performance› y gore carcelario
Lo bueno es que, si entras, es un auténtico festival. Lo malo es que es tan extrema en su mezcla genérica que puede espantar (y no de terror) a más de uno. Y con razón. Y es que Anwar parte de una premisa ciertamente atractiva: un espíritu del mal proyectándose a través de la violencia, escogiendo lo peor de cada casa en una prisión indonesia y ejecutando a cada una de sus víctimas con una mezcla de deseo artístico —como performances de arte moderno— y lujuria sangrienta en un despliegue de gore sin filtros.
Que a Anwar le va el terror, el folclore indonesio y lo extremo no es ninguna novedad. Pero aquí decide arriesgar. No solo nos muestra los tropos que uno podría esperar de su filmografía, sino que lo adereza con una suerte de comedia negra que se desplaza a lugares totalmente inesperados. Desde combates cuerpo a cuerpo vistos como coreografías pacifistas, hasta un mundo de auras cambiantes que solo se pueden combatir intentando ser lo mejor persona posible. Una combinación que en un entorno presidiario mugriento resulta inimaginable a priori y, por ende, chocante una vez plasmada en pantalla.

Riesgo contra eficacia: el problema del tono
Y hasta aquí el planteamiento. Porque lo cierto es que el plan preparado por Anwar es ejecutado sin paliativos. Quiere chocar y jugar con las expectativas de la audiencia. ¿El problema? Que no siempre funciona. Hay que distinguir entre riesgo y eficacia, entre la propuesta chocante y su óptimo desarrollo en pantalla. Más si cabe cuando el film entero pivota prácticamente sobre ello.
Posiblemente, el motivo de que el conjunto se sienta descompensado es que el tono no está suficientemente asentado. Uno duda de si es una comedia de terror o un film de terror extremo con notas intergenéricas a pie de página. La película es claramente una apuesta por lo que le gusta a Anwar, una especie de ‹folk horror› no tanto psicológico como pasado de rosca. Por eso, esos apuntes de comedia absurda impactan de primera, pero pueden llegar a cansar por el modo abrupto en que son implementados.
Entre la genialidad y la tomadura de pelo
Así pues, Ghost in the Cell queda en un territorio de desconcierto máximo, como si quisiera, tal y como hemos apuntado anteriormente, dejar en manos del público decidir si es una gran película o directamente una tomadura de pelo. En cualquier caso, es de aplaudir que Anwar opte por dejar un poco de lado su sota, caballo y rey cinematográfico y proponga un juego tan irregular como estimulante.







