Jonatan Etzler… a examen

La pregunta se formula sola, cómo un director que ha desarrollado su trabajo en Suecia termina arropando un guion de afilado humor inglés para su primer largometraje. Pero Jonatan Etzler parecía tener las ideas claras a la hora de afrontar esa fina línea entre lo que se concibe como moralmente correcto y el desastre que puede ocasionar llevar esas reglas a la práctica.

Así nos preparamos para el siempre descortés pero divertido híbrido entre el thriller y la comedia en Bad Apples (recién aterrizada en cines) porque Etzler tuvo la idea de realizar un cortometraje sobre profesores y alumnos que no parecen disfrutar de una misma sintonía en Get Ready With Me, y aunque el sentido común sería desmenuzar este primer trabajo, el director sueco tiene un cortometraje que aunque obvie en cierto modo la existencia de los niños y adolescentes, sí considera esa fricción entre lo que está bien y lo que está mal con un humor de lo más fresco. Se trata del cortometraje El nadador (Baraden en su título original), donde se insinúa la inspiración en hechos reales y el absurdo nos abraza letalmente.

Con un único escenario, nos encontramos en una piscina pública donde, sin más información, una pareja de policías se acercan a un hombre para preguntarle por el coche que ha aparcado en las inmediaciones. Cuando le proponen que les acompañe a comisaría, el hombre salta dentro de la piscina y comienza, de nuevo, una tonta y resolutiva situación que mezcla el thriller con la comicidad sin grandes alardes pero con muy buenos resultados.

En una situación donde no hay escapatoria, Etzler crea una barrera física entre el futuro detenido y el cuerpo policial a través de una simple piscina. Ellos no pueden entrar y el sospechoso se niega a salir, creando una situación estancada y frívola que solo puede solucionarse a través del desgaste. No hay grandes diálogos ni peligrosas persecuciones, el tiempo es el único que importa en este embrollo. El tedio y el absurdo son básicos para que funcione la larga espera, con improvisados intentos de avanzar, y donde las motivaciones de este encarcelamiento autoimpuesto (frío, húmedo y agotador) son apenas insinuadas por extractos de una radio ajena a este emplazamiento. La clave está en los detalles, no necesita desarrollar la personalidad de sus tres protagonistas siempre y cuando sepa interrumpir la desidia con algún personaje que aparece momentáneamente para romper el ciclo, sin darnos pie a pensar en el porqué de una situación tan inverosímil cuando podemos disfrutar de su desarrollo.

Es importante tener las ideas claras a la hora de abordar una  historia así, que funciona tan bien en un formato corto, donde importa tanto la composición de sus imágenes, propias de una tarde estival en una piscina iluminada y radiante de color, comprometida por la presencia de dos cuerpos uniformados, claramente ajenos al entorno, que van perdiendo las formas que representan sus uniformes, ya no por mostrarse hostiles, sino aburridos de la dinámica “sal del agua / no quiero”. El resultado es divertido y extravagante, rozando lo irracional y ganando enteros por tomar las decisiones que se van improvisando sobre la marcha, incluido un final alentador y tangencial que rompe los esquemas de agua estancada que prometía en todo momento. Jonatan Etzler sabe lleva al límite el sentido común y dilapidarlo por encima de las convenciones sociales, haciendo suya la comedia de un modo muy personal y es algo que se agradece a estas alturas, poder reírnos de los límites a los que llegamos por defender lo imposible.

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