
El nombre de Erige Sehiri saltaba a la palestra con su debut en el terreno de la ficción, una Entre las higueras en la que todavía se atisbaban trazos de su pasado como documentalista: aquello que la cineasta tunecina ponía sobre el tapete no era sino un vívido mosaico alrededor de un día de trabajo donde el realismo social se fundía con una mirada humana y cálida desde la que radiografiar las realidades de sus personajes. Prometido el cielo, que le valdría su segunda selección en el Festival de Cannes —en esta ocasión concursando en Un certain regard, dejando ya a un lado la Quincena de la crítica—, continúa explorando esas realidades (migratorias) alternas sin desoír unas voces que tan comúnmente encubiertas por discursivas más interesadas en aquello que quieren señalar que en a quién atañe.
Es por ello que resulta de lo más pertinente dirigir la mirada al debut de la cineasta, afincada todavía en 2018 en el terreno del documental, con un segundo largometraje, Railway Men, que exploraba las consecuencias de la degradación de la Compañía Nacional de Ferrocarriles de Túnez. Siguiendo la llamada ‹voie normale› —su título en francés, cuya traducción significa “la ruta normal”—, donde a lo largo de los años se producirían multitud no sólo de incidentes y desperfectos, sino también de muertes; y dando voz a distintos personajes, tanto trabajadores como gente vinculada a la actividad en esos raíles, Sehiri filma una pieza en la que, más allá de los más que elementales visos de denuncia, sobresalen pedazos de vida que trata con naturalidad, alejándolos de cualquier construcción discursiva alrededor de su más que evidente vocación.

Sí, es cierto que Railway Men toma todo tipo de testimonios —aunque Sehiri nunca los trata como tal, y si bien no se aleja del formato entrevista, deja que sus relatos fluyan alrededor del film; como en esa secuencia a las puertas de su conclusión donde una pareja habla, con espontaneidad, sobre su relación—, e incluye personajes como ese conductor que denuncia incesantemente los malos modos y manifiestas fallas de la empresa encargada de los raíles, pero al mismo tiempo entrega el espacio necesario como para que no haya corsés ni patrones establecidos. Desde un rapero que graba sus videoclips en las vías y sus aledaños, a encargados de la supervisión y funcionamiento de las vías que incluso transportan a sus hijos en la cabina de máquinas, otorgan una perspectiva desde la que comprender el contexto más que enjuiciar; desde el que aproximarse a sus gentes con franqueza.
La cámara de la cineasta tunecina es depositada indistintamente en diversidad de escenarios, atañan o no de forma directa a las vías o trenes, logrando captar secuencias que por momentos se consolidan en el retrato de sus gentes antes que centrarse en una denuncia que se pierde pero al mismo tiempo pervive en sus imágenes. Tal como lograba en la posterior Entre las higueras, la realizadora se infiltra con una sutileza fuera de toda duda en el entorno; obviamente, los mecanismos de la ficción se daban cita en su anterior largometraje, aunque siempre conservando esa naturalidad y familiaridad que contienen sus estampas. Aquello que parece sencillo, incluso en una propuesta como Railway Men, lo es precisamente porque la cineasta siempre sabe colocar su cámara por debajo de sus personajes, nunca por encima, y en esa menuda pero valiosa virtud radica el valor de una obra que se permite en su cierre contener aquella lírica que solo el cine sabe recoger cuando la existencia ha rebasado sus propios límites.


Larga vida a la nueva carne.





