
Presentada en la sección paralela Perspecitves del Festival de cine de Berlín de este año, que opta por esas obras audaces y con propuestas emergentes, con miradas genuinas a través de la lente, llega Truly Naked, filme dirigido por Muriel D’Ansembourg que llama la atención de entrada por la temática que aborda. Un acercamiento a la industria pornográfica desde dentro, construido por medio de un núcleo familiar disfuncional que roza por momentos el abuso y que habita en entornos claramente no viables para las personas involucradas. Alec, el protagonista, es el operador de cámara de su padre, Dylan, una estrella del porno que genera de forma independiente y, de la mano de su hijo, la producción de contenido sexual, mientras este, que aún va a la escuela y ni siquiera llega a la mayoría de edad, se dedica a filmar, montar y gestionar el pequeño “negocio” de su padre.
Truly Naked puede parecer arriesgada y fresca por su forma de mostrar la sexualidad, y la poca censura reafirma que la directora no se quería cortar y, al mismo tiempo, buscaba arrojarse al abismo del dilema con determinación. El problema es que, por interesante que sea el cuerpo del relato, la ejecución no parece en ningún momento ponerse de acuerdo sobre qué elementos quiere proyectar y a cuáles quiere dar voz en la cinta. Cayendo así en subtramas genéricas y predecibles que terminan enterrando el detonante principal de la película, que es el de las causales y cómo enfrentarnos a la pornografía como negocio, necesidad o simple consecuencia del credo de una sociedad patriarcal, la propuesta termina envolviéndose en su propia capa de superficialidad y personajes planos, que sirven más como chiste que como herramienta para hacer un análisis mordaz.

Aunque visualmente cumple y, a ratos, podemos ver destellos de ideas de puesta en escena interesantes, todo se desmorona con un guion sin rumbo, diálogos que no tienen sentido o una construcción de personajes vacía y ridícula, como ese intento de discurso feminista, que ni es feminista ni se le da la suficiente importancia para que el filme lo tome como punto de quiebre y vaya más allá. Y mientras la película hace pobres y constantes intentos por encontrar algo con sustancia, nos arroja entre medias escenas subidas de tono que podrían perfectamente ser el lenguaje de la cinta, pero solamente ejercen como valor de ‹shock› para el espectador.
Nuevamente, es de recibo reconocer la audacia que por momentos quiere dejar entrever la película, pero su penosa ejecución y sus personajes planos no dan pie a que el conjunto general de Truly Naked funcione. Su ambigüedad narrativa, más allá de ser insuficiente, llega hasta a ser incómoda y molesta. Y la dirección contribuye a que todo el rato estemos descolocados sobre cuál es el tono que quiere establecer. La realidad es que parece que, incluso en estas instancias, Truly Naked no sabe ni de qué lado está ni cuál es su punto de vista. Son simples y vagas ideas sobre lo que la industria pornográfica es y genera, sin llevar a ningún lado, incluso cuando apaga la cámara y nos invita a reflexionar.







