Un mismo nombre, un mismo coche, dos personalidades que juntas están condenadas a generar chispas. Carlos Saiz arremete con su debut con la naturalidad que ofrece lo real cuando se sabe manipular apropiadamente. Lionel se olvida en algún momento del estado continuo de ‹voyeurismo› para pasar a la pleitesía, porque observar de cerca a la familia Corral se vuelve tan hipnótico por la agradecida mirada del director hacia estas personas.
La ficción está siempre dispuesta a inspirarse en lo cotidiano y Saiz crea a través de Lionel (hijo) una necesidad personal creada en el tiempo que consiste en desmenuzar su figura y compartirla con el mundo. Hay un guion y unas pautas a seguir, pero cada reacción y conversación que percibimos en pantalla es más humana que cualquier sentido relato que alguien pueda inventar. El formato para dar a conocer a los Corral es una ‹road movie›, porque un cubículo con ruedas es el lugar ideal para desprenderse del ruido de fondo y enfrentar al compañero de viaje. Son muchos los ejemplos en los que una larga marcha cambian el rumbo de los personajes, siempre con un toque de crecimiento y decadencia que ofrece, al final del camino, una desnudez absoluta y Lionel consigue ese efecto sin apenas forzar su búsqueda.
El Lionel más joven no ha encontrado su lugar, lo busca en la ley del mínimo esfuerzo mientras observa al Lionel mayor, que también es su padre, con cierta condescendencia. Aunque el Lionel joven parece dispuesto a convertirse en el objeto de uno de esos despertares en la adultez tardío, pronto el padre entra cual elefante en una cacharrería para captar la atención y lo hace de un modo orgánico, como quien ladra pero no muerde, con esa seguridad que da el pensar que las cosas son así y punto. Este desequilibro de personalidades tiene un único objetivo, celebrar un cumpleaños en Marsella o morir en el intento.
Lionel es fácil, pero está llena de matices. En un escenario en constante movimiento, hay una lucha constante entre la ficción y la realidad que inunda nuestro interés, cuando las personas son algo más que personajes encorsetados. Dentro del riesgo de confiar en encontrar un equilibro, la cámara figura como un tercer (en ocasiones cuarto) miembro de la familia en el que apoyarse para empaparse de tanta energía. La naturaleza del film es arrolladora y enérgica, y encuentra una vía de normalidad al incorporar a la hermana/hija entre dos masculinidades tan comprometidas con su tiempo. Es toda una aventura intentar que no sea una constante afectación conocer una familia con tantos dramas, rencores y preguntas nunca formuladas que van tomando forma a pinceladas dentro de ese coche. Hay soltura en ellos pero la contención inequívoca de quien no conoce la forma de hablar de sentimientos se transforma en algo fascinante a la hora de abarcar el temperamento de dos hombres y un destino que parece anecdótico, dándole un sentido mucho más pesado a sus vidas.
Tres personajes imperfectos y desenfadados que conectan más allá de lo pactado porque hay unos lazos casi invisibles que les unen. La genética tiene esas cosas, por muy explosivas que sean sus personalidades —más por sus diferencias a la hora de ver el mundo que por rabiosas—, pueden encontrar el modo de convivir aunque nunca hayan compartido un espacio tan reducido como hasta este momento.
Mientras el Lionel hijo arremete con esa necesidad de expresarse, el padre abre su mente a los recuerdos y es brutal la forma en que, aunque sea por unos minutos, realmente ambos puedan ir en una misma dirección, surgiendo la emotividad de un modo distinto, irracional y cómplice con el que es imposible no conectar. Lionel es la película que uno necesita para reconciliarse con el universo, para escapar de lo encorsetado, de lo predecible a través de una verdad que no nos incumbe pero estamos encantados de percibir desde tan cerca. Un fascinante viaje a la emancipación del amor propio que de vez en cuando hay que practicar.









