Entrevista a Nuria Ibáñez Castañeda, directora de El guardián

Hablamos con la directora Nuria Ibáñez Castañeda sobre El guardián, su primer largometraje de ficción, que llega a salas en España tras su paso por el Festival de Málaga y ser premiada en el Festival de Cine de Morelia.

Sara Gancedo: El guardián tiene su origen en Basilio Moncada, la persona real aquí convertida en personaje, que conoces durante tu documental Una corriente salvaje. Después de una trayectoria dedicada al cine de no ficción, ¿por qué acercarte a tu protagonista desde la ficción? ¿Cómo se produce ese salto?

Nuria Ibáñez Castañeda: Yo estudié guion en México y mi acercamiento al cine siempre había estado vinculado al guion. Y, paradójicamente, cuando empecé a hacer películas, fueron documentales donde no escribí una línea. La mayoría son películas de cine directo, de elegir un lugar, quedarme y filmar, y la escritura venía ya en el montaje. Entonces, sí que escribí series y tal, pero en mis propias películas no había escrito nada.

Después de haber hecho Una corriente salvaje, con el tiempo, me acordé mucho de algo que no está en el documental, que son las conversaciones de Basilio con el patrón. Y me vino una imagen que yo no había filmado: Basilio se había quedado sin camioneta y no tenía manera de llegar al pueblo, y lo acompañábamos cada tercer día porque tenía que llamar al patrón. Me acordé de esos momentos y los vi como la ecuación más sencilla para hablar de uno de los temas que más me interesan de México, que es la diferencia de clases. Esa conversación, un plano en el que están un patrón y un empleado, a uno lo vemos y al otro no. Me pareció muy interesante pensar la diferencia de clases desde una situación en la que tenemos que imaginar a ese patrón. Ese fue el origen, y ya en ese momento Basilio no estaba en la playa, había regresado a Nayarit. Así que dije, voy a escribir esto, ahora sí.

S.G.: Es muy interesante en toda la película el juego con ese fuera de campo, con lo que no vemos, como comentas. Está efectivamente el patrón, pero también toda la familia de Basilio; y muchos momentos de la trama, como la detención de un pescador. ¿Puedes hablar más sobre esta decisión? ¿Por qué dejar todos estos elementos fuera de la imagen?

N.I.C.: Para empezar, porque el punto de vista está en Basilio. Y por ejemplo Basilio no asiste a ese momento de la detención, pero me encanta que lo cuente la mujer, ¿no? Ella narra el momento en el que llega la policía y el hijo tuvo que ver cómo se lo llevan, y es algo que no ves pero se te graba en la cabeza, igual que le pasa a Basilio. Así que tiene que ver con esa decisión de ser fiel al punto de vista, aunque también hay un gusto personal por el fuera de campo. Por ejemplo, en mi segundo documental, El cuarto desnudo, que filmé en un hospital psiquiátrico infantil de Ciudad de México, la cámara está siempre puesta en los niños. En consulta siempre hay tres personas: el doctor o doctora, el padre o madre y el niño o niña. Y puse la cámara en los niños y todo lo demás queda fuera. Esa película es lo que es por esa decisión formal. La forma es fondo y consigue lo que consigue gracias a que estoy con los niños.

El fuera de campo siempre está en mis películas, aunque no todo el tiempo ni de manera tan radical. Y cuando eliges un punto de vista, lo puedes traicionar, y también me gusta cuando se traiciona; pero me interesa mucho lo que pasa sin que tú lo veas, y que cuando te lo cuentan te das cuenta de su volumen. Mientras tú estás en tu playa, están pasando cosas que son consecuencias de tus actos, que tú has desencadenado.

S.G.: Ese punto de vista radical de Basilio en la película funciona en gran parte por la interpretación de Basilio Moncada. Lo acompañamos en todos los planos de la película y hay un trabajo elaborado con la línea de pensamiento, con el subtexto… ¿Cómo abordaste un trabajo de tanto peso con un actor no profesional?

N.I.C.: Era toda la apuesta de la película, aunque fue una decisión difícil. Yo no me imaginaba a nadie más, y había escrito muchas secuencias que tienen que ver con su vida con su voz en la cabeza, como la historia de la carta equivocada o la muerte de su hija. Pero Basilio es alcohólico desde los 20 años, y cuando fui a hablar con él para proponerle «oye, he escrito un guion, me encantaría que lo hicieras tú», lo encontré ahogado. Y surgió la preocupación por cómo llevar adelante un rodaje, una ficción con todo, un equipo, unas semanas fijas, un compromiso. Le dimos muchísimas vueltas desde la producción pensando qué tanto es viable y qué no. Pero yo no me imaginaba a nadie más. Así que lo volamos desde Nayarit a Ciudad de México para hacer un taller con una ‹coach›, para ver cómo funcionaría él fuera de su pueblo y con un compromiso laboral. Llamamos a los otros actores, Gerardo Trejoluna y Andrea Lara. Basilio era el único no profesional, hicimos el taller con los tres y funcionó superbien. Y yo ahí ya dije: «no lo veo de otra manera». La fuerza de la película está en Basilio, y sin él yo no le encontraba el sentido.

También me parecía muy bonito, en mi primera ficción, estar acompañada de alguien como Basilio y que fuera para los dos nuestra primera película. Era como un tránsito natural haberlo filmado en un documental y dar el salto los dos juntos a la ficción. Yo tenía mucho miedo y mucho respeto a la dirección de actores, que nunca había hecho, y dije «bueno, no he dirigido a actores pero he dirigido a Basilio». He estado con él, lo he filmado, y me ha fascinado su expresividad, su carisma… Tiene un físico que la cámara devora: hay mucha fascinación con su rostro, su piel, el sudor, la mirada, las arrugas. Por ejemplo, hay un momento donde él pone una valla y hay un plano cerrado de sus manos, y esas manos no las puede tener un actor. Son manos que han puesto muchas vallas, han hecho la recolecta de la fresa y de la manzana en Estados Unidos, han partido leña, han sido manos de albañil y de fontanero. Puedes ver su vida también en su físico.

S.G.: En la película se establece una relación entre esos pequeños gestos de la rutina del trabajo y los paisajes inmensos en los que se desarrolla esta cotidianidad.

N.I.C.: Sí, entre el personaje y el paisaje. En el documental Una corriente salvaje, el paisaje siempre estaba fuera de foco, todo sucede en el primer plano de los personajes. Así que en la ficción quise hablar de ese paisaje bellísimo, sobrecogedor. Cuando Basilio se sube al cerro al atardecer es como un bálsamo al día. Es donde habla con su familia y contempla la belleza, y él concibe ese lugar como un lugar donde su familia va a ir. Ahí sí va a ir a visitarlo, por esa belleza. Pero a la vez es un paisaje con una parte muy hostil, de violencias latentes, de cosas que pasan por debajo de la superficie, como esa comunidad con un ‹statu quo› que él no conoce. De hecho, empieza la película con ese viento que le arranca la gorra: es un paisaje que también da bofetadas.

S.G.: En esa reflexión que hace El guardián sobre el sentido de lugar, llama la atención la figura del turista, tan connotada en la actualidad y que sin embargo aquí tiene muchos matices. Hay una pequeña familia de turistas a los que Basilio atiende, y la frontera de clase con ellos está muy patente; pero también comparten una forma de no pertenencia a la comunidad.

N.I.C.: Sí, exacto, porque la película habla de las diferencias de clase. Pero no solo hacia arriba, de Basilio con su patrón, sino dentro de la propia clase, con su amigo y con el pescador ilegal, sobre el que ejerce su poder al denunciarlo. Y luego con estos turistas, a los que ve como unos privilegiados a los que tiene que servir. Primero se establece esta relación de servicio porque necesita el dinero; pero luego se niega a recogerles la leña, y es el momento en el que a Basilio le cala el enfado y pone un límite. Después se da otra vuelta, porque no es una cuestión de buenos y malos. Le invitan a comer, y para Basilio parecen ser los únicos en esta playa que le ofrecen un lugar donde sentarse. Y finalmente, cuando ellos se van, vuelve a aparecer esa diferencia de clases. El turista dice que se van a Los Ángeles con esa liviandad, mientras que para Basilio tiene un peso tremendo, y por eso le pregunta: «¿por qué no me llevas en tu cajuela?» Esa petición suya, medio inocente, que no sabes bien si es de broma o no, refleja un deseo: “llévame”.

S.G.: Hay otro diálogo central en la película, que es la conversación de Basilio con su amigo Jesús (Gerardo Trejoluna) en la que conocemos la historia del protagonista. Descubrimos que está en Baja California porque fue deportado de Estados Unidos, y esto resignifica el personaje y lo sitúa en un contexto político, aunque la película esté rodada antes de la reelección de Trump.

N.I.C.: Claro, es que la deportación está muy ligada a México, siempre ha sido un tema que lo ha atravesado. Conozco a tanta gente que ha migrado y ha sido deportada… De hecho, yo quería filmar algo al respecto y había hecho una investigación sobre los albergues de Tijuana. Es un tema que siempre me había interesado. Basilio Moncada nunca fue deportado, pero sí que vivió en EEUU y tuvo una reyerta y un juicio, y luego se regresó con su mujer e hijos después de toda una vida fuera. Así que hay algo de eso en el personaje, que, como él, nunca aprendió inglés e hizo todo tipo de trabajos, pero a pesar de todo tiene esos años como su etapa dorada.

También había un interés por contar algo que a mí también me había pasado al conocerle, que es que enseguida tienes prejuicios. Ante esta relación con un patrón que no le paga, te parece que este señor es un sumiso, que hay que ayudarle y decirle qué tiene que hacer. En la película eso se corresponde con toda la primera parte, donde el espectador puede crearse sus propias ideas preconcebidas sobre quién es Basilio. Pero, como dices tú, esa conversación le da la vuelta y lo resignifica. Las cosas no son tan sencillas y entiendes que no es tan fácil irse de ahí, que no es una cuestión de sumisión sino de necesidad. Después de haber sido de sido deportado, que te den un trabajo es oro, y te da una identidad. Le di muchas vueltas a esa escena, eran siete páginas de guion y la filmé en plano secuencia, aunque luego la tuve que cortar. Esa conversación es el corazón de la película.

S.G.: Para terminar, una pregunta desde la redacción de Cine Maldito. ¿Hay alguna película maldita o fuera del radar que te haya inspirado o quieras recomendar?

Es muy conocido, pero el cine de Nuri Bilge Ceylan. En todas sus películas hay un dilema moral, un reflejo de la comunidad en todos sus estratos… Sobre todo Sueño de invierno (Winter Sleep), donde hay una relación entre el arriba y el abajo pero desde una disección muy fina de los matices de la diferencia de clases. Se toma su tiempo y hay una dramaturgia realmente atinada, de pequeñas cosas que se vuelven importantísimas para los personajes y de conflictos en lugares muy acotados. También hay una relación entre un paisaje espectacular y los que lo habitan…

Después, todas las películas de Frederick Wiseman me parecen increíbles. Como en El guardián, son películas que tienen que ver con elegir un espacio, que Wiseman captura en tiempo real. Captura el momento. Ah, y hay una de las películas de Bergman que es de las más desconocidas: Pasión, que está en Filmin. Están ahí todos sus temas, para mí es su mejor película y no entiendo cómo ha pasado desapercibida.

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