Aunque entre las mil cosas que nos mueve ver una película no suele ser su producción el mayor aliciente, al acabar Luger no pude evitar pensar: “¿se convertirá Raúl Cerezo en el Larry Fessenden patrio?”. La posibilidad está ahí, solo hay que pensar todas esas pequeñas películas de géneros que no son tan fáciles de poner en primera fila en las que participa Cerezo, y no lo vamos a ocultar, se dijo en voz alta antes de elegir la película “tenemos que verla, es de Cerezo”. Un nuevo sello de calidad desde Viejos.

Volvamos a Luger, una película dirigida por Bruno Martín que mira de cerca el thriller, la acción y las ‹buddy movies›, algo que dominan los americanos pero que no olvida adaptar el espacio y el lenguaje para que encontremos la proximidad más absoluta.
Luger sabe mantener el ritmo dentro de un laberinto disfrazado de polígono industrial en el extrarradio de Madrid donde dos tipos con mala estrella (y aquí aparece el guiño al cine negro) son contratados para recuperar un coche. A partir de aquí todo se transforma en una espiral de complicaciones y violencia muy bien hilada teniendo en cuenta que la pistola de da nombre a la película se convierte en un hito que puede liar el argumento más que los preciados objetos que perseguía Indiana Jones.
El carisma que desprenden sus protagonistas, interpretados por David Sainz y Mario Mayo, permite desarrollar un trasfondo que convierte en un acto necesario el volver sobre sus pasos las veces que sea necesario para seguir adelante juntos. Funciona como un clásico en el que el dúo mantiene con sus diálogos gran parte del peso de la acción, del mismo modo que de una forma física sabe equilibrar la realidad y la exageración, dar y recibir, para seguir esa línea en la que el perdedor es el protagonista. Ayuda a todo esto que sobre el guion las ideas queden claras desde el principio, y lo hace jugando sus propias cartas, donde los protagonistas van descubriendo hasta qué punto están en un callejón sin salida al mismo tiempo que el espectador, sintiendo esa empatía fatídica por ellos.

Lo bueno es que el universo de colegas sobreviviendo se extiende a través de este escenario repetitivo y sucio. Todos los personajes con los que se cruzan tienen un desarrollo que los convierte en puntos clave para mantener la tensión, mientras sus intercambios dialécticos juegan con la sorna y la mala leche, convirtiendo el film en un divertido trueque en el que los golpes no solo se dan con los puños (y se dan unos cuantos). El presupuesto ajustado no es aquí un problema cuando se consigue solventar con ingenio, puesto que la película recicla continuamente la tensión y no necesita condicionar un dúo de tipos duros a un arma de coleccionista con demasiados intereses de por medio.
Puede que hacia el final quede la sensación de apoyarse en exceso en la redención de personajes, tal vez no debería ser tan explicativa, pero son detalles que no pesan en una película con un ritmo excepcional afincado en un lenguaje muy patrio que no tiene nada que envidiar a ningún Guy Ritchie reformulando al bandido dispuesto a sobrevivir a cualquier incertidumbre.







