
Bajo el liderazgo de una soberbia Léa Drucker —trabajo cuyo desempeño la llevó hasta alzar la estatuilla del César—, la nueva película de Dóminik Moll, Caso 137 (2025), configura otro interesante thriller burocrático sobre los caminos sin salida de un sistema diseñado desde su corrupción. En una concatenación de rostros y entrevistas, la sospecha que sugiere el director de títulos como Harry, un amigo que os quiere (2000) o Solo las bestias (2019) vuelve a reivindicarse mediante una observación más amplia sobre el paisaje terrible de la inoperancia policial y las distintas formas de opresión, desentrañando una trama que se retuerce a través de una estimulante y lograda superposición de puntos de vista enfrentados.
Basada en hechos reales y con el telón de fondo de la protesta de los chalecos amarillos —señalando, al igual que en su anterior trabajo, fecha y hora—, la acción se desarrolla sirviéndose del caso de un chico cuya madre denuncia una brutal agresión sufrida durante dichos altercados. Stéphanie (Drucker), responsable de asuntos internos, será la encargada de llevar a cabo la investigación de lo ocurrido, construyendo el relato desde la amplitud de versiones colindantes al mismo. A su vez, la ética profesional de su labor será cuestionada por sus compañeros de profesión que, ante la evidencia de su imagen perjudicada, creen sentirse impunes para actuar a sus anchas. Este dilema se verá acentuado desde la postura de su ex-marido (Stanislas Merhar), también policía, que en sus contadas apariciones, pone en duda la validez del cometido de la que fuera su pareja.

A pesar de evidenciar su postura política, la película pierde impacto cuando abandona el caso para interrogarse a sí misma desde otras ópticas, tal vez menos sugerentes si tenemos en cuenta la frontalidad y el rigor con el que aborda su compromiso central. En este intento por justificarse desde otras aristas, la aparición de un gato perdido y su respectiva independencia al margen de la gravedad de todo —elemento presente en el trabajo pasado de Moll—, servirá para apoyar un carácter más antropológico y existencial; de un modo similar al efecto que generaban esas montañas que rodeaban la tragedia de Grenoble en La noche del 12 (2022), su anterior título. Sin embargo, esta mirada —con plena convicción autoral— sugiere, también, un acercamiento distinto al presumible, rizando el rizo de la evidente denuncia contra la incorregible violencia policial y su completa impunidad.
Sin llegar a las cuotas maestras de Saint Omer. El pueblo contra Laurence Coly (2022) de Alice Diop —uno de los filmes más desafiantes de los últimos años—, lo cierto es que la deslumbrante presencia de su coprotagonista, Guslagie Malanda, fortalece el interés de la historia considerablemente. Desde la aterrorizada impasibilidad de su rostro contenido, su valiosísimo testigo será clave para la posibilidad de una resolución. Esto es expuesto mediante la secuencia más brillante de la película, cuando Stéphanie considera seguirla sin ser descubierta, en un toma y daca construido por miradas cruzadas y elementos de intersección que elevan el valor de su encuentro anhelado, en un preciso trabajo de puesta en escena que se presenta desde una partitura formal eminentemente ‹hitchcockiana›.

Sin apostar por una respuesta clara, Caso 137 constata la necesidad de exponer la injusticia como un anexo a la voluntad del control y la barbarie ejercida por las fuerzas del estado. En unos términos precisos y frontales —dispuestos para agradar al gran público—, la nueva propuesta de Dóminik Moll vuelve a afilar los esquemas de un cine policiaco que se erige esencialmente desde su deconstrucción, deshaciendo el molde para apuntar contra quien toca, por más que estos, desgraciadamente, se sigan saliendo con la suya.






