Atlas of the Universe (Paul Negoescu)

Con todas las vueltas que ha dado Filip, el niño protagonista de 10 años de la película que nos ocupa, tengo derecho a salirme un momento del camino. Si una piensa en el combo niños-zapatos-dinero, no puede evitar pensar en el cine iraní de los noventa y en dos películas que juntas sirven como un manto de flores sobre el que puede caminar Paul Negoescu sin miedo a hacerse daño. En 1995 Panahi celebra la primavera con peces dorados y una encantadora niña que se mete en la aventura de su vida intentando comprar uno en El globo blanco. Dos años después, Majid Majidi hace lo propio con un hermano y una hermana compartiendo zapatos para que sus padres no se enteren de la pérdida de uno de los pares en Niños del paraíso. Ambas comparten entusiasmo y aventuras a partir de mínimos recursos en una sociedad precaria con la gracia de acercar el universo a la altura de sus protagonistas, creando dos películas encantadoras, algo ajenas a los problemas de los adultos, donde cualquier leve acción es celebrada con entusiasmo. Viendo Atlas of the Universe no he podido evitar recordar esos viajes costumbristas que crean fantasía con lo mínimo. Es cierto que no congenia con su fotografía, con su capacidad de dramatizar, incluso hay algo más de fantasía en lo mundano en esta nueva película, pero necesitaba recordarlas a viva voz.

Paul Negoescu también sabe sacar partido a la dramedia, también es necesario recordar la que lio en Dos billetes de lotería con tres hombres y una retahíla de golpes de mala suerte en cadena, así que los antecedentes existen para el rumano. En esta ocasión, como decía, es Filip el que se encuentra frente a un día que se podría considerar trivial hasta que por sí mismo decide convertirse en único. El niño, aficionado al fútbol, tiene unas zapatillas hechas polvo y necesita unas nuevas para comenzar el curso escolar, así que su madre decide darle el dinero (a él y no a su padre) para que se compre unas nuevas en la ciudad. Fácil y directo, la misión de Filip ya ha comenzado. Nos presentan a un Filip decidido y ansioso por conseguir sus zapatillas nuevas (tienen un valor más allá de la novedad, tienen un significado de premio, de encuentros futuros, de héroes de infancia como son su hermano ausente y Mbappé) y a un padre no tan decidido a llevar una vida en regla. Las paradas en el camino no hacen más que dilatar el objetivo —las zapatillas— y marcan el momento en que Filip debe tomar las riendas de su propia vida, así que en un caprichoso cruce la historia divide a sus protagonistas dejando solo al niño de camino a la gran ciudad. Negoescu nos ha paseado hasta entonces por caminos de piedra y arboledas donde solo transitan bicicletas en un día agradable y soleado, un lugar sin aparente peligro ni fantasmas en el que una, de nuevo, piensa que por qué no iba a ir solo por ahí un niño para comprarse las necesitadas zapatillas —mentira, me parece un disparate, pero el ‹show› debe continuar—.

Es ese preciso momento en el que Filip se queda solo cuando la película toma un cariz más aventurero que entrañable, pues es fácil adaptarse a una historia blanca y sin trampas, donde la cámara se va a situar a la altura de quien se ha ganado el protagonismo. El niño va resolviendo los pequeños problemas que encuentra en el camino, es consciente de cuándo debe rechazar a extraños y cuándo debe pedir ayuda, y tiene capacidad para tomar decisiones (equivocadas o no) que le lleven a conseguir aquello que su madre le pidió; pero sobre todo lo que consigue es ese hermanamiento con otros niños, confirmando un lenguaje propio y confiado que convierten una serie de errores subsanables en toda una hazaña infantil. Del día hiperactivo nos trasladamos a la noche, donde sí hay fantasmas, para recapitular los miedos propios de una historia mucho más compleja encerrada en el contexto —recordemos que lo importante son las zapatillas— que solo suma a la película. Además, se puede apreciar la valentía de Negoescu a la hora de recapitular este día interminable, donde no son tan importantes las consecuencias como los objetivos, al menos es lo que se espera de un niño, ese gratificante momento en el que para él hay un recorrido cumplido y para nosotros, desde nuestra mirada adulta, un montón de recuerdos desentramados cuando Atlas of the Universe apela directamente al disfrute de las cosas más pequeñas. Podría parecer que el director dialoga con los más pequeños pero, ¿no está dándonos codazos para inspirarnos una sonrisa?

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