La alternativa | Brigada criminal (Ignacio F. Iquino)

El año 1950 fue muy importante para el cine de género español. Fue la base del lanzamiento del denominado cine policíaco español (o cine negro, como se quiera etiquetarlo), pues dentro del mismo se germinaron dos cintas inmaculadas: Apartado de Correos 1001 y Brigada criminal.

Mientras que la cinta de Julio Salvador es rotundamente aclamada, con todo merecimiento, por crítica y público, la de Ignacio F. Iquino no es tan apreciada, siendo uno de los procedimentales más rotundos, secos y oscuros de la historia del cine español. Quizás la deriva canallesca y pícara que emprendió en años posteriores el pionero Iquino, así como su adscripción a ese cine patriótico de posguerra (suya es El tambor del Bruch) hayan sido las causas principales de su aparente destierro frente a la magnífica prima hermana barcelonesa.

Brigada criminal es por méritos propios una de las películas más importantes del cine policíaco español por varios motivos. El primero, por ese retrato del Madrid de posguerra tan preciso y documental, casi emparentado con el cine neorrealista italiano, que nos permite observar un Madrid ya perdido y totalmente inexistente, con sus edificios en construcción, sus arrabales, su centro magníficamente conservado, sus locales canallas (ese Casablanca ubicado en la Plaza del Rey que era un templo donde destapar la cara oculta prohibida por el régimen) y su folclore patrio de gente venida de todos los rincones de la geografía ibérica.

Segundo por su magnífica agilidad narrativa, con un Iquino mutado en uno de esos artesanos de la serie B estadounidense, que nada tiene que envidiar a Anthonny Mann, Henry Hathaway o Jules Dassin (con esa voz en ‹off› que ayuda a narrar el avance de la investigación policíaca, algo que emparenta a la cinta española, junto por su apuesta por retratar la vida de la gran ciudad, con una cinta como La ciudad desnuda).

Tercero, y ya comentado, por sus tomas callejeras donde actores y transeúntes se confunden en planos cenitales improvisando escenas cotidianas que impregnan de un realismo hipnótico a la cinta. Iquino innovó empleando picados, contrapicados, planos holandeses, tomas cenitales callejeras y un juego de luces y sombras que nunca antes de habían visto en las películas filmadas en nuestro país, abrazando las vanguardias más radicales presentes en los mejores productos de género negro nacidos en los estudios estadounidenses, franceses e italianos.

Y finalmente, por su crudeza y crueldad, algo que parecía imposible que pudiese pasar por el filtro de la censura de un régimen al que seguramente no le gustaría que en pantalla apareciese esa trastienda criminal que aparentemente era inexistente en un país a priori ordenado y no apto para la presencia de criminales y hampones. A superar esa barrera seguramente servirían algunas concesiones regaladas por Iquino, como esos créditos iniciales que homenajean a los cuerpos policiales españoles con agasajos, además de articular un guion donde se festeja la firmeza y honor del cuerpo policial español frente a la bajeza moral de los criminales objeto de persecución por los agentes de seguridad, y también por la presencia de ciertos tics prorrégimen como alguna que otra fotografía del dictador presente en los despachos de los héroes policiales.

La trama es aparentemente sencilla. Seguirá las pasos de un policía recién licenciado llamado Fernando Olmos (José Suárez) apadrinado por un inspector amigo de mayor experiencia llamado Basilio (Manuel Gas). A Fernando se le asignará un primer caso aparentemente sencillo: descubrir al ladrón de coches que ha efectuado un robo en un garaje madrileño. Para ello el agente se infiltrará en el garaje como lavacoches para tratar de descubrir al culpable.

Sin embargo, Fernando será testigo del asalto a un banco perpetrado por una peligrosa banda de atracadores, solicitando a su superior, el inspector Basilio, que le asigne este caso sin éxito.

En medio de la investigación en el garaje, Basilio topará con un individuo de aspecto sombrío llamado Oscar (Alfonso Estela), que parece manejar a su antojo a varios de los empleados del local. Poco a poco, Fernando descubrirá que detrás de Oscar se esconde el jefe de la banda de atracadores que llevó a cabo el golpe del que fue testigo, iniciando, por su cuenta y riesgo, un peligroso juego del gato y el ratón sin permiso de sus superiores.

En ese juego conocerá a la novia de uno de los miembros de la banda, Celia, a la que Oscar ordenará que Fernando liquide por miedo a que la chica los delate a la policía. Este punto servirá de partida a Fernando para convencer al inspector Basilio de que en el garaje se esconden los delincuentes que están siendo buscados por atraco, dando lugar al inicio de un procedimiento tan peligroso como fascinante.

Iquino puso la carne en el asador cocinando un plato sucio, taciturno y bastante crudo, huyendo del ‹glamour› de las películas clase A de Hollywood para abrazar esa tosquedad, agilidad y fiereza presente en la serie B americana. Yendo directo al grano, sin detenerse en disquisiciones ni dando vueltas alrededor del mismo lugar. Encaminándose siempre hacia adelante, a veces de forma algo atropellada, pero saliendo siempre victorioso de los diferentes laberintos recorridos. Es cierto que la película no indaga en aspectos sociales ni críticos con el contexto en el que fue rodado. Aquí no hay juicios ni reproches posibles. Tan solo un reflejo del trabajo policial (tiznado con algo de propaganda al mostrarnos un cuerpo policial casi infalible) realizado con los pocos medios disponibles para luchar contra el crimen, siendo el factor humano el principal recurso para atrapar al criminal. No hay una valoración de la causa que llevó a los delincuentes a caer en este sendero, ni sus motivaciones, mostrando al malhechor como una caricatura del mal, un villano de cómic violento y malvado por naturaleza al que hay que simplemente eliminar.

Si evitamos emplear un juicio de valor alrededor del contexto, la película funciona muy bien como thriller policial, con unas pocas (pero muy buenas y realistas) escenas de acción, una investigación muy dinámica, que no se detiene en detalles amorosos ni psicológicos de los personajes, llevada a cabo con carisma y mano diestra por Iquino, y un documento gráfico de la sociedad madrileña de posguerra absolutamente fascinante e hipnótico.

Todo ello convierte Brigada criminal en un clásico básico del cine negro patrio, una obra muy entretenida, que condensa en sus escasos ochenta minutos de metraje una fábula criminal muy bien construida, otorgando el peso de la acción en esos aguerridos policías que luchaban contra un crimen aparentemente inexistente en la España de posguerra, que gracias al aporte de esta, y otras maravillosas películas de cine negro que se producirían posteriormente a lo largo de las décadas de años cincuenta y sesenta del siglo pasado, fueron capaces de mostrar una España diferente y más realista, una España donde el crimen tenía lugar en diferentes ámbitos sociales, tanto micro como macro, y que no era tan idílica como sugería el cine de comedia blanca o el cine histórico patriótico.

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