El canadiense Eric San, más conocido por su nombre artístico, Kid Koala, suma a su polifacética carrera como DJ, músico y novelista gráfico el primero de sus trabajos como director, adaptando una novela gráfica propia sobre Celeste Astridia, una joven que sigue los pasos de su madre fallecida y se convierte en astronauta, y su robot guardián que le ha cuidado desde niña. Ambos se separan por primera vez al asumir Celeste su primera misión de exploración espacial.
Realizada prescindiendo por completo de los diálogos y musicalizada por el propio Kid Koala, con algunas versiones de canciones clásicas, Mi robot favorito recuerda, tanto en esta decisión estilística como en aspectos concretos de su trama, a la española Robot Dreams. Sin embargo, lo que en aquella mostraba una perspectiva más bien dirigida a una audiencia algo más adulta, esta película lo traslada a una fábula infantil, con el propósito de contar algo significativo a ese público acerca de la pérdida, la superación y la maduración personal, representadas tanto en la figura de la madre fallecida de Celeste como en la separación física entre esta y el robot, que sucede en el contexto de un importante paso de madurez para la protagonista.
En síntesis, el mensaje de la cinta habla de la necesidad de dejar soltar para crecer, y de asumirlo como parte de la experiencia vital. Por muy necesaria que sea esta enseñanza, no es particularmente fácil hablar de algo así en una película infantil, y por ello creo que tiene un mérito notable que esta película se atreva a exponer temas tan complejos y emocionalmente cargados, que tienen que ver con el dolor personal y la validación de estos sentimientos, para proporcionar además una hoja de ruta constructiva frente a ellos. El abordaje concreto de Mi robot favorito es, en ese sentido, impecable, sin negar la gravedad de estas emociones ni la dificultad del trance, pero rodeándolo todo de una capa de amabilidad y candidez, subrayada por los trazos suaves de los personajes, en un estilo de dibujo que resulta inmediatamente placentero a la vista y que transmite sencillez al tiempo que se permite una cierta, aunque no marcada, sofisticación estilística.
A nivel narrativo y más allá de su mensaje, la película ofrece una buena mezcla de elementos de aventura espacial y de rutina en una ciudad con tecnología futurista, notándose en ambos referencias muy bien entendidas y una soltura para combinarlos en una trama de perspectivas contrapuestas fuera de toda duda. Sin embargo, y pese a que esto no necesariamente se traduce en una narración irregular, el alcance es relativamente limitado, sintiéndose algo parca en la exploración de su propio mundo, de la forma de entenderlo y de cómo los avances tecnológicos han transformado las relaciones. El marco comparativo constante que surge con películas e historias anteriores no deja muy bien parada en este sentido a la cinta, que, inmersa en ese tono fabulístico y plenamente dedicado al mensaje, ofrece una profundización relativamente escasa en su mundo. Que un espectador adulto acepte estos compromisos, aunque sea en favor de una buena historia y moraleja que maneja los códigos para dirigirse a un público infantil, puede resultar algo complicado, y más si se tienen otros referentes en mente que abordan temas y elementos similares.
Durante todo el metraje, Mi robot favorito representa el desafío clásico en cuanto al alcance de una película claramente infantil para un espectador adulto, que va más allá de su calidad como obra y de su propósito. Hay momentos en los que echo de menos una exploración más a fondo de sus elementos, y la aventura de Celeste en mi opinión termina siendo demasiado simple como para resultar divertida, aunque mantiene el tono simpático. Y, a pesar de todo, finalmente la película me gana y logra transmitirme en su plenitud esa amabilidad y ese gusto por la sencillez expositiva que la caracteriza, arrancando incluso algunos momentos emotivos muy valiosos y transmitiendo su candidez por los cuatro costados. No puedo dejar de señalar que no soy el público objetivo, que su lección moral no tiene nada que enseñarme a estas alturas y que, por supuesto, he visto estos elementos en contextos bastante más ricos en detalles y complejidades; pero, al margen de eso, siempre conforta encontrar una obra infantil que, sin buscarme de manera explícita, me encuentra por sus propios méritos y en su propio lenguaje, para ofrecer una experiencia muy disfrutable y enternecedora.









