La alternativa | La prometida (Franc Roddam)

Frankenstein, la obra de Shelley, y todo lo que la ha rodeado después, han sido de la fascinación de muchos, supongo que ahí estan los ejemplares vendidos y los fenómenos de taquilla para demostrarlo, o la infinidad de iteraciones que esta obra ha suscitado. Yo, por mi parte, nunca he sido demasiado entusiasta. Entre muchos Viktors y criaturas, de vez en cuando aparece un personaje más, una segunda criatura, que parece ser la protagonista de esta La prometida (The Bride, 1985) de Franc Roddam. La segunda creación de Viktor Frankenstein, sugerida en la novela pero nunca llegada a completar, ha recibido un giro del destino cuando se trata de las adaptaciones cinematográficas; ya desde el lejano 1935 la criatura compañera del original monstruo de Frankenstein ha cobrado vida para ser sujeta a penurias, manipulaciones y, sobre todo, tratándose de una compañera femenina, a sentimientos de posesión por parte tanto de su semejante barón como del creador de ambos.

En la versión de Roddam, con guión de Lloyd Fonvielle, parece que ciertos temas de la obra original han sido conservados para ser explorados, o expandidos, con este nuevo personaje añadido al drama, pero el guión, así como Frankenstein, tienen sus pecados en la creación. La historia nos sitúa, de buenas a primeras, en el punto donde separa su camino del de la obra original, con una Eva (Jennifer Beals) cobrando vida en una secuencia inicial fantástica delante del doctor Frankenstein (Sting, nada menos). Su contrapartida, la creación original (Clancy Brown), irrumpe exigiendo derechos sobre Eva pero, tras un enfrentamiento con su creador, huye de la escena. A partir de entonces la película es dos a la vez, una aventura de fantasía bien maja con la criatura encontrándose a Rinaldo (David Rappaport), que es acosado por niños debido a su enanismo y que, tras ser ayudado por la criatura, lo invita a acompañarle en busca de trabajo en el circo; mientras que paralelamente se desarrolla un drama de obsesión de Frankenstein con Eva, que carga con el peso discursivo de la historia.

La obra no me parece malintencionada, hay reflexiones que aunque llevan siendo obvias durante bastante tiempo, al menos van en la dirección de la filosofía de Shelley. Si bien el personaje de Beals adolece de este síndrome de muchos personajes femeninos en historias ideadas por hombres: el de ser un personaje fuerte e independiente pero que, en las escenas climáticas y de mayor tensión, debe ser rescatada por algún hombre que se preste a ello, en este caso peleando con otro varón. Así que hay buenas intenciones, pero el material podría haber sido más interesante y oye, puestos a inventar, por qué no darle un foco serio bajo el que brillar a este personaje nuevo en la historia. Sin embargo, al final tenemos una historia de amor que da muchos rodeos, pero que acaba claudicando al “hecho” de que ambas criaturas están hechas la una para la otra y que, queramos o no, esto va a tener un final feliz con perdices y matrimonio.

Encuentro mucho más valor a la cinta en sus apartados plásticos, que son de gran ingenio muchas veces. Aquí la mejor parte se la lleva la trama del circo, que juega con muchos planos interesantes de ‹blocking›, con la ayuda del formidable Reinaldo ocultando trucos de cámara para ofrecer fantasía práctica de esa que se asemeja a un pequeño truco de cartas. Además, el diseño de escenarios y la dirección de fotografía son excelentes, dando a la cinta una plasticidad que aligera mucho los tramos del guión que no acababan de hacerle el peso a este espectador. Hay inventiva por parte de Roddam y un oficio de saber hacer cosas bien, de realzar secuencias que por texto quizás quedarían algo planas y que hacen diferenciar esta obra de un mar de interpretaciones que acompañan al monstruo de Frankenstein, que a estas alturas son tantas que bien fácil puede ser ahogarse entre ellas.

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