10.000 km. (Carlos Marqués-Marcet)

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La aparición de una cinta como 10.000 km. no es más que el acercamiento lógico del mundo del cine a un tema en el que cada día estamos más inmersos, y es que el mundo 2.0 y las redes sociales forman, queramos o no, parte de una realidad muy vigente. Una realidad que, no obstante, todavía no ha sido explorada con la profundidad necesaria en algunos de sus ámbitos, aunque poco a poco va abriéndose paso y dejando títulos que cobran importancia capital para ir comprendiendo hacia donde nos dirigimos en este universo más inexplorado de lo que pensamos.

Con 10.000 km. está claro que el punto de vista del debutante Carlos Marqués-Marcet no se fragua tanto desde una perspectiva que busque dotar de gran complejidad al tema, y ello no resulta óbice para que su particular exploración en torno a los sentimientos humanos albergue cierta introspección acerca de cómo puede llegar a influir ese mentado 2.0 en los mismos. Es evidente, por un lado, que ese mundo ha terminado por ejercer un particular influjo sobre nuestras relaciones, facilitando la comunicación e incluso trazando vínculos que hace unos años se habrían antojado imposibles, pero a partir de esa premisa las cuestiones resultan inevitables: ¿hasta dónde llegan esos vínculos? ¿son capaces de mantener su efervescencia con el paso del tiempo? ¿hay lugar realmente para algo tan cálido y cercano como un sentimiento en la red? Sin realizar estas preguntas de un modo directo y palpable, Marqués-Marcet sabe que el estado de observación al que somete a sus protagonistas bien puede abarcarlo todo ello sin que haya una necesidad de concretar un discurso patente alrededor del tema.

Lejos de entrar en lo acomodaticio y presentar uno de esos relatos fragmentados en dos espacios que condensan la acción porque, principalmente, son aquellos desde los que se comunican Alex y Sergio, Marqués-Marcet decide abrir el film con una de esas secuencias cuyo diálogo termina resultando mucho más profundo de lo que parece. La conversación (eje central de ese plano secuencia tras una escena de cama) se extiende de este modo, y lo gestual y emocional gana terreno en un marco que no podría estar mejor fijado para sintetizar precisamente todas esas características que terminan llevando el arranque de la obra a un plano distinto, un plano en el que una confesión no es tal, y termina por encontrar la prolongación idónea en un gesto o, simplemente, una mirada.

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Tras un epílogo tan potente, la sensación que puede percibir el espectador es que quizá, al llegar a ese punto donde la red empieza a cobrar protagonismo, 10.000 km. se termine diluyendo. Nada más lejos de la realidad, el cineasta catalán consigue hacernos partícipes de una relación con altibajos, pero que en especial sabe recoger todos esos momentos que precisamente deben conformar un vínculo como el que mantienen Sergio y Alex. Así, Marqués-Marcet sabe trasladarnos con amargura y con ternura a todo tipo de instantes que son, precisamente, los encargados de certificar hacia donde se terminará dirigiendo esa relación.

A todo ese proceso, en el que el debutante emplea todos los recursos disponibles para no ejecutar un film monotemático, que recurra en todos sus pasajes a los mismos medios para mostrar la evolución de ese amorío, se suman las francas y lúcidas interpretaciones de sus únicos personajes, que encuentran en Natalia Tena y David Verdaguer los rostros adecuados para reflejar un periplo en el que todo cabe, y que es interpretado por ambos actores con una convicción tan férrea que solo podría ser rota por una mala decisión de guión, algo que por suerte no existe en 10.000 km. De hecho, se podría decir que en una cinta no precisamente inclinada a apoyarse en su libreto (más bien en sus actores y en la labor del realizador), es donde termina encontrando sus puntos más fuertes, centrados tanto en ese inicio que merece mención aparte y que desde luego supone una apertura tan valiente como concienzuda del material que se tiene entre manos, como en una de esas conclusiones tan agrias como sinceras, que por suerte no contemplan (bajo el punto de vista de un servidor) una ambigüedad innecesaria llegados a un último tramo como ese, y de hecho dibuja el más coherente y doloroso de los finales: pero no ese dolor explícito, casi pornográfico, que más de uno dibujaría en una situación así, sino un dolor soterrado, de esos que se termina clavando, casi sin querer, como uno de los puñales más certeros que el cine español ha arrojado en los últimos años. Chapeau.

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