Verónica (Paco Plaza)

Son mediados del mes de Junio en 1991. Con el verano a punto de comenzar y las clases del colegio por terminar. Verónica, sus dos hermanas pequeñas y el benjamín de la casa, viven en un piso del barrio madrileño de Vallecas. Ana, la madre, trabaja desde la mañana hasta la noche en su bar, mientras la hija mayor se hace cargo de la casa y demás familia. Un día, en el colegio de monjas al que van, Verónica se esconde con dos compañeras cuando el resto de la clase observa un eclipse solar en el patio. Las tres chicas juegan a la ouija para invocar el espíritu del novio muerto de una de ellas y al padre de Verónica. Pero visto el resultado tras el ritual macabro, parece que alguien más ha sido llamado al mundo de los vivos.

Un film de terror puede ser analizado como un ejemplo del género al que pertenece y en el caso de Verónica, cuarto largometraje de Paco Plaza en solitario además de varios telefilmes, series de televisión, las dos primeras partes de [REC] codirigidas con Jaume Balagueró, al igual que OT: la película. Sería tentador incluir este documental sobre el famoso concurso de telerrealidad como otra muestra de temática terrorífica, pero por rigor no debe tratarse como tal. Así que ya sea en cine o televisión, solo o acompañado, la evolución del realizador valenciano ha recorrido el cine con difusión internacional, rodado en idioma inglés, compuesto por repartos extranjeros que ya aparecían en El segundo nombre más Romasanta, la caza de la bestia. En el caso de la saga [REC] la acción y el lenguaje se quedan en un entorno más local, ya sea un edificio barcelonés o en una boda. Esta localización más conocida, sirve también para Verónica, situada en una de las zonas más populares de Madrid, esas calles de Vallecas de hace casi tres décadas. Sin sucumbir a la tentación de la nostalgia ni a la idealización de las épocas de juventud, el cineasta consigue un retrato del año en que se desarrolla la acción que resulta más creíble, incluso, que la representación de películas estrenadas en aquel momento. El cine español mostraba una juventud tratada como entes abstractos, con un toque francés, tal vez atormentados o pijos sin más, personajes que campaban en varias comedias y dramas de Gracia Querejeta, Enrique Urbizu, Emilio Martínez Lázaro, Montxo Armendáriz, Juanma Bajo Ulloa y Julio Medem entre otros autores. La distancia que dan el tiempo más las experiencias vividas, han ayudado a Plaza y a su equipo para conseguir una recreación tan convincente como expresiva de aquella época, a pesar de ligeros fallos insalvables de las localizaciones por algún elemento decorativo contemporáneo. Nimiedades para un film que usa como marco expresionista el año previo a la locura derrochadora en los fastos del 1992.

El director —con Fernando Navarro al guion— maneja los resortes de sustos, temor y gradación climática con vigor, ritmo fluido, atento siempre a un público mayoritariamente juvenil al que debe atemorizar a base de gritos, golpes sonoros y escalofríos. El realizador es consciente de los trucos, de todos los mecanismos empleados para mantener el suspense y acrecentar la tensión, elementos que utiliza con profesionalidad sin desviarse de una trama lineal, una crónica de cuatro días de junio marcados por un suceso extraordinario, ese eclipse que se formula en montaje paralelo al mismo tiempo que las protagonista y sus amigas se reúnen con el tablero de la ouija.

La diferencia está en la colaboración encabezada por Enrique Pérez Lavigne, cuya mano generosa en la producción para este largo entretenido e interesante, ayuda a la buena dirección de Paco Plaza, volcado en un conjunto de segundas lecturas que dan verdadera riqueza a la cinta. Porque el miedo está en lo sobrenatural tanto como en los trayectos de Verónica junto a sus hermanas y hermano pequeño de camino al colegio, atravesando el paso elevado sobre la carretera de circunvalación, aislada sonoramente por los cascos con los que escucha las canciones de Héroes del Silencio, ajena a los piropos de currantes o los viejos verdes que se cruza. Acostumbrada a la presencia de drogadictos treinteañeros sentados en las aceras para compartir una litrona. O a los adultos que esperan a la entrada de las oficinas del INEM. Los muertos vivientes ya estaban entonces en los distritos del extrarradio al igual que en el centro de las grandes ciudades y otras capitales de provincia.

También consigue un acercamiento convincente a esta chica, adulta forzosa en su comportamiento y responsabilidad sobre los pequeños de la casa, pero niña en su evolución física. Ese miedo a cambiar desde la adolescencia. Esas dudas que, por fortuna, el director no reprime en algunos titubeos en los diálogos o en las actuaciones de las amigas y las hermanas que resultan costumbristas. Ese hallazgo con la actriz Sandra Escacena. Ambientalmente, un aliento gótico en los movimientos de cámara por los pasillos que conectan las dos partes de la casa, separadas por un patio interior. Las manifestaciones del espectro por señales sonoras, visuales simples de puertas que se cierran o abren, o esa sombra que amenaza detrás de un cristal esmerilado o bajo el colchón de unas literas. Las panorámicas en contrapicado del bloque de viviendas, encuadrando esa mansión encantada moderna. Los zooms hacia el cuadro de un ciervo perseguido por jabalíes. O esas influencias bien asimiladas de mucho cine anterior, que no se ocultan y además impulsan el desarrollo del film, desde Polanski, el cine español de los setenta, El último escalón, Poltergeist e incluso Encuentros en la tercera fase, con el homenaje directo a Chicho Ibáñez Serrador en el televisor del salón. Amplificadas por el uso del efecto sonoro después del visual, algo inusual y renovador para el género. Sumado el conjunto a secuencias con humor en los diálogos o las escenas en las que actúa la monja encarnada por Consuelo Trujillo, momentos que dejan respirar tanto a los personajes como al espectador.

Las fechas que encabezan en pantalla los días en que transcurre todo, logran esa sensación de un suceso inexplicable de forma racional, esa base en hechos reales documentados mediante informes policiales y varios casos de fenómenos paranormales que ya se habían conocido por Íker Jiménez o revistas de ocultismo. En efecto, el título que se manejaba durante el rodaje era El expediente, que gana en sugerencia por el actual Verónica, una cinta en la que el exceso formal a base de las subidas del volumen sonoro y alguna concesión sangrienta, resultan dos peajes leves que son sorteados por una narración sugestiva, hipnótica, siempre atenta a la evolución de sus personajes, a la capacidad de buscar una solución en una situación de peligro que no puede afrontar la joven adolescente. Una película consecuente en su enfoque comercial fantástico, pero por supuesto equilibrado, enorme sobre todo en el subtexto dramático y humano.



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