The Endless (Aaron Moorhead, Justin Benson)

La construcción de un universo personal —dentro de las inevitables referencias— probablemente sea, más allá de lograr sostener un núcleo discursivo o incluso dotar de un carácter inherente a sus imágenes, uno de los principales obstáculos para la consecución en un cine de género actual que no solamente prescinde de esos universos creados por la mente del cineasta con urgencia —como si por partir de premisas distintas se diluyese la condición del mismo—, sino que los pervierte y desarticula como si su edificación no pudiese aportar elementos a la obra. Tras tres —teniendo en cuenta esta The Endless— largometrajes a sus espaldas, Justin Benson y Aaron Moorhead no únicamente pueden presumir de no haber desvirtuado ese microcosmos esencial para la comprensión de un cine o incluso un discurso particular, además han logrado realizar extensiones del mismo que amen de apoyar y enriquecer aquello ya creado con anterioridad, dotan de un sentido específico a cada uno de sus nuevos trabajos —aunque, a estas alturas, no sean demasiados—.

The Endless nos sumerge de nuevo en ese sobrenatural con el que los cineastas vienen colindando desde su debut, la fabulosa e infravalorada Resolution, y lo hace a través de, quizá, el relato más franco al que se podrían haber enfrentado los cineastas: no parece casual, pues, que hayan decidido ser ellos mismos quienes, más allá de ponerse tras las cámaras, hagan lo propio encarnando en esta ocasión a los dos protagonistas del film —incluso interpretando a dos personajes que llevan sus mismos nombres—. Y es que si en Resolution se deducían algunas vías articulares —no tan extendidas en Spring, aunque continuasen haciendo frente a ese mundo Lovecraftiano instaurado en su ópera prima—, con The Endless vuelven a las cuestiones que se establecían en el particular periplo de Michael y Cris, dos amigos que ya en aquel film afrontaban su amistad llegando a cotas insospechables.

Más allá de la amistad, The Endless nos presenta la historia de dos hermanos cuyo periplo hasta ese momento no ha sido ni mucho menos sencillo, algo que Moorhead y Benson disponen en un ambiente ciertamente decadente —ambos, presos por un pasado del que Aaron no parece querer olvidarse, y ante el que Justin mantiene una distancia prudencial— y desarrollan mediante una crónica —donde el viaje establecido no es precisamente casual, aunque no funcione a la manera de una road movie— repleta de dobleces a través de las cuales llegar al fondo de algo más que un relato de supervivencia —la que, en todo momento, alude Aaron como motor de una existencia donde no encuentra más motivación que esa—.

De ritmo preciso —de hecho, hasta bien entrado el film, los autores se dedican más a ir sugiriendo y otorgando indicios al espectador— y tonos un tanto apagados, hasta grisáceos —algo que, en parte, sigue en la línea de su cine, aunque en esta ocasión quizá evocando una etapa, un recorrido—, The Endless no juega tanto —más allá de la crónica que la vertebra— a desvelar un ‹plot twist› tan sorprendente como contundente, sino que incorpora paulatinamente elementos para sumergirse así en ese universo del que hablaba al principio. Cada pequeño detalle y circunstancia está establecida lejos de para crear una intriga que la propia atmósfera fomenta, para dotar de un sentido determinado al microcosmos compuesto. Es, por tanto, la forma minuciosa y entregada de ir construyendo, paso a paso, cada una de las aristas del universo propuesto en The Endless, una de las virtudes capitales del propio film: la que lo termina catapultando y consiguiendo no sólo concebir algo estimulante a la par que sorprendente, también tan hipnótico que, incluso ante las soluciones más elementales, a uno no le queda otra que caer rendido y esperar que Benson y Moorhead sigan en un paradero desconocido, ese tan suyo que propone, sugiere y seduce como pocos.



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