Stranger in Paradise – Un extraño en el paraíso (Guido Hendrikx)

Europa, el norte de un mundo que está al sur. Europa, lugar donde se depositan las esperanzas de tantos con sus correspondientes desilusiones. Europa, un presunto paraíso situado en ese grumo galáctico llamado Tierra. Europa, mostrando su estupor e indiferencia ante este drama humano. Europa primera responsable y última en reconocerlo. De esos polvos vinieron estos lodos. Unas reflexiones que Stranger in Paradise plantea de entrada, en un epílogo apabullante pero que podría entrar en el terreno de lo discutible por su orientación política descarada.

Precisamente el film de Guido Hendrikx usa la política y el contraste metaficcional para que comprendamos que lo que entendemos como realidad no se puede despachar en aseveraciones simples sino que esconde trasfondos más complejos. Bailes de máscaras, teatros ideológicos, verdades ocultas y mentiras demostrables se suceden en nuestro mundo para conformar el contexto que entendemos y asumimos como realidad. Nada es tan simple como parece aunque se nos exponga ante nuestros ojos como hechos incontestables.

Ya en el formato Hendrikx juega con el concepto de lo que entendemos como realidad presentándonos en forma de aparente documental a un entrevistador encargado de recibir a los inmigrantes a su llegada a Europa. Un juego que se mantiene hasta el epílogo final donde el dispositivo sale a la luz y va revelando una verdad diferente, alternativa. Un cambio de registro que funciona incluso en el formato, en la cámara, que pasa de una cercanía de los rostros, de empatía por el drama a la distancia de indiferencia emocional de los cuerpos distantes, impersonales.

Los contrastes ideológicos también resultan impactantes en este juego de espejos. Desde la exposición inicial en forma de historia de Europa resumida hasta las clases maestras del integrador, el protagonista asume diferentes roles posicionándose como neoliberal implacable, izquierdista altermundista o frío funcionario de funcionamiento casi quirúrgico. La idea con ello es mostrar que no existe el pensamiento único, que no hay postura acordada y que el drama es precisamente la incapacidad de asumir una postura, sobre todo, porque ninguno de los extremos ideológicos parece ser eficaz para resolver un drama de tamaña magnitud.

Solo hay una constante presente e inmutable en el film: los propios inmigrantes. Gente con diferentes historias, diferentes lugares de procedencia, diferentes motivos para huir pero que comparten en el fondo las mismas vivencias, los mismos deseos. Personas que han sufrido y que sufrirán, como así expresa el trabajo realizado en sus rostros, los vaivenes, las diferencias de trato en el lugar que ellos esperaban que fuera un paraíso. Un dolor común que contrasta con o bien el paternalismo o bien con el rechazo pasando por la absoluta indiferencia.

Guido Hendrikx construye pues un film tan polémico como ameno en lo político como inteligente en su despliegue formal y discursivo. Un film que invita al debate y a la reflexión y que desmonta tópicos a lado y a lado de las ideologías. Un film cuya preocupación no se centra tan solo en el drama humanitario sino que busca profundizar en las contradicciones de la vieja Europa al respecto. Sin pontificar, sin señalar, solo exposición y cuestionamiento incluso en el título. ¿Quién es el extraño? ¿Dónde está el paraíso?



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