Sesión doble: L (2012) / Thread (2017)

El nuevo cine griego, ese gran tótem cinematográfico. Todos tenemos en mente a Yorgos Lanthimos cuando oímos hablar de ese cine oscuro, con un humor que nos azota desde la cotidianidad de este país, pero son muchos los directores que se han sumado a este tipo de cine, uno que siempre nos consigue sorprender. En esta ocasión nos centramos en L, película de 2012 que dirigió Babis Makridis —con guion co-escrito junto a Efthymis Filippou, el otro nombre imprescindible del movimiento— a la que acompaña Thread de Alexander Voulgaris, presentada en sociedad este 2017. Lo que sigue os sorprenderá, no lo dudamos.

 

L (Babis Makridis)

Si hubiese que destacar un nombre verdaderamente clave para el cine griego de nuevo cuño, ese sería el de Efthymis Filippou; y es que, si bien a la sombra de compatriotas suyos como Yorgos Lanthimos o Athina Rachel Tsangari, el guionista ha emergido como una figura capital en torno a esa nueva ola de cine griego surgida en 2009 con la aparición de Canino. Habitual del ya citado Lanthimos, y co-participe del último largometraje de Tsangari, Filippou se encontraba en 2012 con otra de las hormas de su zapato, pues Babis Makridis —en el que suponía su debut en el terreno del largo— no puede sino comprenderse como una extraña extensión del discurso en torno a la sociedad enfilado por el autor de Alps en su segundo largometraje.

De la incomodidad y afilada mirada de Canino, no obstante, pasamos a una cinta que continúa retozando en ese humor absurdo marca de la casa, pero traza quizá una línea un tanto más discursiva —y, en cierto modo, densa, incluso compleja en algunos pasajes— que ahonda en las claves de una crisis —la económica y, por ende, social— cuyas consecuencias no pueden estar mejor representadas por el marco fijado por Makridis. El contexto, a través de planos abiertos —no abandona los exteriores en casi ningún momento— y espacios cerrados —esos donde se mueve nuestro protagonista, y que plasman tanto un estrato o clase como la imposibilidad de desprenderse de un trabajo que dictamina ese mismo status—, refleja a la perfección la praxis de un discurso que no obedece tanto a las necesidades del propio film, como sí a una perspectiva tan sugerente como singulares son las propias formas de la cinta en el desarrollo de una disertación ante la que no cabe lo común; y no por el hecho de encontrar en la mirada del espectador un asombro congénito para con el propio estilo de L, sino para fortalecer —más, si cabe— la introspección en un panorama que se aleja de lo obvio, encontrando así la consecución de una tesis mucho más punzante.

El humor y el dislate vuelven a darse la mano en un título que, si bien repite algunas constantes de su predecesora —la mentada Canino—, busca un modo de expresión propio. Algo que, ciertamente y en parte coarta la reconocible escritura de Filippou, Makridis sabe alojar en un aspecto visual que sigue los pasos de aquella estética feísta —aunque acrecentada por una fotografía quemada y algo desgarbada— el dispositivo necesario para que L funcione como una experiencia inherente; y lo consigue mediante una insólita y nada mecánica narrativa, así como a través de unos personajes que, siendo de nuevo inexpresivos, encuentran en el absurdo un espejo todavía mayor, como si el devenir del relato ya no importase para nada, y sólo quedase el reflejo de un universo tan descabellado como aquel en el que vivimos nuestro día a día.

Escrito por Rubén Collazos

 

Thread (Alexander Voulgaris)

Thread se sitúa desde sus primeras secuencias en la frontera del convencionalismo narrativo, y en ellos se mantiene durante la totalidad de su metraje. Sus herramientas expresivas no sólo condicionan su inclusión dentro del llamado Nuevo Cine Griego sino que manifiestan los ideales que este movimiento representa. A través de la extraña odisea de Niki, el cineasta Alexander Voulgaris, conocido en la escena electrónica griega como “The Boy”, ofrece un punto de vista alegórico sobre la sociedad griega. El tono pesadillesco de la cinta funciona como reflejo de un país falto de valores que avanza lentamente hacia su putrefacción y no son pocos los símbolos que remiten a ello. La película está poblada de alusiones a los crímenes de sangre, a la degradación física, a los materiales corruptos por el paso del tiempo… sin olvidar su misma premisa, basada en una sociedad paralela despótica en la que una mujer, Niki, da a luz a un niño con una importancia clave para la aniquilación de un régimen que propone el sacrificio de las madres una vez concluye el parto.

El lenguaje del largometraje es cuanto menos interesante ya que su expresionismo impide un avance racional de la linealidad, siendo este avance más bien abstracto. Nótese un pequeño apunte sobre lo anterior: de facto las herramientas cinematográficas obligan a remitir todo objeto o elemento rodado a un significante, por lo que la abstracción en el caso de Thread corresponde más al significado de estos elementos y a su lógica interna. La película avanza visual y auditivamente por asociación y contraposición de ideas y sensaciones (a ello ayuda en gran manera la fotografía basada en fuertes paletas de color opuestas que remiten a los estados emocionales de la protagonista), lo que voluntariamente funciona como una dispersión del espectador hacia innumerables interpretaciones de la obra.

Narrativamente, la película dista también de ser coherente. Voulgaris presenta un grupo guerrillero radical apodado las Caras, de carácter cercano al socialismo más radical, cuyo único miembro visible en pantalla es Niki, dejando al resto de camaradas o bien fuera de plano o bien fuera de foco. Lo mismo ocurre con su hijo, cuyo rostro jamás es mostrado de frente, sino más bien escorzado. El resto de personajes son sugeridos por sonidos o partes de sus cuerpos entrando en el plano, a excepción del hijo de la mujer, Lefteris, quien también es interpretado por la misma actriz que declama el papel de Niki, con rasgos levemente modificados para el cambio de sexo. La repetición de la actriz Sofia Kokkali para ambos personajes y su unicidad en pantalla en todo momento justifica el acercamiento de la película al ambiente pesadillesco, e incluso posibilita su acercamiento al nivel psicoanalítico; el componente matricida está integrado en la historia y es el que aporta esa “amenaza” de la que habla el título anglosajón del largometraje. La amenaza remite a la memoria, personificada en el personaje del vástago como enlace entre dos generaciones. Como radical exponente del Nuevo Cine Griego, Voulgaris postula a través de Thread que la esperanza de su pueblo está en la persistencia de la memoria, en no olvidar el pasado, en admitir que, en una clara referencia orwelliana, la marginación de la Historia no acaba con ella.

Escrito por Juan Prieto

 



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