La odisea de Alice (Lucie Borleteau)

Cuando Alice se enrola como marinera en un carguero que va a navegar mucho más allá de las costas francesas, deja tras de sí a su novio y prometido Felix. Si ya de por sí afrontar una relación a distancia no es precisamente la cosa más sencilla que existe, no digamos ya si de por medio existe un invitado sorpresa. En efecto, Alice se encuentra a bordo con Gaël, un apuesto comandante con quien vivió su primera experiencia romántica. Para escapar de esta atmósfera eminentemente masculina, Alice se refugiará en el cuaderno de bitácora de su predecesor, fallecido en extrañas circunstancias.

La odisea de Alice (Fidelio, L’odyssée d’Alice) es la ópera prima de Lucie Borleteau, mujer que hasta el momento había dirigido cortometrajes y algunos trabajos televisivos, amén de desarrollar una buena carrera como actriz en tierras francesas. El objetivo que persigue con esta cinta es la de realizar una especie de retrato de cómo un personaje femenino logra afirmarse plenamente en un mundo de hombres, para lo cual toma como patrón un ejemplo real proporcionado por la figura de su mejor amiga.

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Esta definición de su protagonista es la principal cualidad que presenta La odisea de Alice. Todo gira en torno a la femineidad, pero la femineidad entendida desde el punto de vista más humano y no como una afirmación militante. Es decir, la construcción de un personaje femenino fuerte como es el de Alice se realiza sin que por medio sea necesario dar rienda suelta a la verborrea, Borleteau simplemente persigue naturalizar diversas conductas que seguramente la audiencia mayoritaria siempre había creído difíciles de ver en otras manos que no fueran masculinas.

Lógicamente, en este sentido también tienen una vital importancia las escenas con carga sexual. Algo inevitable si tenemos en cuenta tanto a la propia protagonista, que debe sobrellevar la lejanía respecto a su prometido, como al resto de la tripulación, que busca cortejarla. La progresiva evolución del carácter de Alice marca aquí el mejor tanto de la cinta, al saber desarrollar Borleteau diversas escenas de un calado emocional importante (véase la secuencia de la masturbación, nada gratuita y sí indispensable para el devenir de la obra) y al proyectar ese progreso en la relación con Gaël, un aspecto que al principio ofrece síntomas de arquetípico pero que realmente encierra más interés del que aparenta.

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Llama la atención observar que los protagonistas son dos personajes bastante conocidos es la esfera autoral europea. Ariane Labed, actriz recurrente (a un servidor nunca le gustó el término “fetiche”) en las películas del griego Yorgos Lanthimos, con quien además comparte matrimonio, desempeña aquí el rol de Alice. No es de extrañar tal elección, puesto que Ariane completa un estupendo papel en el que muestra una fortaleza mental de órdago sin perder un ápice de belleza, dos cuestiones sin duda perfectamente compatibles pero que por desgracia muchas veces no lo parecen tal en el cine. Junto a ella, como su prometido en la ficción, vemos a Anders Danielsen Lie, protagonista de Oslo, 31 de agosto, en un pequeño pero importante papel.

Si bien todos estos aspectos de La odisea de Alice son innegables, lo cierto es que su puesta en práctica se torna por momentos en fatigosa. La reiteración de determinadas situaciones provoca un pronunciado estancamiento en el desarrollo de la película, hasta el punto de que hay que hacer un esfuerzo para aguantar delante de la pantalla pese a que la cinta sólo dura 97 minutos. Es verdad que parte de este agotamiento da muestras de ser intencionado por el propio hastío que generan los trayectos en barco, una intención que queda demostrada con el respiro que suponen las escenas en tierra firme. Pero, en general, es complicado llegar a los créditos finales sin tener la sensación de que por el camino se ha quedado algo sin encajar.

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