Frantz (François Ozon)

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François Ozon vuelve para hacernos sentir mediocres con su elevado sentido del gusto. Depurando todo aspecto corriente o vulgar presente en sus películas anteriores, Ozon realiza una obra limpia y exquisita que se eleva instantáneamente a un orden superior. En ella, el director de París lleva a cabo, con sobriedad y mesura, una narración que, inspirada a partir de un texto teatral de Maurice Rostand así como en la película Remordimiento de Erns Lubitsch, se introduce en el período de entreguerras para contarnos la historia de una joven viuda alemana que va a dejar flores a la tumba de su amado hasta que la presencia de un hombre francés modifica la rutina. El odio entre las dos potencias y el creciente amor patrio que comenzaba a inundar los pueblos europeos están presentes continuamente en el desarrollo de la cinta, siendo una metáfora de ello los encuentros y desencuentros de los dos protagonistas. Pero la importancia de Frantz no radica tanto en el mero retrato de las consecuencias de la I Guerra Mundial como en el punto de vista desde el cual aborda aquellos tiempos. Y es que Ozon mira el mundo inmediatamente posterior a 1918 desde los ojos de una mujer alemana. De este hecho se desprenden dos factores importantes. En primer lugar, el cineasta francés está observando los resquicios del conflicto desde la percepción del país rival, sin culpabilizarlo ni juzgarlo. En segundo lugar, Ozon no está centrando la atención en el soldado como protagonista del conflicto (más allá del título de la película), como es habitual, sino que esta recae sobre la mujer en luto que tiene que volver a vivir.

La fragilidad de los dos protagonistas (Pierre Niney parece que se va a quebrar en cada secuencia) y el refinamiento que inunda cada plano dotan al conjunto de la película de un aura de pureza que parecía haberse perdido en los laberintos del siglo XX, convirtiéndola en una totalmente elegante. El juego irracional (según nos dice Ozon esta maniobra obedece a puros instintos emocionales imposibles de racionalizar) entre el blanco y negro y el color permite que se cuelen, sin desentonar en ningún momento, ciertos rasgos experimentales en una obra totalmente clasicista, dando lugar con ello a una sinergia entre la seguridad de lo clásico y el riesgo de la experimentación ciertamente curiosa y de la que Ozon sale bien parado.

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Bien acogida por la crítica y después de pasar por la última edición del Festival de Venecia, Frantz llega a nuestras salas para encontrarse con un público que quizá se identifique con la deriva europea de los últimos años, donde el paleto exceso de patriotismo que deriva en ridículo y que resquebraja el continente parece ser una pequeña réplica de los incipientes nacionalismos de la primera mitad del siglo XX; donde también el engatusamiento y la cándida credulidad en el progreso imperantes en la actualidad entran en concordancia con la ingenuidad y la fe inocente en una unión férrea entre naciones que caracteriza a los protagonistas de Frantz. Ambos confían en que sus países de origen se den la mano, pero ninguno de los dos sabe, ni tan siquiera intuye, que esa paz perpetua es inconcebible y que tan solo dos décadas después vivirían un conflicto mucho mayor, quizá en el que los dos terminasen por verse enfrentados. El relato antibelicista de Ozon cala hondo, dejando un regusto pesimista pero también una puerta abierta al trabajo duro (la paz es más dura de conseguir que la guerra, pues consiste en doblegar nuestro instinto de violencia y en desarrollar nuestra inteligencia). Que el espectador, en definitiva, se deleite con el gesto y el fino estilo de Frantz, pero que estos elementos no le cieguen a la hora de captar las ideas que recorren esta película magnífica y compleja de principio a fin.

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