Zona Restringida – Scarecrows (William Wesley)

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Dentro de la iconografía del terror, el espantapájaros constituye una de las figuras más destacadas y espeluznantes. Su aspecto siniestro, su inmovilidad y su peculiar ubicación (esos campos y maizales desolados sobrevolados por cuervos y demás pájaros de mal agüero) los convierten en elementos particularmente inquietantes, y no únicamente para las aves. No es de extrañar, pues, que el cine de terror se decidiera (aunque sorprendentemente tarde, en mi opinión) a explotar su imagen horripilante a través de una serie de películas facturadas con desigual fortuna: de la catódica y notable La oscura noche del espantapájaros a los ScareCrow producidos por The Asylum, pasando por la saga de Jeepers Creepers, que si bien no utilizaba de un modo literal esta figura, sí jugaba tangencialmente con todo el imaginario que la rodea. Dentro de las pocas aportaciones dedicadas a estos monigotes, destaca una filmada a finales de los ochenta: Scarecrows, que aquí llevó el subtítulo de Área restringida. Dirigida por William Wesley según una historia escrita por él mismo, la cinta no es precisamente un ejemplo de solidez y buen gusto, más bien al contrario: su desarrollo irregular, su galería de personajes desustanciados y la tosquedad (pese a hallazgos puntuales) de su puesta en escena, hacen de ella un blanco muy fácil para el crítico sesudo y/o tiquismiquis.  El fan del terror, por el contrario, puede encontrar recompensa en su humor negro, su regusto a tebeo Creepy y su gozoso uso de la violencia.

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En efecto, lo primero que llama la atención es la inclinación hacia la malicia que se gastan Wesley y sus guionistas. Sin entrar de lleno (y casi es un alivio) en el terreno de la comedia terrorífica o la parodia gore, sus responsables sí despliegan generosas dosis de mala leche que demuestran que, antes que cualquier otra cosa, el film es un divertimento ligero que no hay que tomar demasiado en serio. Esta ironía malvada, de la que el espectador es cómplice, trae un aroma muy evidente a la citada revista Creepy que Jim Warren editara allá por los años 60, en tanto que pone en pie una macabra historia fantástica dominada por un perverso espíritu moralista. Así, los espantapájaros del título (en realidad, tres paletos sádicos atrapados no sé sabe muy por qué dentro de estas criaturas de paja) únicamente vienen a impartir su particular justicia, castigando la avaricia de los cenutrios protagonistas a través de muertes que tienen algo de broma cruel. Y nosotros, claro, les jaleamos en su labor. En este sentido, el filme sorprende gratamente por su debilidad por la truculencia. Imágenes como la del apuñalamiento en el rostro, la amputación de la mano o el detalle de los cuerpos rajados y rellenados con dinero son bastante estimulantes. También propone una variación inesperada sobre la temática zombie que tiene su punto.

No obstante, la película de Wesley tiene que lidiar con una primera media hora torpona, lenta y reiterativa, donde la narración avanza trazando pequeños círculos sin llegar a ninguna parte (a ninguna parte interesante, al menos). Afortunadamente, tras este inicio poco prometedor (y ya con los personajes encerrados en la casa y siendo sitiados por los espantapájaros), la obra ganará en ritmo, sangre y diversión pulp. El escenario aporta, además, esa fascinación que emana del tenebrismo sureño USA (similar en sus detalles de decrepitud y corrupción a los inmortalizados por Hooper en La matanza de Texas) tan ligada al gótico americano, redondeando un producto disfrutable pese a sus numerosas carencias e imperfecciones. No importa cuán risibles sean sus diálogos, cuán planos y estúpidos sus personajes o cuán tópico el desarrollo de la trama, porque lo cierto es que Scarecrows funciona bastante bien en su condición de slasher sobrenatural y ofrece algunos momentos de casquería modélicamente ejecutados. Y sospecho que sus responsables nunca aspiraron a mucho más. Pasemos, pues, y disfrutemos con estos simpáticos espantajos mientras masacran a una pandilla de tipos de moral desviada.

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