Xavier Bermúdez… a examen

Desde el comienzo de León y Olvido (Xavier Bermúdez, 2004) ya se establece rápidamente qué tipo de dinámica mantienen los personajes interpretados por Guillem Jiménez y Marta Larralde. Obligado a abandonar por enésima vez un centro de atención especial, León vuelve a casa para estar al cuidado de su melliza, cuya actitud dista mucho de ser complaciente con la situación. La película deja clara la personalidad directa y brusca de ella, pero también su interés en velar por los intereses de su hermano, que tiene síndrome de Down, dándole pie a que pueda alcanzar cierta autonomía que no lo haga tan extremadamente dependiente. A través de su cotidianidad, Bermúdez describe tanto sus progresos en la convivencia como sus esferas sociales existentes por separado. Por un lado, el trabajo de Olvido cosiendo en condiciones precarias en un taller textil y una pareja que no satisface sus necesidades emocionales. Por otro, la institución educativa a la que acude León, sus amigos y la frustrante ausencia de vida amorosa, que intenta solucionar en sus tímidas aproximaciones durante todo el metraje al personaje que interpreta Nerea Barros, una empleada de una tienda de vestidos de novia. Con el uso de una cámara MiniDV para su fotografía, la inmersión espacial es notable tanto en la casa que comparten los protagonistas como en las diversas localizaciones y exteriores.

El seguimiento de los personajes se construye así desde una proximidad que provee de gran autenticidad al filme, que contrasta con el tratamiento de los diálogos y situaciones y la textura de la imagen. En muchas ocasiones las escenas se desarrollan buscando el artificio que crea el distanciamiento con la realidad que propone Bermúdez para su análisis crítico. Un distanciamiento que se establece desde la comedia negra y el humor seco, que muestran muchos de los intercambios entre los protagonistas y la progresiva gravedad de los intentos frustrados de Olvido de deshacerse de su hermano, casi a modo de juego infantil. Esta ambivalencia de su relación se lleva de esta manera mucho más allá de la fijación sexual que su hermano tiene con ella y de cómo la utiliza a su favor para negociar los términos de su conducta y emancipación. Las elipsis subrayan expresamente el paso del tiempo mientras las tareas domésticas, la búsqueda de trabajo, la falta de dinero y los cuidados que requiere León dejan también al descubierto una reciprocidad reconocida tácitamente por su hermana. Mientras León enmascara sus necesidades proyectándolas en ella con la excusa de la promesa a su madre fallecida de cuidarla, Olvido evita cualquier muestra de vulnerabilidad o de necesitar a nadie en ningún aspecto de su vida como recurso de supervivencia.

El vínculo entre León y Olvido subvierte también así las expectativas, protegiéndoles de un descorazonador mundo exterior, asumiendo sus diferencias ya sean como consecuencia del azar genético o de las decisiones que se toman en el día a día. Esto lo hace a través de un delicado equilibrio narrativo cuyo relato tragicómico se percibe ligeramente atropellado en su tramo final, en el que el director descuida la reflexión en la narración sobre las consecuencias en sus personajes para dar cierto sentido de resolución argumental. León y Olvido encaja a través del relato personal de abandono de estos dos huérfanos su discurso sobre el desinterés en la sociedad ante las necesidades específicas de cada individuo, mientras sus imágenes alcanzan una dimensión política sin recurrir a explicitar su mensaje. Y lo consigue mostrando la delicada situación de desamparo de sus jóvenes protagonistas, que sólo se tienen el uno al otro, la indiferencia de las autoridades y cómo está al acecho siempre alguien dispuesto a aprovecharse de los demás. Ya sea el empresario que mantiene contratos temporales y se sirve de la frágil situación de los trabajadores para explotarles todavía más a través de la economía sumergida, los que vampirizan emocionalmente sin ofrecer nada a cambio ni comprometerse en las relaciones amorosas o quienes sólo buscan beneficio en los vínculos, mercantilizando las relaciones humanas.

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