Wendy y Lucy (Kelly Reichardt)

No sabemos cuánto tiempo lleva Wendy transitando con un destartalado Honda Accord por las carreteras de Estados Unidos con la única compañía de su perra Lucy. No sabemos qué le ha sucedido para tomar la determinación de ir hasta Alaska con la esperanza de encontrar trabajo en una conservera. Pero si algo consigue Kelly Reichardt en tan sólo un instante de Wendy and Lucy (2008) es mostrar sin palabras ni explicaciones directas —a través únicamente de la expresión de Michelle Williams y su austera aproximación formal— la descripción psicológica de un personaje protagonista en el que rápidamente reconocemos las huellas indelebles de un pasado, de una vida que la ha dejado vagando excluida de la sociedad, de un dolor que no se ha terminado de curar, del orgullo por llevar a término su huida del mundo y, sobre todo, de sí misma. En la distancia la cámara sigue a una mujer joven cualquiera sin trabajo, con el dinero justo para sobrevivir si no surgen contrariedades inesperadas al ejecutar sus planes. Cuando pierde a su perra por el exceso de celo de un empleado de la gran superficie en la que buscaba obtener su comida y su coche no arranca, las pocas esperanzas que le quedan por empezar de cero quedan en el aire.

Wendy tararea recurrentemente una melodía que se convierte casi en una canción de cuna relajante, que evoca una extraña sensación de familiaridad y bienestar. Se trata de la misma música que suena en el hilo musical de un supermercado, uno de muchos en los puede que pase horas admirando todo lo que necesita y desea, valorando lo que puede o no conseguir pasar por caja sin pagar o simplemente haciendo tiempo hasta la próxima etapa de su viaje. La estructura narrativa no abarca grandes sucesos y se basa en simples obstáculos que serían hechos de una dimensión minúscula para alguien con trabajo, dirección y un entorno social en el que apoyarse. Pero como ella misma dice: no se puede conseguir un trabajo sin una dirección, no se puede tener una dirección sin trabajo. Wendy está sola y desempleada. Encuentra por el camino pequeños gestos de solidaridad en un veterano guardia de seguridad y el dueño del taller al que encarga la reparación de su coche. Gestos de humanidad que recuerdan que cuando nos vemos desprovistos de lo accesorio a lo más básico la barrera entre los individuos desaparece y el contacto entre personas se hace entre iguales, con la empatía como un foco de luz que inunda el plano a modo de oasis. Un breve pero intenso descanso en medio de la atmósfera árida y lúgubre que envuelve a la protagonista y emana de ella durante todo su metraje.

La única conexión emocional profunda de Wendy —que apenas expresa sus sentimientos externamente— con otro ser existe a través de Lucy, para ella un auténtico recordatorio de lo que es sentir algo puro, desinteresado y carente de aflicción alguna. Como el señor Umberto en Umberto D. (Vittorio De Sica, 1952) se trata de un amor incondicional con el animal que sirve de inspiración y en el que se proyecta a si misma, atrapada irónicamente en su viaje atravesando las grandes distancias del medio oeste y oeste norteamericano. La misma idea de que Lucy pueda estar retenida en una perrera provoca en ella una angustia desproporcionada y su identificación con los perros que allí esperan a sus dueños resulta un reflejo terrible y descarnado de su propia situación tanto interna como literal. La ineludible presencia de las vías y trenes de mercancías terminan por evocar aquí a esos vagabundos de Beggars of Life (William A. Wellman, 1928) y su situación trasladados al comienzo del siglo XXI. Porque aunque se trate de un film con una historia muy concreta de alguien específico de enormes resonancias emocionales a través de un tono construido desde la mirada naturalista, Reichardt no renuncia a contextualizarla en un fenómeno que afecta a muchos otros tipos de personas, desarragaidas, sin techo, marginadas… que pueden juntarse alrededor de una hoguera en comunidad o acechar en la oscuridad para aprovechar la oportunidad de saquear al otro, con la crisis financiera y la falta de oportunidades o futuro de trasfondo definitorio.