Uncle Howard (Aaron Brookner)

En el portal que da paso al bunker, Aaron Brookner pide permiso a John Giorno, un poeta y guardián del estudio de William Burroughs. Allí encuentra las latas con el material rodado para un documental sobre el controvertido escritor, en el año 1983. Con esas imágenes en bruto podrá completar su aproximación a su tío Howard.

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El documental sigue mostrando músculo y variedad en las aportaciones del género que se suman a la cartelera. El segundo largo de Aaron Brookner lo demuestra, con un inicio similar al de otros documentales en los que el director es protagonista. En esta ocasión este espejismo dura solo unos minutos, en los que asistimos al conflicto que se presenta cuando John Giorno se opone a que Aaron acceda a los archivos audiovisuales que se almacenan en el bunker. Esta oposición se resuelve por la generosidad y explicación del vigilante, argumentando que prefería mantenerlos intactos desde la muerte de Burroughs, por el peligro de dañar el celuloide y soportes magnéticos. Salvo esta introducción y algunas escenas familiares en las que Aaron aparece de niño junto a su tío, el director se queda en un plano secundario, como espectador o entrevistador de un nutrido conjunto de personas que conocieron y criaron a Howard en vida.

La biografía vital del cineasta desaparecido se desarrolla durante treinta y cuatro años, entre 1954 y su temprana muerte, en 1989. Podría haber sido el gran director de un grupo artístico con amigos y nombres conocidos como Jim Jarmusch, Sara Driver y Tom DiCillo, entre otros. Los dos primeros colaboran en la producción del documental. Todos ellos, junto a escritores, compañeros sentimentales y la madre de Howard apoyan con sus testimonios la existencia de un ser humano atractivo, entrañable, cariñoso, débil, dependiente también, aunque capaz de arriesgarse y levantarse. Sin santificarlo, solo aceptándolo como fue y como respetaba él mismo a las personas de su entorno. Con el aliciente de ser la semilla que fructificó las ganas de hacer cine en su propio sobrino.

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El metraje es el resultado de un buen trabajo de selección de diversos materiales en formatos físicos, con el Super 8, 16 y 35mm. Entre ese aluvión de imágenes de archivo que fluyen en la proyección, siendo en gran parte material amateur, fotos y secuencias descartadas o de rodaje. Grabaciones en VHS, cintas de audio y vídeo de formato profesional. Los testimonios resultan adecuados y sinceros por encima de la media en un film cuyos entrevistados tuvieron relación con el desaparecido. Destaca la confesión del disgusto de su madre cuando supo que era homosexual, no de un modo homófobo, sino protector y con valentía al mostrar lo que desconocía del asunto. También es curioso ver como algunos no ocultan que fuera consumidor de drogas el protagonista, pero sin el sentido trágico de una drogodependencia.

Enumerando las obras dirigidas por Howard Brookner, destaca el desconocimiento del film mencionado sobre Burroughs: The Movie. Así como el que realizó sobre el dramaturgo Robert Wilson y las guerras civiles, prácticamente recuperado gracias a la búsqueda de imágenes para esta producción. Sobre ellos, largos más prestigiosos, destacan los comentarios y escenas rescatadas de Noches de Broadway (Bloodhounds of Broadway), primer trabajo de ficción de su autor, que no pudo ver terminado antes de morir, víctima del SIDA. Una producción para la Columbia con actores como Matt Dillon, Jennifer Grey, Randy Quaid y también Madonna. Por las críticas y valoraciones se aprecia que fue un film de alcance medio, sin ser malo, pero toda esta parte final de la cinta se convierte en un homenaje, tal vez en un acto de justicia poética hacia una generación arrasada por una epidemia de salud como el síndrome de inmunodeficencia adquirida, una enfermedad que arrasó entre artistas, el deporte y gente famosa. Un virus letal que acabó con talentos, gente corriente y actitudes innovadoras en la vida. Pero Aaron Brookner solo sugiere el dolor, denuncia el olvido y lo más importante, orquesta un canto de amor hacia su tío para descubrirnos tanto a una persona desconocida, como para reivindicar una época libre e irrepetible.

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