Una noche sin luna (Germán Tejeira)

Mientras Denzel Washington inaugura el Zinemaldia y acapara portadas y «flashes», el cine late en San Sebastián a través de múltiples opciones para gozar y descubrir a autores consagrados y noveles desde el primer día. La sección Nuevos Directores, una de las más señeras del certamen donostiarra, da cobijo a primeras o segundas obras de cineastas de todo el mundo que no hayan sido presentadas anteriormente en ningún otro Festival. Es el caso de Una noche sin luna, primer largometraje del uruguayo Germán Tejeira, que parte de un punto sencillo para desarrollar en el ficticio pueblo de Malabrigo una historia de miras cortas pero alcance universal.

Si la española La primera noche de mi vida (Miguel Albaladejo, 1998), una de las óperas primas nacionales más sugestivas y olvidadas de la época, mostraba en clave de comedia amarga las peripecias cruzadas de varios personajes que se encontraban de repente en una ciudad desértica durante la celebración del Año Nuevo, Tejeira parece multiplicar su apuesta por las Historias mínimas del argentino Carlos Sorín, ofreciendo como principal aliciente una mirada cálida y humana hacia sus desastrados personajes. El actor Roberto Suárez, el cómico Marcel Keroglián y el cantante Daniel Melingo aportan el perfil requerido a un padre divorciado que busca contentar a su hija, un mago que pierde a su conejo y un músico retirado que vuelve a los escenarios en una noche en la que es el último reclamo. Ellos son el alma de una película que logra sus modestos objetivos, a pesar de sugerir quizá la necesidad de una mayor cohesión en su conjunto.

 

Por encima de todo, hay que señalar su transparente honestidad. A pesar de la introducción de un breve prólogo que induce a la duda, y de estar siempre sujeto a los azarosos requerimientos de las historias cruzadas, Germán Tejeira sabe desde el principio cómo hacer que nos encariñemos de unos personajes tan sencillos sin caer en la trampa. El omnipresente toque de humor absurdo que surge de las situaciones no oculta la fragilidad de sus solitarios seres, en una obra que toma las calles vacías y los locales a rebosar a consecuencia de la celebración como excusa para hablar de aquellos que necesitan sobrellevar sus carencias con el mismo afecto que les profesa el director, al abordar la dignidad del perdedor en un entorno adverso pero que aún puede ofrecer un resquicio de esperanza.

La letra de Lullaby de Tom Waits, la canción utilizada para ahondar en su carácter agridulce, reza “Nothing’s ever yours to keep / Close your eyes, go to sleep”. Con su voz resquebrajada y melancólica, la presencia en la banda sonora del californiano apuntala un trabajo cuya condición de primera obra es palpable, pero que no por ello deja de cumplir con lo que ofrece. Quizá Una noche sin luna no sea una obra redonda ni mucho menos memorable, pero provoca sonrisas desde una sinceridad tan profunda que resulta imposible no agradecerla y atender a los próximos trabajos de su autor.

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