Ulrich Seidl… a examen

Dentro del ámbito cinematográfico, el universo frívolo y glamuroso de la moda se ha abordado habitualmente desde una perspectiva crítica y humorística, ya sea a través de sátiras de trazo suave (El diablo viste de prada, Pret-a-porter) o de ejercicios cómicos desatados con tendencia al vitriolo y el humor demente (Brüno o la fundamental Zoolander). Adoptando un prisma más dramático, sólo me vienen a la memoria la fallida Flor del desierto y algunos instantes inspirados de Delirious, por lo que el enfoque incisivo, adulto y libre de prejuicios con que Seidl afronta este tema en el que fuera uno de sus primeros trabajos de ficción, Models, resulta, de entrada, estimulante y apetecible. La idea es capturar las cargas de humanidad (herida) que subyacen en un campo tan superficial como el de la moda. Para ello, se sumerge en las interioridades de un reducido grupo de chicas que intentan sobrevivir dentro de esta profesión, pero sin ánimo totalizador y, dicho sea de paso, sin siquiera aspirar a un cierto equilibrio dramático, razón por la cual el protagonismo de esta película presuntamente coral recae en realidad en el personaje de Viviane Bartsch, mientras el resto de personajes femeninos aparecen apenas perfilados (lo cual puede resultar algo frustrante, pues en ellos se adivinan historias que tal vez merecían ser contadas). Sea como fuere, esto no es óbice para apreciar en la mano de Seidl a un autor capacitado para transmitir con verosimilitud y magnetismo las tensiones a las que se enfrenta su principal heroína, personaje poliédrico, complejo y difícil en cuyo seno se libra un pulso entre lo frívolo y lo profundo que, en cierto modo, es el mismo que libra la película desde el minuto uno.

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Consciente de estar pisando terreno resbaladizo (es fácil caricaturizar cuando se está trabajando sobre  algo tan caricaturizable como la moda), Seidl consigue plasmar en pantalla esa dialéctica entre lo profundo y lo cosmético con sobriedad tonal  y recurriendo a inteligentes recursos narrativos, verbigracia esa idea de orquestar casi todas las conversaciones entre los personajes en momentos en los que estos se maquillan, acicalan, prueban ropa o, simplemente, cubren las necesidades de su vanidad o ego mientras sus palabras desvelan paulatina y esquinadamente parte de su mundo interior, a veces turbulento y víctima de profundas insatisfacciones. El retrato de Vivianne en particular (insisto, el más completo de todos) es singularmente rico en matices, y no se limita a ilustrar las laceraciones que su profesión deja en su espíritu (en forma de miedo a envejecer, miedo a engordar –casi miedo a comer–, necesidad de asumir ciertos sacrificios para prosperar…), sino que va más allá de ese ámbito y focaliza su atención también en sus carencias afectivas, que ni el consumo de drogas ni el sexo esporádico pueden satisfacer. No por casualidad, la película se inicia con un plano del personaje reclamando amor.

Aún así, lo más interesante de todo (que es, en cierto modo, también lo más inquietante) es cómo Seidl prescinde de victimizar excesivamente al personaje. Lejos de hacer de él una doliente víctima de una sociedad dominada por el culto al físico y los placeres superficiales, la presenta perfectamente integrada en ese universo tan a menudo turbio. Su carácter vivaz (aunque haya mucho desencanto y sarcasmo en su forma de reír) no desaparece ni siquiera en los momentos teóricamente más sórdidos, como aquel encuentro con el prestigioso fotógrafo que exige ciertas licencias carnales para hacer de ella una estrella (tan típico todo y, sin embargo, por desgracia, seguramente tan cierto…). Es uno de los mejores hallazgos de la película: la ambigüedad y sutileza con que retrata el sufrido fondo de su protagonista. No hay maniqueísmo en el trazo, no hay rubias tontas ni villanos de opereta, por mucho que ellas pueden agobiarse por frivolidades sin importancia y ellos puedan satisfacer su lascivia y poder con malas artes.

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Estéticamente, hay otro factor que contribuye a potenciar la inmersión en la intimidad de los personajes que pueblan la película: la frontalidad con la que el autor de Import/Export decide filmarlos, como si los estuviéramos viendo a través de un espejo transparente únicamente desde nuestra posición. Recurriendo frecuentemente a planos fijos, Seidl permite que los actores se muevan estudiadamente dentro del cuadro mientras dialogan largamente sobre lo humano y lo divino, en una opción narrativa en la que se intuyen no pocas dosis de improvisación (quizás me equivoque). El efecto que produce, en cualquier caso, es interesante, pues obliga a sus personajes a mirar a menudo a la cámara (al espectador: incluso cuando bailan en la discoteca nos están mirando a los ojos) y, con ello, incrementa no únicamente la tensión visual del plano, sino la conexión empática con los propios personajes, transmisores (gracias a una muy buena dirección de actores) de unas cargas de verdad enormes que permiten crear ese clima de raro naturalismo (tiene matices sucios, es un naturalismo particularmente áspero pero formalmente muy medido, sin el nervio de cámara al hombro con que suele asociarse habitualmente) que es el que hace de Models una película tan atractiva.

Aún así, es imperfecta.  Ya hemos hecho notar la descompensación en lo referente al diseño de los personajes. Podría apuntarse, igualmente, la incapacidad de Seidl para, llegado un determinado punto del relato, hacerlo progresar más. Pese a lo bien dibujado del personaje de Vivianne, a veces se tiene la sensación de que todo lo que se muestra de ella resulta redundante. Son, en cualquier caso, defectos menores para un filme hosco, triste e inteligentemente abierto (asistimos a un fragmento de vida, pero el resto debemos imaginarlo), que nunca llega a ceder (y se agradece) al tremendismo, convirtiendo Models en una película sobre la moda (o sobre sus aledaños, mejor dicho) oscura y valiosa.

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