Tres adioses (Isabel Coixet)

Tres adioses, la nueva película de Isabel Coixet presentada como una coproducción ítalo-española, es una obra afable que, la verdad, me sorprendió gratamente pese a que entré a la sala con relativas pocas ganas de escuchar lo que Coixet me tenía que decir; pero eso es algo que los autores deben afrontar, cada miembro del público entra con su propia realidad a la sala de cine y quien sabe si uno de los espectadores ha recibido la peor noticia de su vida antes de que se apaguen las luces. Si bien este último ejemplo no era mi caso, doy gracias por ello, sí que entré con poca hambre de cine y, para mi sorpresa, a lo largo de los ciento veinte minutos que la obra abarca, mis emociones y mi parecer fueron dando un giro completo.

Si de algo es testimonio Tres adioses es de que Alba Rohrwacher es una de las intérpretes más magnéticas e interesantes en activo. La cinta, muy en su línea del drama romántico más propio de finales del siglo pasado que de las ofertas ‹mainstream› actuales, no es nada sin un buen liderazgo actoral; la misma película, con todos los aciertos y errores que presenta Coixet aquí, tendría un efecto totalmente diferente con una actriz menos carismática que Rohrwacher; lo agradecido o difícil que fuera experimentar el filme tiene una relación directa con el talento de su actriz principal. Por suerte, estamos en buenas manos.

Me deshago en halagos de Rohrwacher, como debo, por darle a Marta una presencia en pantalla enorme, conseguir una conexión con el público absoluta y además presentar un estilo actoral genuinamente cinematográfico, pero lo mismo podría decir del también genial Elio Germano. Se necesitan dos para el tango y este baile tiene la suerte de tocarle a dos tesoros nacionales italianos que, si la misión de este drama romántico es que te enamores de ellos, lo consiguen con creces. Germano da un contrapunto a las notas de Rohrwacher, formando entre ambos la combinación genial de una pareja que transmite sin palabras (como la verdad suele transmitirse) tanto que se quieren, como que se han dejado de querer. Súmale, como a un buen plato su debido aderezo, un reparto de genial nivel también y, al menos, como obra teatral esto ya sería un gozo de ver.

Pero poco es el actor si el personaje no tiene nada que ofrecer y es que el texto de Michela Murgia, adaptado por la propia Coixet y Enrico Audenino, hace su parte del trabajo. Si bien la historia recorre caminos típicos, esto es algo que en el género romántico suele ser más llevadero; al final los caminos del amor, parece decir la mayoría de este tipo de películas, son los mismos a grandes rasgos, donde reside la magia es en los detalles. El guión es sorprendentemente cinematográfico y pese a sufrir de encadenar buenas con malas ideas, una dolencia propia de esta película, si bien en una magnitud menor que en otros departamentos, es fácil cogerle cariño y ver esos fallos como ñoñadas que, para lo que estamos tratando, son relativamente esperables.

Pero entonces, ¿qué ha hecho Coixet? ¿Dónde veo a la autora a la cabeza del proyecto? Pues la encuentro en los mejores aciertos y los peores errores de la cinta. Coixet filma con gracia y, sobre todo, criterio; pues en estas películas lo segundo consiste en que, si los actores dan la talla, dejarles tirar millas en la escala de plano adecuada y tú, como cineasta, simplemente guiarles. Pero la realizadora también filma con prisas o, a veces, con lo que pudiera parecer inseguridad. Recientemente he visto en otros autores de su calibre esta tendencia que, teorizo, nace en el rodaje, donde una vez la secuencia ya está bien narrada, se filma metraje extra “para cubrirse”. Dicho exceso llega entonces a la sala de montaje donde, por el motivo que sea, quizás para no desaprovechar planos que supusieron un esfuerzo conseguir, se acaba montando todo con un criterio cuanto menos cuestionable. Así tienes secuencias donde la cineasta parece clavarlo, uno dice “chapó” en voz alta y justo entonces cortamos a un plano redundante, en una escala ligeramente diferente, que destruye la pureza de la escena. Pondría un ejemplo, pero en el filme hay varios, en especial las últimas secuencias, donde cada desliz duele más, precisamente por la belleza que contienen.

Así hay una mezcla de criterio y talento con inseguridad o inconsciencia, de aciertos gigantes y extrañezas enormes. Hay gestos en esta película que son de una pureza emocional, de una honestidad, que no puedo sino aplaudir a Coixet, pero en el mismo latido donde la corono decide girar por unas direcciones que, tras días de reflexión, sigo sin comprender. Pero no dejemos Tres adioses como una película frustrante, de esas hay muchas y mucho peores; quiero recordar que, si bien entré de culo a la proyección salí dado la vuelta. El cine no es una tabla de Excel, esto no va de sumar virtudes y faltas en suma cero, hay algo más y esta película, con todo lo que es, consiguió ganarme, atraerme y emocionarme. Recuerdo esta cinta con buen sabor de boca, como un pequeño momento de disfrute y alegría.

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